Hay otro elemento que he obviado. Es quizás el más literario de la historia de vida de Emilio pues, en sí mismo, bastaría para desarrollar todo un universo coherente. Había sido policía. En realidad estudió en un curso de capacitación para instructores penales. No es algo fácil de definir. A los ojos del ciudadano común, era otro más del cuerpo represivo; un esbirro indistinguible más allá del color de su uniforme. La realidad era peor y mejor. Había sido educado para ser poco más que un amanuense con poderes de censor romano y autonomía para hacer el trabajo del Estado. Se suponía que «instruyera». Eso es, básicamente, encajar a cualquier tipo que esté bajo investigación en una maquinaria kafkiana de legalidad dispuesta para encontrar culpables.
Ya conté cómo entró al cristianismo. Lo de ser instructor penal le llegó un poco al azar y antes de la conversión. Era una opción de «continuidad de estudios». El Ministerio del Interior siempre necesita recursos humanos en la zona de la capital. No hay mucho material disponible a nivel local. El desprecio por ese trabajo es algo bastante bien asumido entre la inmensa mayoría. El mercado negro es demasiado grande. Básicamente, cualquiera puede ir preso en cualquier momento si la voluntad de las autoridades está puesta en ello. Incluso, hay un plan a cumplir. A los de a pie les exigen un mínimo de multas al día así que —supongo— que también habrá un estándar a cumplir para la resolución de casos. La criminalización es consustancial al sistema. Por si eso no bastara, el cuerpo estaba lleno de gente de Oriente que veían una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida, porque aquello puede ser un verdadero infierno, y el salario nunca ha sido malo en comparación con los de otros empleados estatales. Emilio cumplía con parte del criterio regional. Llevaba tanto tiempo aquí —desde niño— que había perdido el acento aunque conservaba la dicción —mucho más precisa— y tenía el biotipo. También el estrato social. Su madre vino para acá, con él siendo un niño, huyéndole a lo que parecía ser un barrio bastante malo. No sé los detalles. Recuerdo que ella sólo dijo que aquello era «marihuana» y él mencionó —tiempo después— algo sobre los «recales» (alijos de droga que arribaban a la costa). Eso cerraba el cuadro. Ahí se conformaba una doble paradoja porque si bien la sociología de un policía y un delincuente son, en esencia, la misma, él no era ni lo uno ni lo otro.
No hablaba mucho del tema. En realidad, no era la persona más comunicativa del mundo, en general, y, sobre ese tema en particular, lanzaba un velo de silencio. Creo que no se sentía orgulloso. Le gustaba la parte técnica —las cosas de psicología y todo lo referente al interrogatorio— pero no se sentía cómodo con la sociología. Adoptó cosas. Vestir el uniforme predispone a una estética y la actitud de observador preparado para anotar es algo que persiste una vez adoptada. Incluso cambia la postura. Los implementos en el costado —esposas, spray y pistola— obligan a separar el brazo al caminar o estar de pie. Por eso suelen ponerse la mano en la hebilla del cinturón. No me había dado cuenta hasta que me lo señaló una vez que íbamos por el centro de la ciudad. Un tipo caminaba por la calle más transitada de la noche. Para mí era otra figura folclórica —un gay, prostituto, proxeneta o hasta un cazador— de las muchas que andaban por allí. La diferencia de apreciación me resultó cómica. Él no podía identificar a la fauna local, y yo, a la autoridad; pero ambos teníamos razón.
Un día le pedí que me enseñara cómo hacer un interrogatorio. Había algo morboso aflorando porque —con irreverencia de por medio— hasta yo reconozco cierta fascinación por el poder. Y la información es una fuente inagotable. No importa cuánto sepas, la gente va a seguir creando más situaciones potencialmente ficcionables en las que estampaban su carácter; así que siempre habrá un chisme, una debilidad nueva que explotar. Cualquier ventaja me puede servir. Y si eres lo suficientemente observador —algo a lo que me obliga la inmovilidad— puedes sacar mucho del día a día. Emilio no tenía tanto que enseñar. Se me apareció con unos papeles que resumían algunas ideas —más o menos— aplicables y toda una teorización sobre el «policía bueno/policía malo». Era muy básico. Un poco de mundana intuición —y alguna que otra experiencia— me habría servido para concluir lo que a la STASI le tomó varias mandíbulas rotas y la destrucción del tejido de una sociedad. Pero el juego se volvió divertido. Investigar tenía la especial fascinación de darle una dimensión más, ¿literaria?, en el mundo.
En El Café lo miraban con sospecha. Era un cristiano en un mundo laico y un exoficial entre consumidores habituales de drogas ilegales. Brian juraba que era (en presente) policía. Ale, por otro lado, simpatizaba con él hasta el punto de tratarlo como un amigo. No ayudaba mucho la actitud inquisitiva. Había toda una teorización acerca de su papel como agente o informante que no tenía mucho fundamento más allá de su historia personal. Fui el crédito que le permitió insertarse. Estaba en la posición justa para ser incuestionable —no me mezclaba en las cosas más sórdidas— pero con acceso a todo lo que quisiera. Y él andaba conmigo.
Un día fue una tipa del Café a mi casa. No éramos cercanos —puedo decir hasta que me caía mal—, por lo que me extrañó su visita. Su prima estaba desaparecida. Era una adolescente algo alocada de esas que van por la vida con la guía de las hormonas a la búsqueda de traumas fundacionales. Me pidió ayuda para buscarla. No me pareció que fuera la opción más atinada para esa labor pero —viendo el material que nos rodeaba— entiendo que acudiera a mí. Emilio llegó poco después. Le conté mientras me bañaba y decidimos irnos a la aventura de hacer de detectives. Pasamos directo al parque. Era una de esas temporadas de máquina de expreso rota y todos estaban allí. El plan era sencillo: tratar de dar con el último avistamiento confirmado. La pista no llevaba a ningún lado. La persona que creíamos podía darnos alguna información —decían haberla visto con él— lo desmintió de manera creíble. Decidimos seguir preguntando. Y durante un rato todo nos llevó al principio sin que apareciese nada nuevo. Entonces alguien nos dio una ubicación. La habían visto con el Baba —uno de los adolescentes locales— cerca de dónde él vivía. Ni pensar que estuviera en peligro. El tipo era un baboso profesional —lo conocía desde niño— y era inofensivo porque —una sospecha sin confirmar entonces— no le gustaban las mujeres. Resultó una escapada típica de la edad. Tengo que reconocer que me sentía Sherlock y hasta valoré en voz alta dedicarme a ser investigador privado, pero me decepcionó que fuera una cuestión tan pedestre. Concordamos en que —mínimo— un secuestro nos hubiera servido.

