Armando mi profesor

A la memoria de Efrén.


Años después supe que aquella reunión -la que fue tratada como un tema de seguridad nacional- había sido un accidente. Pini -era el apellido del cura- no tenía idea de a quién cobijaba. Vio el programa que le presentaron y concluyó que era algo esencialmente inofensivo. La publicidad lo tomó por sorpresa. Nunca supe si aquello tuvo repersuciones a un nivel más alto -por mí cabeza desfilan imágenes de cardenales y coroneles enredados en pruebas de fuerzas- pero ciertamente dejó una huella entre aquellos que teníamos un mínimo de memoria. Por eso no me extrañó que la política fuera un tema recurrente allí.

Armando era mi profesor de Historia y Geografía. Se las arreglaba para hablar de cualquier cosa menos del tema que tocaba en la clase. Es del tipo que nació para vivir en una biblioteca (o un archivo). Y, cuando está afuera, asume que todos disfrutan estar en uno así que hace de enciclopedia parlante. 

Pero era más profundo. Me llevaba un año de edad -no bebía o fumaba- pero hubiera pasado, si no por mi padre, por un tío bastante mayor. Además, era mi compañero de aula en el Diplomado de Filosofía. Uno podía sentir terror si se le ocurría empezar un debate con uno de los profesores que eran -en su mayoría- los mismos que impartían la carrera en la universidad insigne del país. No se estaba lo suficientemente despierto para procesarlo. Era fácil asociarlo con el diminutivo -Armandito- por el que lo llamaban las trabajadoras del centro, mujeres viejas en su mayoría.

Pero no daba tantas clases. Una de sus preocupaciones era llevar invitados -conferensistas los llamaba- para hablar de diferentes temas. Priorizaba la historia que era su especialidad. Le gustaba escoger tipos que cuestionaran las narrativas establecidas, generalmente, intelectuales muertos de hambre que conocía de un circuito académico sobre el que la mayoría de nosotros no tenía ni idea de su existencia. Empezó con algo suave: Un historiador que había desmontado el mito del héroe insigne de la locallidad -un luchador contra la ocupación inglesa del SXVIII- que, de acuerdo al número de combates que había peleado en un periodo de tiempo relativamente corto, tenía el don de la ubiqüidad. Básicamente, todo era un bulo chauvinista. España necesitaba que se elevara la moral de las colonias y elevó el caso a niveles épicos. La aberración fue más allá de la independencia. El hombre terminó confesando que, aunque hubiese querido estar equivocado, la evidencia demostraba lo contrario. Todo quedaba en el terreno del compromiso con la honestidad.

Eso define mucho de quién es Armando. Como trabajador del museo -era uno de sus dos puestos- tenía un compromiso con lo que se suponía que hiciera. Lo cumplía. Incluso le ponía entusiasmo cuando en realidad se esperaba que se entregara a la pasividad y la desidia. También se tomaba en serio el Centro. Más allá de cumplir con aquello que le tocaba por contrato, se había creído de veras lo de un espacio abierto para cualquier opinión. Era una paradoja. Como católico, y varias veces lo afirmó en público, se suponía que siguiese un dogma. La libertad de expresión es la antítesis de ello. Eso llevaba a una conclusión muy irónica y, a su vez, perturbadora: la Iglesia Católica aquí es menos conservadora que el Estado.

Así mismo invitó a un economista de apellido Triana famoso por un video que circuló unos años antes de computadora en computadora (faltaban años para la llegada de Internet). El tipo estaba ocupado y le pasó la bola a su hijo. Me imagino que era sólo un poco mayor que yo y todo lo contemporáneo que se podía ser: abiertamente pro-capitalista y con una trenza detrás de la oreja. Le provocó movimientos incontrolables de la pierna a una compañera de aula. Aquella apología del mercado era todo lo contrario de lo que predicaba Armando, más defensor de la Doctrina Social de la Iglesia. No recuerdo qué concluyó de aquel encuentro. Pero lo que sí era evidente que empezábamos a rozar temas políticos. Era cuestión de tiempo.

No recuerdo mucho de ese invitado. Era viejo y, como casi siempre en esos casos, revestido de cierta pedantería. Tampoco se me quedó demasiado de lo que dijo. Yo estaba más consciente del mundillo político -la oposición presentada por los medios como una monstruosidad- que la mayoría de los asistentes al aula. Se me perdieron la mitad de las referencias. Sólo se me fijaron dos cosas por motivos muy diferentes y profundamente personales. Habló de una apertura política en un plazo de dos años. Lo dijo con una seguridad tal que no me quedó más remedio que aceptar su sinceridad pero, por supuesto, no pudo fundamentarlo. Fue hace una década. Sacando la implementación del internet, todo lo que ha sucedido se puede interpretar como un retroceso. Lo otro fue la existencia de anarquistas. Más allá de mi interés, aquello era lo más exótico que se puede dar en el contexto de una tiranía post-marxistaleninista. Y sería parte de mi vida hasta ahora.

No se me ocurriría decir que Armando es un progresista. Esencialmente, encarnaba los valores del conservadurismo si se usara como referente a la Ilustración. Nos hicimos amigos. Creo que para él era una cuestión de ser fiel a aquellas ideas de amor universal y tolerancia mientras que, para mí, el tipo era una gran persona además de un personaje entrañable. Sigue por el municipio; en el museo. Con un poco de tiempo -y si la emigración no borra la posibilidad de la memoria- pasará a ser uno de los fantasmas vivos de la localidad. Quizás yo sea parte de su esencia. Antes de que termináramos el curso -y nuestra triple condición de alumno, profesor, compañeros para dejar sólo a la amistad- le dejé copias de todos mis poemas hasta entonces. Estaba seguro de que los conservaría. No estoy tan seguro porque el tornado del año 2019 pasó por su casa destruyendo gran parte de sus pertenencias. O quizás los conservara en los archivos locales.