No entendía El Buda. No estoy diciendo que me diera por estudiar el dharma —que tuve una fase de ello y tampoco entendí demasiado— sino del bar que se encontraba poco antes de entrar al túnel de la bahía. Era una especie de lugar de moda. En realidad, era pionero pues aunque conservaba algo de espíritu comunitario —había una quórum habitual y cierta relación de familiaridad con los trabajadores— fue uno de los primeros bares que se anunció al público como tal. Era una terraza o patio en el fondo de una casa. Había algo de ambientación —una estatua de Gotama y otra parafernalia ridícula— pero tenía todo el mobiliario que necesitaba para cumplir con su función: una barra, mesas, sillas y un audio. La bebida era barata. Incluso un aspirante a escritor muerto de hambre —como yo— podía costearse un trago de whisky y unos manices picantes. Pero algo se me escapaba. La distancia entre los otros y yo en la vibra festiva general en las que todos se hundían. Al menos la música era aceptable.
Edgar fue el primero que quiso llevarme. Después varias personas más insistieron pero terminé yendo con Dani tiempo después. Ambos estábamos bastante fumados. Ese día Ale me dijo para unirnos y comprar algo de marihuana pero no teníamos dónde fumar. Aún eran tiempos de cierta cordura. Se nos ocurrió que la única persona con disponibilidad era ella —su padre casi nunca estaba en la casa— y le sobraba disposición. Él, probablemente, estaba buscando alguna escabrosa situación sexual. Pero creo que su novia no quedó convencida con la higiene del cuarto —ni con mi presencia— así que fue una encantadora velada. Tenían que volver a su casa. Así que nuestra anfitriona y yo decidimos que el Buda era una buena opción. “La vas a pasar bien” me dijo Alejandro tras ayudarme a subir a la guagua. No estaba seguro. Hicimos el ya viejo recorrido —atravesar el municipio por el este para después ir por todo el litoral norte hacia el centro de la ciudad— mientras nos subía el arrebato y nos caía el blues. Nos bajamos antes del túnel. En el estado en que estábamos, cruzar la carretera en plena noche —hora pico del tráfico— se hizo una tarea de alta demanda psicológica. Mi conductora usaba espejuelos para la miopía. Lo que para ella eran luces en la distancia, para mí tenían la solidez de vehículos pesados moviéndose a alta velocidad. Llegamos al otro lado con la adrenalina a tope.
El camino era un laberinto. No es que fuera enrevesado —he estado en lugares más intrincados— sino que su propia disposición —eran unas aceras estrechas flanqueadas por dos cercas con casas de un lado y terrenos yermos del otro— generaban esa sensación de caminar por un túnel. Después supe que era un asentamiento militar. Sus pobladores de entonces tenían otros oficios y todo indicaba que bastante soltura económica. El Bar estaba en medio de la cuadra. Había una cola para entrar y un requisito de dejar los bolsos y los carnet de identidad en la entrada. Los tipos de seguridad parecían bikers. Por regla general, nunca son un problema para mí —aunque en los establecimientos del estado me llaman “la silla”— pero aquellos tipos fueron particularmente amables. Hubo otro camino estrecho. Las gomas de la silla quedaban justas en el concreto y las curvas eran difíciles de coger sin que se salieran pero no hubo accidentes. Estaba adentro.
Dani me presentó al dueño. Cometí el error de preguntarle a Benito —era su nombre— sobre el nombre del bar y me gané una disertación de varios minutos sobre budismo y espíritu festivo de la que sólo me quedó el tema sin posibilidades de reproducirlo. El arrebato no me bajaba. Había música —un DJ se encargaba de mantener un ambiente entre rock & roll y la escena nacional alternativa— y una sensación de pequeña gran fiesta privada en el patio de una casa como, en efecto, era. El dominó lo definía. El rango de edad era bastante amplio pero la tendencia es que fuera un lugar para adultos. Fue cambiando con los años. Se volvió más variado —la popularidad atrajo más gente que buscaba un lugar para gastar dinero sin que los dejara arruinados— adolescente —ruidoso y con un componente de peligrosidad criminal— y “LGBTIQ friendly”. El ambiente sonoro se hizo más ecléctico.
El blues me estaba cogiendo. No tengo un recuerdo definido de por qué fui aquella primera vez —los hechos no reflejan mi estado de ánimo previo— pero debió ser bastante bajo. Fue el inicio de una costumbre. Siempre que iba llegando al fondo, partía para allá buscando alguna forma de Iluminación que siempre era temporal y engañosa. Era más bien catártico. Había llegado a un lugar donde mi sensación de aislamiento se hacía absoluta —el mismo ruido me impedía socializar— y la gente no iba a ello tampoco. No iban a dedicarme su noche. No destilo sexo y no era particularmente acaudalado así que no generaba un gran interés. Y me cuesta proyectar la voz. Me quedaba, entonces, la absoluta introspección contemplativa en medio de la fiesta. O beber.
Salir de allí era difícil. Había poco transporte público de madrugada y uno podía verse varado en una parada con las mismas personas que habías rehuido toda la noche. A veces la gente prefería caminar. Se formaba una caravana dispersa —islotes de personas— que iba acallándose por efecto del alcohol y el cansancio en la medida que se avanzaba por la carretera iluminada con un mar completamente negro a la izquierda. Pero aquella primera noche cogimos la guagua. Y, mientras regresábamos sobre nuestros pasos, la conciencia de lo que había dejado atrás —el motivo de mi huida— se hizo demasiado intensa y empecé a llorar. Fueron lágrimas y no un llanto histérico. Mientras monologaba sobre todo eso en una especie de enumeración, Dani me miró por encima de sus espejuelos —la miopía la obligaba— y trató de consolarme. “Todo va estar bien”, mintió. “No pasa nada” pero eso tampoco describía la situación. Empezaba la era del blues.

