Ascención

“¡Él sale cuando a mí me salga de la pinga!”. Lo oí desde el otro lado de la puerta cuando me preparaba para salir. Era pasadas las siete. Mi ayudante se tomaba ciertas libertades como llegar a la hora que le  daba la gana. No me podía dar el lujo de despedirlo. Me adaptaba a lo que hubiese aunque eso implicara salir en un horario en que ya era la hora de comida e implicaba correr para buscar alguien que me acompañara de vuelta a casa. No era culpa mía si el otro llegaba tarde. Pero a mi tío no le importaba eso en lo más mínimo.

Esa salida era importante. El día anterior tuve un último desencuentro con N. mientras nos ignorábamos activamente en el parque. Después de horas en ello, ella se iba. Nuestras miradas se cruzaron cuando ambos volteamos hacia atrás, mientras partíamos en direcciones contrarias, y supe que no todo estaba dicho aunque yo mismo no tenía claro cuál era el próximo paso. No creía que pudiera arreglar las cosas. Estábamos en posiciones contrapuestas y que cada una representaba una amenaza para el otro. Pero tampoco podía dejar todo así. Tenía la certeza de que renunciar a ese deseo -y era consciente de lo enfermizo que resultaba- me perseguiría el resto de mi vida como una recriminación. Lo decidí. Quería volver a verla tan sólo para hacer las paces conmigo mismo. Otro resultado no podía garantizar.

Mi tío violó el pacto. Lo hizo como el último acto de sadismo al que podía llegar; la forma de dominación final. No valía la pena discutir. Los términos de la racionalidad no estaban para nada en juego allí. Yo había aceptado sus reglas. Pero él no era capaz de atenerse a lo que había puesto sobre el tablero. Su objetivo nunca fue poner orden. Lo intuía desde el principio pero, hasta ese momento, no se había atrevido a llevar las cosas tan al extremo. Sólo se podía definir como odio. Y cobardía porque le faltaba el valor para ir más allá de una autoridad que solo lograba sostenerse en la aprobación de su madre.

Mi margen de acción era estrecho. No había nada que pudiera hacer más allá de mí mismo e, incluso, eso era limitado. Lo pensé en términos de una guerra. Yo -mi cuerpo- era el territorio que querían doblegar; ocupar; colonizar. La pregunta era si estaban dispuesto a pagar el precio. Fue una decisión fría. Lancé un pato con oriné al piso y me negué a comer o tomar agua aquella noche. Era una declaración de principios. Si era una cuestión de imponer su voluntad, tendría que estar dispuesto a llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. Yo no tenía nada que perder. Aquello no podía ser considerado una vida y, mucho menos, digna.

Las primeras veinticuatro horas son las más difíciles. Duele la cabeza y el hambre realmente aprieta pero no es algo que no se pueda superar. Lo había hecho par de veces desde que esto empezó. Cedí por una especie de súplica -no directa- de mi abuela y porque no tenía un objetivo. Esta vez era todo  más nítido. Tenía la ventaja de que no iba a levantarme y correr desesperado tras un vaso de agua. Yo no era mi propio límite. Fumaba -algo no muy recomendable en estos casos- y dormía mientras dejaba que el tiempo corriera. Aquello era más fácil de lo que parecía.

Así llegué al segundo día. Oía los gritos de mi tío al otro de la puerta diciendo que me iba a matar. Podía ahorrarme el tiempo. Por supuesto, no estaba dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos ni a llevar las cosas al límite. No le iría bien en prisión con esa edad. Pero lo que más le molestaba era que yo sabía que él no tenía el valor suficiente mientras que me encontraba impasible en mi cuarto. Lo peor era que arrastraba a todo el mundo con él. No me consta pero supongo que perdió el apoyo de su lado de la familia o, al menos, tuvo alguna expresión de disenso explícito.

Tuve un momento de pérdida de la realidad. En algún punto todo se detuvo, sentí que estaba en medio de la nada y el techo estaba a centímetros de mi nariz. No dormía pero tampoco estaba despierto. Revisé las cosas que me motivaban -ver a N. y recuperar mi poca autonomía- y me resultaron tan extrañas y poco relevantes como yo mismo me sentía. Podía morir y no habría diferencia. El vaso con agua seguía a mi lado y yo no había hecho absolutamente nada por tocarlo. Estaba acostado por lo que no me era posible. Lo más factible era dejar que el tiempo transcurriera como había hecho hasta ahora. Volví a dormir.

Llegó el otro día. Hubo más gritos y amenazas de muerte del otro lado de la puerta. Mi abuela también gritaba. Cerca del mediodía, llegó mi ayudante para decirme que me había salido con la mía. No tomé agua ni comí. Le dije que quería ir al médico así que me vistió y allá fuimos. No me sentía mal. Quería comprobar que podía salir y, sobre todo, dejar claro que podía continuar hasta las últimas consecuencias. Y comprar cigarros. Almorcé y tomé agua cuando estuve de vuelta pero no salí de nuevo ese día. Estuve durmiendo hasta la hora de la comida.

Mi vida volvió a la normalidad. En pocos tiempo tuve un pretexto para evadir la extorsión y todo volvió a ser como antes. Más bien, todo siguió su curso. Dos meses después, Alejandro partió de Cuba como se suponía que hiciera. No volví a ver a N. Se volvió una especie de leyenda local -un avistamiento del que llegaban reportes- pero que casi que podía ser achacada a una alucinación mía que se había contagiado al resto. Continuar implicaba enfocarme. Decidí terminar el diplomado de Humanidades que había dejado a medias y comencé otro de Filosofía Contemporánea. Era lo que me quedaba.