El beneficio de la locura

Me derribó la vergüenza. Digamos que ya había acumulado la suficiente cantidad de traumas -una vida sirve para resumirlo- como para que anduviera tambaleante por el mundo. Es lícito decir que buscaba un pretexto. Pero tenía que ser algo que yo mismo pudiera creerme sin una sombra de duda. Eso implicaba llevar las cosas al extremo. Al menos, tenía que llevarme hasta el límite y quebrarme lo suficiente como para que el derrumbe fuera definitivo y total. Nada mejor que derruir lo sagrado. Y, para aquel entonces, lo único que me daba un asidero a la realidad era que había alguien a quien quería más de lo que podía justificar. Me pregunté si podía destruirlo.

No voy a dar detalles de mi relación con N. Son demasiados episodios en un vórtice de malentendidos que se extendían por dos años e impedían que nos pusiéramos frente a frente. Habíamos acumulado resentimientos. Desde ese primer episodio con Alejandro -que sentó las bases de lo que sería nuestra relación futura- pasando por los ciclos de peleas y reconciliaciones -casi siempre mediadas por mis celos o sus desaires- hasta llegar a la incertidumbre de no saber qué hacer el uno con el otro, había sido un largo camino. Ambos estábamos exhaustos. Pero ninguno quería aceptar que nos habíamos destrozado mutuamente aunque no de manera irremediable. Lo definitivo era otra cosa: ella se iba del país y todo el desgaste; el tiempo; los sentimientos invertidos habrían sido en vano. Lo asumí con radicalidad. Las cosas llegaron al punto donde no había retorno: ella debía despreciarme todo lo posible y yo no tendría cara para usar palabras grandilocuentes como “amor”. El saldo había quedado plano.

Volví a mi casa como flotando a través de una viscosdad. La distancia entre el mundo -esa cosa que suelen llamar la realidad- y yo se había vuelto infranqueable. “Mañana será otro día” pensé. No se me ocurre que un pensamiento más detestable que ese hubiera podido aparecer en el umbral de mi conciencia. “¿Para qué?”. Pues para enfrentar recriminaciones ante el reguero de mierda sin precedentes que había armado. Lo veía venir. Aunque podía justificar mis acciones como una forma  de justa retribución cuyo único elemento de desproporción -léase Némesis- era la alevosía, el público necesitaba un villano. No tenía problemas con ello. Sólo estaba demasiado cansado como para lidiar con otra cadena de sinsentido. Empecé a valorar mis opciones.

Ni pensar que fuera a hacer algo brutal. Entiendo demasiado sobre la fragilidad humana -se pudiera hasta decir que la encarno- como para hacer de carnicero conmigo mismo. Mi tolerancia al dolor es alta, cierto. Pero soy consciente de que una exposición demasiado alta a este termina por drenar la fuerza que, en mi caso, es limitada. Las cuchillas de afeitar requieren poca. La cuestión está en usarlas en una parte que no ofrezca tanta resistencia. La muñeca parecía el lugar indicado. Tenía claro que no debía cortar a lo ancho si no a lo largo de la vena para evitar que un coágulo sellara la herida. La piel se abrió con facilidad. Las venas y el resto de las estructuras quedaron a la vista por debajo de la sangre que, sin dejar de ser abundante, no era tanta como hubiera imaginado.

Esperé un rato. Se suponía que perdiera la conciencia pero seguía despierto y empecé a sentir el dolor que, hasta entonces, se había mantenido al margen. Era evidente que no había cortado con la suficiente profundidad. Las opciones eran seguir intentando -lo que era hundirme en la agonía que trataba de evitarme- o aceptar las consecuencias de ser un inútil total. La mierda seguía acumulándose. Por supuesto que algo no podía estar bien conmigo si era capaz de montarme en ese tren de desatinos sin que tuviera claro cómo detenerlo. Pero no veía el freno. Lo que procedía era tomarse unas vacaciones en el hospital psiquiátrico con la esperanza de que mi cabeza se aclarara. Era un plan. Por la mañana tendría que forzar la situación para que me dieran una remisión así que debía mostrarme lo suficientemente loco. Cualquier lugar se ofrecía como mejor opción que mi casa. Y el barrio; Café; pueblo sería como esa habitación en la que todos estamos atrapados y sujetos al escarnio del otro que nos juzga porque es el tema de moda. Tenía que huir.

Por la mañana tuve un vistazo a lo que me esperaba. La mujer de mi tío fue la primera en darse cuenta de la situación y no es que pareciera muy preocupada por mi estado mental. Estaba ofendida por mi actitud. Lo importante era no alterar la normalidad de la familia -una especie de estatus quo basado en reducir mi existencia al mínimo- y que mi abuela no se enterara. Lo que hiciera con mi vida, no era importante. Entre reprimendas sin mucha convicción, llamó a mi ayudante de aquellos tiempos -vivía en la misma cuadra- que continuó con las reprimendas también sin mucho entusiasmo. Me enredé un pañuelo en la muñeca. Hice el camino hacia el cuerpo de guardia en medio del estúpido debate acerca de las motivaciones. Entré directo a la consulta. Me hicieron una cura chapucera pasando por alto la sutura que llevaba. La Dra. indagó. Le di la versión que más me empujaba de cabeza al psiquiátrico: había lastimado a la persona que más quería y la culpa me abrumaba. Nótese la influencia de Dostoievski en aquel entonces. Finalmente, y tras cierta reticencia, pidió una ambulancia como ordenaba el protocolo en caso de un intento de suicidio. El horizonte era una semana hospitalizado. No parecía la solución ideal pero era una salida temporal del atolladero y la oportunidad que necesitaba para aclarar mi mente. El transporte demoraba. Mi acompañante fue un momento a casa de su abuela -quedaba a una cuadra del Policlínico- y yo quedé fumando con la cabeza puesta en el próximo paso del plan. Llegaron apenas terminado el primer cigarro. Hubo un debate entre los ambulancieros y la médico de guardia sobre si debían proceder estando yo sin nadie que me acompañara que zanjé diciendo que era legalmente capaz de decidir por mí. Estaba decidido y nada iba a detenerme.