La vida nos da compañeros improbables. Hay algo en el azar que nos predispone a encuentros raros. La necesidad debería anularlo. Sin embargo, parece que —incluso en ese estrecho margen— puede darse una concurrencia. A veces sí hallas lo que buscas. Otras, es totalmente impredecible y resulta mejor de lo esperado. Existe también la posibilidad de un desastre. Lo que sea que suceda, dejará una huella en el tejido de los hechos o, si se prefiere, un eco en la realidad. No es algo que se note al instante. La verdadera rareza es una madeja que se va desenvolviendo en el devenir.
Emilio era cristiano. Eso en sí mismo no dice nada concreto con lo que se pueda trabajar o conformar una imagen. La cristiandad es algo inmenso. Desde un etíope hasta un finlandés —si seguimos un criterio latitudinal— o desde un californiano hasta un surcoreano —longitudinal— comparten la idea fundamental de un Salvador. Eso tampoco revela nada. Un millonario y una monja pueden compartirla y seguir cada cual con sus respectivas praxis sin que se altere la esencia de lo que son para el mundo. Él era un converso. Un día el Señor lo llevó a su rebaño y él lo asumió en toda la plenitud —vaya ironía— de la «Palabra». Era la personificación de la serenidad. Hablaba poco y no se inmutaba ante el mundo en cuya mundanidad estaba arrojado. Eso hubiera estado bien. Pero además, y esto acota mucho más, era un conservador. Y lo parecía. Más allá de la ética —que se supone que se desprende de lo anterior— había una estética. Vestía el uniforme de la «persona correcta»: ropa formal dentro de los límites económicos del tercermundismo y una indumentaria de burócrata o estudioso —depende de cómo se le quiera mirar— que definía un extraño círculo dialéctico.
No sabía cómo llegó al Café. Estaba fuera de lugar, pues, como cristiano; pero era amigo de Ernesto. Después lo supe. Había tenido una novia que trabajaba en el teatro y, como suele suceder, terminaron pero conservó el vínculo con la gente de la compañía. No sé si me agradaba al principio. Era este tipo callado que miraba todo y, a veces, sacaba un papel para anotar. El material de oficina era una de sus pasiones. En su maletín negro —o su carpeta— tenía una colección de lo que —según él— podía ser útil para un escritor. Había pretensiones literarias. Como una larga fila de conocidos —en aquella vida y la posterior—, Emilio se había graduado de un Centro —el más renombrado en el país— de Formación Literaria. La gente sale de allí creyéndose el personaje. En aquellos tiempos estudiaba francés en La Alianza o iba a los cultos los miércoles, sábados y domingos. Solía invitarme, pero yo declinaba. Resultaba muy enigmático que aquel varón —término usado por los evangélicos— se reuniese con pecadores y publicanos. De hecho, trabajaba en la oficina de multas. Por motivos que desconozco fue despedido de ese empleo y —aparte de lo ya mencionado— se dedicó a ver la función mientras hacía tiempo para entrar al culto. Tenía tiempo libre. Y parecía no saber dónde poner el huevo o estar buscando quién le señalara el lugar. En ese sentido sí encajaba. Un alma perdida —en una manada de otras tantas— que conformaba el collage folclórico como un elemento más de color.
Y allí estaba yo en medio de una crisis. Me había quedado —como otras tantas veces— sin asistente. Estaba desesperado. Mi abuela empezaba a entrar en pánico y, mi familia, a culparme por el inconcebible hecho de perturbar sus vidas existiendo. Yo veía amenazada mi rutina. Logré salir ese día —creo que Alain me ayudó con el baño y vestirme— y fui directo al Café. Era mi centro de operaciones. Llevaba como tres días —no consecutivos— a la caza de algún prospecto que pudiera llevar a mi casa. Otro problema que manejar. Mi tío generaba un aura de hostilidad que se movía hacia el terreno de lo abiertamente violento, pudiendo, incluso, llegar a lo físico. Llegué a preguntarle a Eddy. Me dijo que no podía hacerlo a diario porque no tendría tiempo para perder estafando gente en la calle. Edgar mismo me recomendó que lo desestimara. No tenía muchas opciones, por lo que empecé a decirle a todos los conocidos que me ayudaran a encontrar a alguien. Estaba obligado a ser flexible. Tenía que, además, considerar las posibles relaciones de convivencia y la buena voluntad de la persona que pagaba; aunque, con eso último, contaba.
Me dio por preguntarle a Emilio. Tenía fuerza para cargarme —medía más de seis pies— y tiempo para hacerlo. La posibilidad era rara. El varón cristiano y el discípulo del Marqués de Sade —hubiera dicho Nietzsche, pero quería algo menos solemne— formando un equipo. Encarnábamos una parodia: Don Quijote y Sancho, o algo salido de Molière, pero arrojado a la ya bizarra realidad que habitábamos. No parecía posible. El salario era mayor que el promedio, aunque —siendo justos— no llegaba a los estándares de la gente adinerada del centro de la ciudad. Tampoco era muy exigente. No necesitaba cuidados especiales, y todo se limitaba a asistirme con mi higiene, sacarme de la casa y volverme a entrar. Él tenía sus compromisos. Pero, con un poco de planificación, llegaríamos a un acuerdo que nos permitiría beneficiarnos mutuamente sin interrumpir la rutina del uno y del otro. Y, contra todo pronóstico, aceptó.
Podríamos describir ese período como aventurero. Creo que no hay un género literario que no atravesáramos —hasta la muerte se nos cruzó en el tiempo que pasamos juntos— porque estábamos en esa época de la vida donde todo se parece más a un relato que a la realidad. Encajó en mi casa. Mi abuela lo acogió casi como un nieto, y ambos mundos —el suyo y el mío— se cruzaron hasta disolver los límites. No fue un proceso equilibrado. Algo se me habrá pegado de él, pero no hay nada que pueda identificar. Entonces pienso que fue mi hermano menor.

