Es raro ver el comienzo de algo. Sobre todo porque no sabes qué es hasta después de pasado un tiempo y cualquier señalamiento es retrospectivo. Dani casi lloraba. Un par de semanas atrás había sonreído cuando Edgar se sentó a la mesa. Se llevaban bien. Él saludó y pidió permiso para sentarse y Claudia le devolvió el saludo con un gesto muy típico. Podría haberme equivocado. Pero la vida le dio la razón a mis intuiciones y aquello había sido el inicio de un flirteo. Terminó en el Buda. Unas dos semanas después estaban viviendo juntos y ellas dos habían terminado. O algo así.
No le dije mucho a Edgar. Tan sólo le pregunté si sabía que Claudia era VIH positiva y estaba al corriente. Lo respetaba. Nunca le pregunté cómo había quedado la relación de ella con Dani pero el tema salió a relucir solo: le había dicho que terminaran. No estaba seguro de que eso fuera efectivamente así aunque era la imagen pública que se mantenía. Ellas no dejaron de andar juntas. Algo me decía que le sería difícil renunciar a su mascota sin más hasta que un día la obligaron aunque, claro, tampoco es que la vigilancia fuera efectiva. Eso les dejaba las mañanas. Para entonces la menor -aún no cumplía dieciocho- había vuelto a casa de su madre -a pocas cuadras de donde vivía la pareja- con un estricto horario que la obligaba a estar de vuelta a las seis de la tarde. Era un respetable hogar cristiano.
Dani no estaba feliz. Se puede poetizar la situación y decir que el dolor la hizo florecer pues adelgazó mucho y mantenía una vida más estable. Claudia sí estaba feliz. Tenía todas sus necesidades cubiertas y prestigio -Edgar era una gran fuente de validación- además de que se había apropiado de todo el círculo social de su (oficialmente) ex. No creo que fuera puro interés. Le gustaba su compañía pero, sobre todo, la posibilidad de montarse un personaje que le brindara cierta inmunidad. Jugaba a la madrastra. Era una buena anfitriona y me consta por las dos o tres ocasiones en que visité la casa. Aquello iba a terminar por aburrirla. No le presté atención pero la posibilidad de recibir visitas le brindaba la cobertura que necesitaba para entrenerse. Supe de al menos un amante.
Así pasaron varios meses. Y de nuevo en El Café vi el comienzo de algo aunque esta vez supe que no sería nada bueno. Claudia andaba con el grupo de Bárbaro. No era nada nuevo en sí -eran bastante cercanos- pero había alguien con quien ella no había coincidido. Yo sí conocía a Jean. Era uno de los remanentes de la secta aquella que la inmensa mayoría de los implicados prefería olvidar. Él no. Se había quedado enganchado con eso ya por fanatismo, ya por un sentido de la excepcionalidad. Era un desecho social. Llevaba en la cara las marcas de una adolescencia dura, profundas cicatrices de acné, y el resentimiento se le veía en los ojos. Se había vuelto un depredador. Más allá de un machetazo mal dado -lo llevó a prisión dejando una estela de muerte- no le hacía asco a drogar mujeres para sexo o golpearlas para cerrar discuciones. Nos detestábamos mutuamente. En su cabeza, yo era el culpable de que su religión hubiera venido a menos y para mí era un imbécil aunque peligroso. La situación era cómica. No paraba el rumor sobre mis poderes sobrenaturales porque -independientemente de la atención indeseada- me mantenían a salvo. Además de que algo había de cierto. Viendo a aquellos dos -la postura corporal de ella era la misma que en mi cuarto y la de él casi arquetípica- supe que terminarían juntos.
Claudia desapareció una semana. Oí referencias al vuelo de lo que sucedió durante ese tiempo y fue realmente grotesco. Hubo una especie de orgía prolongada. No incluyó sexo grupal pero si un consumo extendido de alcohol y pastillas. Ella intentó reproducir la eucaristía. Lo hizo beber un vaso de sangre con ron a manera de comunión aunque es probable que la idea fuera de Jean. No creo que se contagiara entonces. Por otro lado, era un comportamiento muy riesgoso para alguien que tenía una úlcera estomacal. No sé si catalogarlo de locura o estupidez. Ya lo había oído contar como lavaba los condones para reutilizarlos (algo que no halagaba su inteligencia). Era también un retorcido gesto de amor. Claudia misma se había autoinoculado usando los fluidos de un tipo con el que estuvo durante años. Las circunstancias no son claras. Siempre que contaba la historia, daba una versión distinta.
Edgar la recibió con las maletas listas. Cuenta Dani -la llevó para usarla de cohartada- que lloró y suplicó pero no sirvió de mucho. La situación era más complicada ahora. La charada de la “amiga en apuros” se había desmoronado en todos los frentes posibles. El padre se había enterado. No botó a su hija de la casa pero era impensable que permitiera que ambas vivieran allí. Con la madre fue peor. Al drama generacional se sumó la moral protestante en una escena que debió ser devastadora para las dos partes. Jean vivía con la suya. Algunas personas del grupo de amigos de ex-miembros de la secta podrían acogerlas pero por tiempo limitado. La verdad es que le tenían terror a Claudia. No se atrevían a ofenderla negándole auxilio pero tampoco la querían en sus vidas.
Claudia decidió fugarse por todo lo alto. El padrastro de Dani -el buen pastor famoso por sus defalcos y el fundamentalismo- tenía una caja fuerte. No sé cómo la abrieron. Si sé que el buen hombre se había ganado el desprecio de su hijastra por lo que no debió ser difícil de convencer. Cualquier reticencia se eliminó con sexo y chantaje emocional. Vino a despedirse de mí y a darme explicaciones de lo que había hecho hacía apenas unas horas. Se iba con la otra y Jean. Hubiera preferido que no me dijera porque -a pesar de lo mucho que le supliqué no hacerlo- no había logrado que entrara en razón. Su suerte estaba sellada.

