Han pasado ocho años desde la primera vez. Entonces el agua del estrecho la empapa a ella y a su bolsa de libros. Es un bautizo. Acababan de estafarla y -justo en ese momento- otro tipo viene a probar suerte con ella. Parece indefensa. Un recién nacido en medio de un claro de bosque tendría más oportunidades de sobrevivir si empezara a llorar. Eso hace. Descarga todo su ira acumulada -en forma de larga recriminación moral- y rompe en lágrimas hasta que el hombre queda desarmado. “¿Quieres ir a beber algo?” dice estupefacto. No acepta pero logra sonreir y restaura a su estado primordial la humanidad arrancada por la condición de turista. “Yemayá se puso burlona” cuenta.
Volvió. Primero los motivos académicos -los eventos de décima e improvisación- y después los personales -amigos y novios- la mantienen viniendo. Todo empieza por el mito revolucionario. No hay mucho de eso último -es un parque temático en decadencia- y la realidad de la sociedad racionalmente administrada sólo se aplica a la precariedad. Sin duda está bien distribuida. Le toca mucho del tour -playas, palmeras, son- pero también tiene contacto con personas reales. ¿Existe eso aquí?
Las tiendas vacías -exorcisar el demonio del consumismo- parecen una continuación del ideal infantil de frugalidad. Es la Italia de los 80s. Sus padres -niños de la postguerra- pasan de católicos a comunistas en los sesenta. En su imaginario esta era la Tierra Prometida. Quizás se esperaba un estado social que funcionara -la propaganda lo promete- o al menos no una sociedad donde la estafa era el modo de vida de mucha gente. Ser turista la expone a eso último. También la colocaba fuera del pacto de silencio que tan naturalmente se lleva para lo extranjeros. “No me gusta ser turista” dijo. Observa, escucha y escapa de las rutas programadas -la mayoría de las visitas oficiales vienen ya dispuestas por toda la galería de instituciones- para ver qué hay del otro lado del velo. “Aquello es una mierda”. Su amiga de la infancia -más de treinta años de conocerse- trató de argumentarle pero sólo balbuceaba. “Mírame…” le dijo “…sabes que yo no miento”.
“Unos veinteañeros no deberían ser así” dijo. Gente con miedo a decir lo que piensa y para las que conservar una carrera es más importante que cualquier cosa. Ni siquiera eso último. Es la posibilidad de tener una vida en medio de vidas secuestradas -“…el materialismo dialéctico se impone de nuevo…”- por el control de los medios de producción. Es peor cuando tienen algo que perder. Está el famoso poeta en su “oportunismo acomodaticio” -la invita a su casa otorgada como prebenda gubernamental y a su mesa- pero hasta él “finge demencia”. La institucionalidad es el negocio familiar. Hacer loas a los valores tradicionales -de eso va el repentismo- y hundirse en la placidez de la enajenación. Parece estar en el aire. Se transforma en miedo difuso -a un “algo puede pasarte”- y termina condensándose -el Estado, un ministerio, la policía política- hasta volverse terror. Le cuesta entender. Ha visto a los uniformados actuar -nada al nivel órganos de seguridad- pero en algún momento los temores se volverán la realidad cotidiana. “Eso es una dictadura…” farfulló. “Si eso es socialismo…” continuó “…yo soy monja”.
¿Por qué se quedó? Ella diría que los afectos -es lo único que queda tras un recorrido por el laberinto académico- pero hasta eso se resquebraja. El colapso abre grietas. Recorren todo el espacio de la vida -desde las aceras hasta las sonrisas pasando de persona a persona- pero se da como el estado natural de las cosas cuando se vive entre ellas. Incluso las distancias y los movimientos se naturalizan. Mira un cataclismo en cámara lenta o -si lo prefieren- la caída de una civilización. La gente se afana por mantenerse viva. Es una guerra de todos contra todos -los recursos escasean- y ella -rubia, europea, doctora- es un trofeo en medio del campo. ¿Lo percibe? Cada uno se hace la medida del alma humana; las intenciones ajenas y ella no concibe que alguien pueda verla como un medio (ya sea de validación o subsistencia). Sus amantes no saben qué hacer con ella. Nadie sabría qué hacer con un infante explorando un jardín donde los estímulos despierta la sabiduría y experiencia acumulada. Ambigüedades que alternan. Ellos terminan convertidos en la estampa de un mundo que se deshace sobre sí mismo en la siluetas de sus monumentos. “Machos pendejos” concluyó.
“¿Qué haces ahí?” le preguntó su madre. Es un pueblo en las afueras de la capital donde la vida pretende estar determinada por los designios de la planificación central. Ni siquiera eso se logra. Es tierra de nadie y los códigos que se manejan son los del conservadurismo rural mientras la verdadera economía se mueve a través del mercado negro. Dos broncas a machetazos la primera semana. Es parte del folclor como mismo es el abuso animal -tiene un matadero de cerdos al lado- o el sueño de irse a Estados Unidos. “Es el mejor país del mundo” le dice su anfitriona. La falta de agua potable, el internet -que sólo funciona al lado de la iglesia- y las carencias -hasta el papel sanitario adquiere condición de lujo- son la normalidad. ¿Se siente a gusto? La gente la cuida por un sentido difuso -a veces condescendiente- de la hospitalidad que se le brinda a todo “yuma”. “Son buenas personas” comentó.
“Todavía no lo creo…” confesó. Se remonta a sus años de ocupa en Londres en una movida punk que ya era vintage en los dos mil. No le parece posible. Interroga a su contacto -una de las personas que vive allí- mientras busca su correlato en las noticias. Algo aparece. Los personajes que surgen congelados en las noticias -víctimas de la represión o simples depositarios de un ideal- se repiten en las fotos y las conversaciones. El Mito se renueva. La capital del estalinismo en occidente tiene -al menos- un Centro Social y Biblioteca Anarquista y hay un motivo para volver. “He llegado a casa”.

