“¿Qué te pasó?” era el bocadillo del día. Ya había tenido que darle explicaciones a la mujer de mi tío; mi asistente; la doctora. Los ambulancieros también querían saber. En ese punto, ya no tenía claro qué me había llevado hasta allí. Estábamos dando vueltas por el municipio. Tenían que resolver algo personal, nunca supe qué, antes de que dieran un hospital que me aceptara. Los sábados son días muertos. Apenas hay personal paramédico, de limpieza y cocina pero no médicos que lleven toda la cuestión burocrática. Y había reticencia respecto a recibirme. Todos veían un potencial desastre en un tipo que necesitaba asistencia a tiempo completo. Era una responsabilidad que no querían.
“No sé a qué hospital llevarte…” me dijo el chófer. Era el mayor de los dos y hablaba sin parar como tratando de hacerse entretenida la jornada de trabajo. El otro sonreía y soltaba algún comentario. Pararon en una casa a buscar algo en una zona que no me era desconocida en mis andanzas. Me dio tiempo a mirar la ambulancia. No era más que un carro con mucho espacio interior pues ni siquiera tenía equipo paramédico o una camilla. Estaba sucia. Pero yo solía coger transporte público así que no me sentía intimidado en especial. Sí me preocupaba que alguien me viera. No esperaba que el evento pasara desapercibido pero quería, aunque fuera, poder contarla en mis propios términos. Estaba siendo optimista. Pero en aquel momento pasé desapercibido y seguimos camino a donde quiera que fuera admitido.
“¿Estás seguro de que no quieres quedarte?”. Pasábamos a pocos metros de mi casa y era el momento para cambiar de idea. No era una opción. Lo que sea que me esperara allí no sería agradable y acogedor. El recorrido siguió hasta el hospital más cercano. Recogía a toda la gente del este de la provincia pero lo que realmente lo volvía célebre era su pésima reputación. Aquello era un matadero. No me voy a poner a juzgar al personal -años después me salvarían la vida- pero las condiciones en el lugar no eran aptas para la vida humana por lo que pensar en mantener un complejo sanitario era una locura. Funcionaba mejor como guarida de asaltantes. Los pasillos poco iluminados servían de cobertura para la faena a pesar de que siempre había una patrulla de policía en el cuerpo de guardia. No estaba allí para eso. Ni siquiera lograban evitar que las broncas, empezadas por algún paciente que llegaba con heridas de arma blanca, se extendiera entre los acompañantes y los que trataban de liquidarlo.
El ala de psiquiatría estaba aislada. Me sacaron de la ambulancia por una rampa hasta el interior de la sala. Desde el mismo recibidor se veía todo el lugar. No era muy diferente de las imágenes que tenía de los hospitales de campaña. No había cuartos. Lo que separaba las camas -y a los pacientes entre sí- eran unos parabanes de estructura metálica con telas verdes del color que usan los materiales quirúrgicos para completarlos. No había médico al frente de la sala. Me recibió un enfermero que ya estaba preparándose para ser relevado. “¿Qué te pasó?” me dijo con un ritmo lento. El tipo debía medir uno noventa y necesitaba coger sol con cierta urgencia. Ni ser canoso o vestir de blanco atenuaba su palidez. Tampoco ayudaba mucho la cicatriz a lo largo de la mejilla izquierda. “¿Qué te paso?”. Estaba seguro de que nada tan grave como para quedarme una semana al cuidado de un tipo que probablemente le estaba robando los medicamentos a los internos para armar su propia fiesta privada (su voz lo delataba). Tan sólo había tenido una noche dura. No había necesidad de tenerme allá y, siendo justos, ya empezaba a sentirme mejor. Se lo dije mirándolo a los ojos (a través de los cristales de sus lentes). “Ah…¡ya…! Entonces no te pasó nada…” el tono no me permitía determinar si estaba siendo irónico o empático. Creo que era aburrimiento. Asentía como si ya me hubiera visto cientos o miles de veces. Paró la entrevista para hacer una llamada. Los ambulancieros esperaban la respuesta que resultó negativa. Tenía que recibirme un médico. Volvíamos al punto de inicio y no me molestaba.
“¿Dónde podemos llevarlo?”. Se pararon en una carretera mientras debatían en qué dirección ir. Les comente que me quedaba sin cigarros. Avanzamos otro par de cuadras buscando un lugar de ventas que, en aquel entonces, era del Estado. Tenía el equivalente a un dólar y algo, casi dos. Me preguntaron si podíamos comprar un Planchado -ron de caja- que era relativamente barato. Por un momento pensé en mi muñeca. Estaba seguro de que beber con una herida abierta -aunque con una venda taponeando- no era una buena idea. Pero nadie parecía intererado en pararme. Volvimos a parquear pero esta vez a la sombra de un edificio.
“¿Qué te pasó?” me volvieron a preguntar. Tras evadir durante todo el trayecto, reformulé lo que sería la versión definitiva de cara al público sobre lo sucedido. No me hacía quedar tan bien parado. Pero la culpa era algo que podía entender y manejar incluso cuando no me lo creía del todo. “¿Quieres un consejo?”. En este punto, me servía cualquier cosa que me diera una salida del atolladero. Pasaron el Planchado. “No te enamores de una mujer… Enamórate de todas las mujeres… Enamórate de tres, ,cuatro, cinco…”. Llegó una explicación. Asumo que era una especie de dosificación del sufrimiento pero quizás me equivocara. No lo estaba atendiendo. Llevaba demasiadas horas sin dormir y la factura me estaba llegando.
“¿Estás seguro de eso?”. La verdad era que no podía asegurar nada pero había tomado una decisión y no pensaba retractarme. “La comida es mala y sólo hay enfermeras feas”. Pero seguía sin tener un plan viable así que no iba a cambiar de idea. Era definitivo. Dimos con un hospital que tuviera un médico de guardia un sábado. Era una pequeña clínica que quedaba al otro extremo de la ciudad. “Llámame si necesitas algo”. El ambulanciero más joven me anotó su número en un papel antes de despedirnos. Jamás volví a verlos.

