Todos concluimos que era un asesino en serie. Bueno, en realidad no lo creíamos, pero había un acuerdo general de que era posible. Empezaba por el aspecto. Aquí, ser rubio es ser bien parecido sí o sí, y, además, si tienes los ojos azules, pues no importa que estés configurado como un Picasso. No era su caso. Medía seis pies e iba al gimnasio, lo que además le daba una figura sólida. Esa era la parte positiva. La cosa se complicaba en la intercepción entre lo espiritual –por decirlo de alguna manera– y lo corporal. De ahí salía algo perturbador. Era su situación cómica porque Alain –era su nombre– nos caía bien a todos pero ninguno podía rehuirlo.
Al lado del Café había un salón de peluquería. Era en la planta baja de un edificio bastante sólido del periodo republicano tardío, del que tenía referencias. Vivía una compañera de trabajo de la mujer de mi tío. Alain ocupaba otro solo con su perro después de que su madre se fuera del país. Lo veíamos sacarlo a pasear sobre las nueve de la mañana y de la noche, para que fuera dejando su rastro de orina y mierda alrededor de la manzana. El cuadro resultaba llamativo. El animal era imposible que luciera más inofensivo con su porte que recordaba a un ovejero escocés, mientras, su dueño era un tipo inmenso con porte retraído –espejuelos y gorra– y una leve gaguera. Habíamos coincido antes. Fue en una fiesta de metaleros y él andaba con el grupo de los “dinosaurios” (veteranos de la escena) que tenían –años más o menos– la misma edad. Especialmente, hablaba con Carlos Ernesto. Ambos eran sonidistas en varios eventos de metal y –aunque el término aún no estaba en uso– unos “incells” de libro de texto. Aunque la mayoría allí lo éramos, así que no se echaba de ver. Era cuestión de tiempo que nos saludáramos. Tras un par de ocasiones, empezó a sentarse conmigo cuando la zona estaba relativamente despejada. Creo que soy buen conversador. Él no tenía mucho que aportar pero era una variación ligera y relajante. Dos o tres tertulias más y se sintió parte del grupo. Nos espiaba desde el lavadero de su casa –una especie de balcón trasero–, desde el que tenía vista a todo el local. Una tarde sentí algo golpearme la frente. Miré arriba y estaba allí parado moviendo las manos por debajo del muro –lo cubría hasta la cintura– y riéndose. Creo que todos pensamos lo mismo. Pero sólo yo tenía la confianza –y la falta de tino– como para preguntarle qué estaba haciendo. Levantó los brazos al momento. El trapo chorreaba agua mientras gritaba “no formes eso, asere…¡no formes eso!”.
Lo de “asesino en serie” vino por varias rarezas. Trataba de ocultar su interés en el sexo haciendo comentarios despectivos acerca de cualquier mujer que fuera considerada atractiva, pero no era un desprecio ascético. Sonaba a represión. Uno se daba cuenta cuando tenía un desliz –freudiano por antonomasia– donde rayaba lo sádico. Demasiada gente lo puso a prueba. Le preguntaron qué creía de la masturbación o los tríos, a lo que respondió: “Eso te quita la energía…” y “…no me gusta”. Parece legítimo. Pero me chocaba un poco con su gusto por el hentai de incesto y dominación y sumisión. Fui yo quien se lo proporcionó. Un día me dio una memoria para que le copiara una película –en aquel momento no estaba democratizado el acceso a internet y todos hacíamos de eslabón en la cadena de tráfico de información– y le pasé una pequeña colección que había adquirido. Estuvo una semana hablando de ello. Se refería al personaje (animado) como si fuera una persona de carne y hueso al que desear. “La pura estaba rica” dijo. Creo que se identificó con “el chamaco” –protagonista masculino– que iniciaba una relación abusiva con su madrastra. Si eso no fuera lo suficientemente perturbador, me pidió que le consiguiera más.
Tenía obsesión con la guerra. Creo que vino por una muy mala interpretación de la escena de trash metal alemana –justo cuando un holocausto nuclear era posible– que usaba motivos bélicos. De ahí se enganchó a la Segunda Guerra Mundial. Su admiración se debatía entre nazis y soviéticos, dando la primacía estética a los primeros. Tampoco era su conflicto favorito. Su morbo último era Vietnam y toda la filmografía que rodeaba el tema con un fetiche definitivo por Full Metal Jacket. Era difícil de entender. Odiaba a los asiáticos –en general– y a los chinos –en particular–. De ahí, se decantó por la extrema derecha. Incluso, empezó a ir a una iglesia protestante y hasta intentó predicarme un par de veces pero me las arreglé para desanimarlo. No se lo tomaba en serio. Estaba intentando –de una retorcida manera– ser coherente con su personaje.
El chiste se selló con un simple detalle: en todo el tiempo que llevaba conociéndonos nadie había subido a su casa. No le caía bien la gente. Eran una chusma –negros, delincuentes, homosexuales, primadonnas, drogadictos– y no quería meterlos en su casa. Tampoco los excluía del trato. Bromeaba con todos –tenía un sentido del humor tosco y una risa perturbadora de maniaco– pero era –y tengo que reconocerlo– más políticamente correcto que yo. Siempre que no se sintiera agredido. Entonces parecía capaz de descuartizar a alguien con sus propias manos –apuraba las palabras para no gaguear mientras gritaba– y dárselo de comer al perro. Esa era una de las teorías: vendía carne humana como si fuera de cerdo. Otra era más elaborada: tenía a toda su familia momificada alrededor de la mesa en la que comía cada noche. Imaginaba la escena: a mediados del ritual decía “¿Por qué tan callados? ¡Parecen muertos!” y se reía a carcajadas de su propia ocurrencia.
Un día me invitó a subir. Tenía curiosidad y morbo porque –aunque fuera consciente de que todo era un chiste cruel– no dejaba de verlo coherente. No pasó ni vi nada que valga la pena recordar. Solo hubo un detalle que me llamó la atención y lo comenté a la gente que se moría por saber: “Estaba muy limpio… olía a cloro”.

