No tiene que tener sentido. Basta con que flote y te sirva de tabla en la inmensidad de la nada. En algún momento llegarás a una isla. En términos de realidad, un espacio donde puedas sentirte libre para ser tú mismo. Es una pretensión absoluta. Además, niega el hecho de que – una vez allí – el aislamiento será todo lo que tengas. Por eso la gente se aferra al poder. Nos ofrece la posibilidad de hacer un mundo a nuestra imagen y semejanza. En esa época se ofrecía como una posibilidad. Pero ¿por qué alguien querría algo así de obtuso y potencialmente horrible? No tengo un amor propio desbocado. No puedo negar que disfruto lo que soy aunque sea repugnante para muchos. Incluso, hasta para mí.
La oportunidad se dio sola. Fue una directiva de la universidad que, como de costumbre, se le ocurrió a algún personaje gris en una oficina de arriba. Fueron aula por aula. Era el procedimiento estándar ya que no era pensable reunirnos a todos en el mismo lugar y hora. El planteamiento era sencillo: nos exhortaban a que hiciéramos proyectos culturales y científicos. Iba de dar una sensación de rigor. Estábamos en un centro académico y había que estar a la altura de los ya asentados. Era una idea poco realista. El grueso de los estudiantes tenía otras ocupaciones – trabajo formal o no – y no estaban muy interesado en dedicarle tiempo a la institución. No era difícil ver las expectativas. Se apelaba a la formación de los Instructores de Arte y a la ausencia de vínculo laboral – era una exigencia que se violaba sistemáticamente con el empleo informal – de los egresados del Curso de Superación.
Fue Carlo quien nos informó. Sé que tenía un puesto administrativo, además de dar clases de derecho, pero no recuerdo cuál o qué hacía exactamente. Lo cierto es que parecía creerse el personaje. Era lo más cercano a un comisario político que teníamos por la zona aunque quizás atemperado por el espíritu de los tiempos. Intentaba ser simpático. Apelaba a su cultura – que parecía ser amplia – pero eso sólo le servía con los tres o cuatro bichos raros que andábamos desperdigados por allí. Allí estaban los límites. Entonces usaba su juventud – era de los más jóvenes del claustro – para crear un aura de complicidad. No lograba la textura. Lo único que le quedaba – y reconozco que lo usaba poco – era el principio de autoridad. Por él pasaría cualquier proyecto.
Mi afición era no entrar a clases. Andaba con un grupo de alumnos de primer año – aunque todos fueran mayores que yo – y la verdad que mucho más entretenido perder el tiempo con ellos que en el aula. Dos o tres de nosotros teníamos inquietudes intelectuales. En mi caso, eran difusas y tan variadas que no lograba ponerlas en ningún campo específico. Los otros estaban más enfocados. Había un par de muchachas que venían de talleres literarios – una tenía formación como actriz –, los abundantes guitarreros y algún que otro artesano con pretensiones de pintor. No se me ocurría qué hacer. Siempre existía la posibilidad de aprender algo nuevo y así justificaba mi estancia (en la universidad) y mi ausencia (de los turnos). Dirigir teatro, en teoría, no requiere aptitudes físicas. En la práctica, no tenía ni idea de qué iba aquello pero estaba seguro de que podía hacerlo. La actriz me miró de arriba a abajo. Carlo, sin embargo, me alentó con su típico entusiasmo de joven comunista. Incluso, me sugirió lecturas. No recuerdo mucho de lo que leí – ni siquiera el nombre del autor – pero era una comedia griega. Leerse a Shakespeare no es mucho. Y, de teatro clásico, tenía una idea más o menos distante pero en poco tiempo uno puede ponerse al tanto sin llegar a ser un conocedor. Compré varios libros. No llegué a leer ninguno pero para mí era la intención lo que contaba. Y con eso me lancé a la aventura.
El plan era hacer un experimento. Básicamente, todos jugaríamos al teatro (como mismo los niños juegan al médico). Yo sería el director. El Dios caprichoso de un pequeño universo que formaría a mi imagen y semejanza. No sería agradable ni bonito. Pero tras algunos sufrimientos de proporciones bíblicas, llegaríamos a la perfección. Primero debía conseguir las criaturas. Empecé a regar la noticia que recibió cierto entusiasmo no carente de ironía. La mayoría de las personas ha soñado con encarnar otras vidas. Eso me ponía en la posición de un demonio de leyendas populares vendiendo sueños a cambio de un servicio y, quizás, hasta el alma inmortal. Yo los convertiría en actores. Estuve varios días en función de un casting impreciso que coordiné con Carlo – necesitaba su apoyo – mientras trataba de encontrar un día para poder acceder a un espacio. Me empeciné en hacer un cartel. Por supuesto, tuve que poner yo los materiales y pedirle a un amigo – era instructor de arte – que hiciese el diseño. Quedamos para un domingo.
Era por la tarde. La universidad estaba cerrada y no había rastros de actividad de ningún tipo. Carlo no había ido por las aulas. Ni siquiera se portó por el lugar para abrirlo como habíamos acordado. Sólo un alumno se me acercó. Creo que él mismo se hizo cargo de la idea cuando la desestimé. Tampoco funcionó. Siempre que nos encontramos, durante varios años de deambular por las mismas calles, me recordó el tema dándome actualizaciones sobre su carrera de actor. Supongo que fue una forma de reconocimiento. Aquel día me fui de allí frustrado y sin ganas de seguir en esa carrera (que nunca arrancó). Y sentía vergüenza. De “Mefistófeles” pasé a “Tonto del Pueblo”.
Hubo otra situación. No soy el único protagonista de la historia que, sin dudas, cerró la posibilidad de que pudiéramos hacer algo más que ir estúpidamente a clases (si acaso). La actriz y escritora quiso hacer un Taller Literario. Había una larga tradición de estos por aquel entonces y un eterno debate sobre su verdadero objetivo. Algunos lo tomaban como espacio de exposición. Otros querían establecer verdaderas cátedras de escritura creativa que terminaban en cultos. Ella pertenecía a los últimos. Pero al menos contaba con una preparación en el tema y no era una improvisada como yo. Propuso la idea. Carlo mostró su habitual entusiasmo y prometió su total apoyo. No puedo decir que pecáramos de ingenuos o desmemoriados porque ambos episodios sucedieron simultáneamente. El desenlace de cada uno ocurrió con una semana de diferencia.
La escritora/actriz organizó el proyecto. No llegué a leerlo pero sé que lo presentó en blanco y negro porque se lo exigieron y era su estilo. Hubo un conato de organización. Además del boca a boca, y la gente que ya conocía, hizo algo de promoción. Sus expectativas no eran altas. Llevaba – a diferencia de mí – años en el medio y sabía que los eventos literarios no eran masivos. Como gancho, invitó a un trovador local. Lo llamaré Pizarro como una velada referencia a su apellido de conquistador y como oscura broma autorreferencial (es personaje de una novela inédita). También le decían “El Güije”. Era en referencia a un personaje infantil inspirado, a su vez, en un personaje del folclor rural. Una especie de duende. Se le describe como un niño negro de largos cabellos. El parecido era evidente. Las únicas diferencias eran la edad y el tamaño. Incluso, vivía en una choza. Fue en ella – rodeada de una exuberante vegetación en el exterior y decorada con criterios que iban desde el folclorismo hasta un retrato del dueño – donde terminamos la jornada que nunca empezó. A Carlo no le gustó vernos llegar. Menos todavía que la invitación del artista fuera personal y no a través de la institución (lo que pasaba por su criterio y protagonismo). Pero le encantó que el pago fuera una botella de ron. Era el pretexto que necesitaba para cancelarlo en medio de discursos políticos que no venían al caso. Nos fuimos bastante de mal humor.
La jornada se salvó. Pasamos la tarde en casa de El Güije – que tocaba sus canciones – y bebimos, leímos poesía y conversamos de todo (desde arte hasta el mobiliario). Prefiguraba lo que vendría. Gran parte de mi vida se volcó a esos eventos que rayaban lo informal y me dejaban en un anonimato cómodo. La bebida era el pretexto. Solían servirla gratis cuando inauguraban exposiciones y en las peñas de trova donde, años después, también leería. No había entusiasmo en ello. Parte del personaje, bastante sincero, implicaba tomar mi vida social con ironía y reticencia. Evitaba tomar responsabilidades. Por aquel entonces empezaba a escribir y el aislamiento – no depender de nadie para crear – era una ventaja que apreciaba totalmente. Era algo que olía a Libertad. La gente – y sus vidas – eran algo impredecible con lo que no podías contar pero las instituciones sólo te iban a usar sin darte mucho a cambio. Volvería a recaer pero eso es otra historia.
Se lograron un par de proyectos en la universidad. Al menos, me llegaron noticias de ello desde una distancia que me impedía precisar los detalles. Tampoco me interesé. Mi interés era pasar desapercibido y purgar mi condena. Bastaba esperar. Mientras tanto, ahondaba mi rutina de no entrar a clases y leer sólo para mi placer. Era un fantasma.

