La mayoría no reflexiona sobre la muerte. Y, por contraposición, tampoco lo hacen sobre la vida en un sentido esencial. Las situaciones cotidianas no tienen alcance. A lo sumo echan un poco de luz sobre relaciones humanas sin un contexto más allá de una referencia moral que se asume sin una gota de cuestionamiento. Es como si flotasen en medio de la nada. De ahí se desprende que vivimos en un campo yermo camino a una especie de barranco por el que nos vamos a perder. Lo más seguro es no pensar en ello. Es más cómodo pretender que se está en un jardín salvaje sorteando peligros como un héroe mitológico. El engaño es la mejor solución.
“Ale tuvo una neumotorax”. Melissa era la novia de turno -otro resultado más de la pulsión endogámica- y una conocida de hacía varios años. Llevaban unos meses juntos. En comparación con sus últimas relaciones, esta era una chica sencilla que no traía grandes dilemas personales. Cuidaba de sí misma. Tenía una vida propia -amistades, carrera, aspiraciones, proyectos de vida- así que le dio margen para su nueva faceta de hombre de familia. Incluso, lo apoyaba. Todos -también me incluyo- pensábamos que le estaba tocando la versión suave del papel pero también que era un logro que lo asumiera. Ya llevaba varias semanas enseñando la foto. Se me ocurrió que evitaba el transporte público para abordar a transeúntes desprevenidos y preguntarles si querían ver a su hija. Así de entusiasmado estaba.
Fue de madrugada. “Me empezó un dolor en el pecho…” me dijo cuando nos vimos “…que no podía ni respirar”. El primo movilizó a la familia. Por suerte, tenían carro y el hospital más cercano era militar así que tendría una atención con cierto nivel de dignidad. Le tuvieron que hacer una aspiración con catéter. Era una pequeña herida justo debajo del pectoral por la que le pasaron la manguera durante -creo recordar pero no aseguro- un par de días. Su pronóstico era favorable. No es que fuera la persona más saludable del mundo pero era joven y sanar se le daría sin gran problema. K. no se despegó de su lado. No sé cómo se las arregló con la recién nacida pero estuvo casi toda la semana que duró el evento hospitalario. Melissa cogió un par de turnos. Varios amigos fueron a verlo -a través de un cristal en un salón aislado- en el segundo piso. Le llevaron un cartel: YA NO PUEDES FUMAR JAJAJA. Respondió en una libreta: ENTONCES VOY A ESNIFAR. Era un bluff. No le daba el dinero para tanto ni era el tipo de droga que más se movía en el ambiente. Pero era un buen chiste por su sinceridad.
“Pensé que me iba a morir” me dijo cuando pude verlo. Llegar al hospital implicaba coger guaguas, además de subir escaleras si los ascensores no funcionaban, por lo que el despliegue logístico era considerable. Esperé a que volviera a casa de sus tíos. Bajo de una mata de guayaba, en un bucólico portal amurallado al atardecer, me contó su más reciente aventura. Debió ser aterrador. Alejandro tenía cierta propensión a la hipocondria y a elucubrar muertes horrendas en medio del pánico. No hacía tanto del último episodio. Tuvo una reacción alérgica a una pastilla -decía que era ibuprofeno pero los cercanos sabíamos que era un cóctel recreativo- y se despertó al otro día con el pito “reventado”. No sé qué quería decir eso. Pero estuvo pensando en todo el catálogo de enfermedades venéreas -lo que era perfectamente posible dado su estilo de vida- mientras sus padres venían a buscarlo para ir al médico. Le salió mejor de lo esperado. Estuvo una semana con un vuele por esteroides sin que tuviera tiempo a engancharse. Esta vez la ganacia era otra. Además de fumar -que implicaba ahorro de dinero para él y todo el que lo rodeaba- le prohibieron el esfuerzo físico así que se vio relegado a trabajos manuales de baja demanda. Y K. le había firmado un alto al fuego. Si en los últimos tiempos había sido una especie de oveja descarriada, ahora recuperaba su estatus de consentido de mamá (más la familia y amigos).
Pero este susto había calado hondo. Si le había dado terror perder su libertad, la vida debió parecerle demasiado. La euforia lo delataba. Dejó de fumar y se estaba preocupando por ganar peso que no es que cuidara mucho su alimentación. No me hizo comentarios sobre su hija. Creo que un sentido del pudor -ambos teníamos un acuerdo tácito sobre el sentimentalismo- le reprimió el impulso de ser patético. Pero se volcó en la paternidad. No es que se volviera el adulto responsable que se suponía fuera sino que cedió a una ternura que antes controlaba. No tenía razones para frenarla. El armisticio con K., y la obligación de poner un pare en su estilo de vida, eran la cobertura que necesitaba.
“Escribe algo que pueda filmar”. Por supuesto que nunca logramos sincronizarnos y, aunque aprendí los rudimentos del guión, mi trabajo quedó engabetado. Se volcó a la música. Ambos éramos consumidores compulsivos pero él podía tocar un instrumento. Al menos le puso mucho interés. En poco tiempo enroló al Luiso, o este lo embaucó y juntos embaucaron a otros, en lo que sería un grupo musical. Lo llamaron Bloomer (braga). Claro que era un trolleo que querían hacer pasar por algo pensado -me preguntaron que quería decir el término- pero el proyecto tenía fecha de caducidad. No sonaban mal en los ensayos. Estuve en par de conciertos y, a pesar de que el audio no los acompañaba, tenían buena química en el escenario. Eso era un logro rotundo. Había demasiados egos y, al menos, uno potenciado por un alcoholismo avanzado sin que detonara el proyecto. El problema fue otro. La familia de Alejandro estaba vendiendo todas sus propiedades -la casa y el carro- para mudarse a Ecuador que era el destino de moda en aquellos tiempos. Pensaba llevarse a K. y a su hija. Mientras tanto se afanaba en ese sueño que no podía perdurar. “Justo ahora que todo va bien” me confesó.

