Digamos que miras a la nada. Deberías sentir sobrecogimiento o terror pero la sentí como lo que era: nada. Debí tomar nota de esa sensación. Decía mucho de ella —aquel cuerpo estaba vacío de alma— pero también era una descripción bastante exacta de mí; los resortes que me lanzaban hacia otros. Me aburría. Su afán de agradar —o impresionar— era demasiado predecible incluso para un niño de su casa como yo. No me engaño. A mis veintiséis no era completamente ingenuo pero tampoco me consideraba un tipo con mucha calle. Hubiera podido darme varias vueltas de proponérselo. Pero asumó que percibió que no la hallaba atractiva —y estoy convencido de que intentó seducirme— así que jugó la carta de la tipa cool, ruda y culta. Seguía sin entender qué le veía Dani.
Era su “hermano mayor”. Teníamos esa relación de límites difusos donde el sexo gravitaba aunque no fuera un hecho entre nosotros. Ya no era tan fea. Había adelgazado y sus senos y caderas se habían redondeado. Era una mezcla curiosa. Como casi todas las mujeres que florecen después de cierta edad —otras sólo siguen un curso natural— padecía de Síndrome del Patito Feo. Era como tener un juguete nuevo. No podía soltarlo y me tocaba a mí oír las historias de sus juegos y proezas. Sin duda, me implicaba. Vivía en una novela erótica y yo era el público objetivo (o así se sentía). Siempre me acompañaba a mi casa. Antes de entrar, nos sentábamos en el parque de la esquina —se supone que fuera unos minutos pero podía durar horas— y me tocaba el tiempo de la confesión. Aquella vez, el tema fue Claudia. No me extrañó que me hablara de una mujer —ya ese tema lo habíamos superado— sino que fuera algo que le preocupara. Empezó a hablarme. No tenía muy buen tino para escoger a la gente que dejaba entrar en su vida y esta era —según sus palabras— una “loca pastillera”. Más de lo mismo. En esos tiempos incluso era grouppie de una de las bandas de metal más conocidas de la escena. Seguía sin entender. La cara de angustia me decía que aquello era sólo la punta del iceberg.
“Es VIH positiva”. Reconozco que mi información sobre el tema era prácticamente nula aunque no creía que estar en la misma habitación con alguien infestado fuera a contagiarme. Sé lo que es un condón. Me sentí tentado a preguntarle si se iban a poner un hule entre ellas pero preferí quedarme callado y escuchar. ¿Era una persona que valía el riesgo?
“Es que me gusta…” me dijo con un tono de bebé al borde de una pataleta que, lejos de conmoverme, me irritó por completo. Me limité a decirle que no lo hiciera. Pero todo en ella —desde la ropa hasta la postura corporal— indicaban que no importaba lo que dijera, ya la decisión estaba tomada.
Dani desapareció. No me extrañaba —acostumbraba a hacerlo— pero traté de no pensar en la razón particular de que lo hiciera esta vez. Tenía otras cosas que me interesaban. Pero era cuestión de tiempo para que regresara —a dónde más iría— y esta vez vino con Claudia. Es cierto que resultaba curiosa. Una “freaky (fanática del metal) pastillera” no le hacía justicia del todo. También se destacaba por su reparterismo. Si hubiera podido considerarse atractiva —tenía más razones para considerar que no lo era— mucho de ello estribaba en su actitud tipa mala. Apela al machismo más básico. Los tipos tenemos la creencia de que domar bestias salvajes nos aumenta el índice de testosterona pero, desde mi modesta experiencia, hay caminos más cortos al psiquiátrico; cárcel; morgue.
Nuestro primer encuentro fue en El Café. No encontré razones para que me cayera mal —a Claudia le gustaban las mismas cosas que a mí— y no suelo ser hostil con la gente que me presentan. No estaba celoso. Si tenía alguna duda respecto a mi implicación con Dani, se había resuelto del todo. Alardear de que tan rudo eres no es buena carta de presentación. Pero quedamos en el perfecto punto donde podía darle el beneficio de la duda y se lo di. Quería copiar algo de mi música. Su novia adolescente la dejó en mi casa y tuve que entretenerla durante toda la velada. A mi abuela no le gustó. No ayudaban los tatuajes ni que fumara como chimenea pero, nuevamente, era la gestualidad y el tono de voz lo que terminaba por generar la antipatía. Eso último cambió al quedarnos solos. El tono se volvió más agudo y la dicción más nítida, además de que parecía muy interesada en cualquier cosa que dijera. Mostraba amabilidad. Yo no me había graduado de nada aún —ni ella era Mrs. Robinson— pero estaba intentando seducirme. Era incómodo. La única solución que se me ocurrió fue ponerla a ver muñequitos —como un niño— y desviar la atención. Supongo que su ego debió salir herido. O quizás pensó que no captaba las señales y era medio tonto (lo que tenía algo de razón).
¿Y qué hizo Dani al respecto? Pues seguir en su pequeña parodia con un sustituto de familia que no es que le importara mucho ella. Y darle referencias de mi opinión. Fui sincero y dije lo que había logrado ver: la mujer era una psicópata. Me tomó poco tiempo confirmar mi intuición. Busqué los criterios para el comportamiento psicopático y, vaya sorpresa, la mujer cumplía casi todos los criterios en un extenso a lo largo de su historia de vida. Pero aquello apenas empezaba. Ya estaba cómodamente en casa de su mascota que le mintió al padre diciéndole que era una amiga. Se lo creyó. El hombre estaba muy borracho como para darse cuenta de lo que realmente estaba pasando. Para Claudia era un chiste. Mientras huía de algo —que nunca supe exactamente— se había apropiado del círculo de amigos de la otra. No me extrañó que hiciera migas con Bárbaro. Tenían un interés común en el alcohol y las pastillas además de ser parásitos. Aquello no podía terminar bien.

