Emilio
“No te pregunto si hay que hacer algo”. El baño era el único lugar donde estábamos libres de posibles oyentes. “No pregunto si hay que hacerlo… tan sólo que no sé qué”. El primer instinto fue hacer una denuncia policial -algo con lo que él no tenía gran conflicto- pero no era mi estilo y me generaba la incomodidad de tener que lidiar con la autoridad. Quedó postergado. Decidí -fue más cosa mía que suya- explorar otras posibilidades de resolución. Ir nosotros mismos no era opción. Emilio podía terminar preso o muerto -aquello era seguro que se saliera de control- y yo no iba a servir de mucho (por no decir nada). Necesitábamos alguien tan o más violento que Claudia.
Puppy
“Yo le debo una a Dani”. Ellos habían tenido un enredo sin pies ni cabezas -como solían gustarle a Dani- durante una de las temporadas de él en prisión. Decirle violento, se queda corto. Para aquel entonces -y desde hacía años- mantenía un perfil bajo pero bastaba ver cómo lo trataban los tipos de ambiente para darse cuenta de que se había ganado el miedo que le tenían. Ni hablar de su presencia en El Café. Lo puse al tanto de lo que sabía con la mayor cantidad de datos posibles. No era algo difícil de resolver. Bastaba que consiguiera la dirección -a través de Bárbaro podía hacerse-y recuperara una .38 que reservaba para ocasiones especiales. “Me acuerdo de la primera vez que me pusieron una pinga de esa en la cara”. Lo contó como si fuera algo tierno y gracioso -una travesura juvenil digna de nostalgia- y cerró con sus impresiones: “Fue como si me metieran el corazón en una nevera y me dije ‘Tengo que echarme una pinga d’esa para hacerle crick-crack a la gente en la cara’”. Teníamos a nuestro músculo. Quedaba la cuestión de que se apurara porque no era una situación que se pudiera postergar.
Emilio otra vez
Pasó una semana y Puppy no hizo nada. No digo que fuera por indiferencia -estoy seguro de que estaba motivado- pero algo lo ralentizaba. Volví a tomar la iniciativa. Emilio y yo fuimos a ver a uno de sus antiguos colegas de la policía que, como era de esperar, no podía hacer mucho más que mandarnos a otro lugar. Era en el centro de la ciudad. Lacra era una subdivisión del antiguo DTI (Departamento Técnico de Investigaciones) que se dedicaba a cuestiones de prostitución. Era todo muy lombrosiano. Esa misma mañana estábamos en camino a esa oficina para no perder tiempo. Me daba un poco de asco.
La Autoridad
Las oficinas de policía son genéricas: una vez que has visto una, las has visto todas y no hay sorpresas implícitas en el lugar. El individuo no es un factor determinante. Pero no estaba liduando con uniformados -genéricos y hastiados de sí mismo- sino con agentes. Vestían más a la moda que yo. El que me atendió -siempre usan ese término que resulta impreciso por denotar servidumbre- tenía la estética típica del proxeneta de su tiempo. Era más empático que sus colegas locales. Mientras le iba contando, me iba mostrando en su celular -en aquellos tiempos no abundaban los de teclas y menos los inteligentes- fotos de los implicados. Era evidente que conocían la situación. Tras la entrevista, me pidieron tiempo para actuar pidiéndome un tiempo de setenta y dos horas para responderme. No tenían interés ninguno en ello.
Bárbaro
Pasaron setenta y dos horas. Después una semana sin que hubiera acción por parte de la gente de Lacra y Dani no regresaba ni yo tenía noticias nuevas. Trataba de seguir con mi rutina. Iba de regreso a casa una noche cuando me tropecé con Bárbaro que se había pasado una temporada en casa de Claudia. Quiso ponerme al tanto de lo que -más o menos- ya sabía. “Noche sí y noche también so pena de una entrada de golpes…” era su conclusión “…y ella está bien con eso”. Le hice una actualización de los acontecimientos. En aquel entonces, éramos amigos y no quería verlo de vuelta en prisión así que le advertí que saliera de allí. No me respondió nada. Se alejó unos pasos con una declaración muy tajante: “No tenemos nada que hablar”. No me habló por meses. Después supe que advirtió a Jean -y a Claudia por carambola- de lo que pendía sobre ellos. Yo había cruzado el límite.
Cosas de mujeres
Tenía razones para empatizar con Dani. Se veían a sí mismas como lesbianas -algo discutible- y ambas iban a ser madre. Llevaba la hija de Ale en el vientre. Por él supo algo de lo que pasaba y vino a interesarse (no creo que por morbo si no por empuje de las hormonas revueltas con el embarazo). En efecto, ya yo había agotado todas las posibilidades que estaban a mi alcance. “¿Y la madre?”. Era una persona a la que prefería mantener alejada -su marido me asqueaba sin haberlo conocido- pero era una menor de edad así que las autoridades estaban obligadas a acudir a su llamado.
El Buen Pastor
La madre estaba dispuesta a dialogar. Desgraciadamente, sabía que la decisión no dependía de ella sino del Pastor que no tendría mucho aprecio por su hijastra. Defendí mi caso -que era más bien de ellos- lo mejor que pude. Cuando me lo propongo, parezco un buen hijo de burgués y Emilio era todo un hijo del Señor. Era un público difícil. El tipo escuchó y terminó por plantear su posición con la misma actitud con que lo haría el presidente de la nación ante una panda de antisociales (Lombrosso es todo un éxito por aquí): Dani había violado la santidad del hogar. Tendrían que orar antes de decidir qué hacer como la familia cristiana que era. Tendría que esperar veinticuatro horas para una respuesta. Superando mis instintos paganos -y las ganas de sumar dos mártires al ejército del Señor- regresé al siguiente día. Me dejó el recado con ella: No harían nada y que fuera lo que Dios quisiera. Estaba escuchando un comentario ofensivo cuando sonó el telefono. Dani acababa de regresar. Estaba en casa del padre y ese mismo día pude verla.
Jean y Claudia
Estuve mirando sobre mi hombro una temporada. Un día Puppy se los tropezó en El Café y se sentó a compartir con ellos. No hubo sangre. Y ellos no insistieron mucho en volver. Tiempo después, él mató a un tipo con una puñalada certera sin planificar. Estuvo a la fuga un tiempo hasta que lo cogieron. No sé si uno o dos años después contrajo un parásito en un pulmón -ya era positivo al VIH- y murió. Ella duró algo más. La última vez que la vi, parecía más muerta que viva. Era custión de inercia.

