Bárbaro destacaba por su presencia en el lugar como una roca en medio de la marea de gente. Llamémosle La Tribu. Del otro lado -entre la gente que iba al Café- se había congregado una rara multitud. No era un grupo. Eran estratos sociológicos y generacionales habitando un minúsculo espació. Era más como un ágora. Empezó por nosotros -Oscar, El Brayan, Alejandro, yo y varios otros- pero se fueron conformando núcleos que se solapaban con otros. Llegar allí era fácil. Bastaba con pasar en una guagua o caminar por algunas de las calles que lo interceptaban. Invitaba a quedarse. Y algunos nos quedamos mucho más tiempo del que pensamos en un principio. Mi caso es excepcional. Nunca valoré la posibilidad de un después ni lo vi como un tránsito.
Al principio era aleatorio. Uno estaba una noche en una mesa -los colegas alrededor en una cortina de ruido- y de la nada -como una alucinación producida por el humo- aparecía alguien totalmente nuevo allí. Rara vez nos preguntábamos de dónde salía. Les dábamos una semana de suspicacia y pasaba a ser otra nota más en el bestiario local. Eran muchos así. La mayoría se evaporaba tras una temporada como mismo había llegado y no volvíamos a saber de ellos. Había otras cosas que hacer. El ciclo de la vida que los había puesto allí se cerraba y otro, que se iniciaba, los colocaba fuera de allí. Le llamaban “crecer”. Los que volvían o nos encontrábamos -recaer era una posibilidad- se debatían entre las justificaciones y un sentido de superioridad moral totalmente innecesarios ambos. Nadie lo exigía. Era claro que había un sentido de culpa latente en esos discursos.
Fui yo quién llevó a Bárbaro al Café. Era algo común en mí -pudiéramos decir que mi “modus operandi”- recoger a mis socios disfuncionales para que se civilizaran con el trato a sus semejantes. Quizás fuera un error. En general, no recomiendo andar por la vida recogiendo almas perdidas para tratar de salvarlas y -en ese caso particular- fue darle un barril de aguardiente a un borracho que se estaba cayendo. Es literal. Lo conocía desde sus dieciseis años y siempre le tuve respeto por sus cualidades intelectuales. Desde entonces era brillante. El Negro -así le decíamos por su color de piel tan pronunciado- paso de ser un adolescente alto a un tipo inmenso aunque flaco. Ese tránsito fue accidentado. Entre sus muchos talentos, contaba con un carismo como pocos que haya visto en mi vida. La gente lo seguía. Por seguir esa misma inclinación natural -que rara vez se puede educar de manera saludable- a los diecisiete años fue a prisión. Ayudaba a un socio a cobrar una deuda. Fueron al lugar con un arma de juguete a dárselas de tipos duros. Los hechos son confusos. Conozco a los tres que fueron -dos detenidos y uno que logró escapar- y nunca logré armar una historia coherente aunque tuve acceso a todas las versiones. Cumplió poco más de un año. Esa primera temporada dentro no le caló del todo o, como dicen, no lo “institucionalizó”. Eso empezó con el “trabajo extrapenal”. Estaba con una brigada de constructores a pocas cuadras de mi casa así que no me costaba irlo a buscar. Siempre lo encontraba con un libro. En sus tiempos libres -su mayor ocupación era preparar mezcla- leía todo lo que cayera en sus manos. Sin discriminar. También -como corresponde a un preso haciendo de ayudante de albañil- bebía todo lo que le pusieran delante. Era un modelo de inclusividad. Sus gustos musicales también tenían ese raro eclepticismo que iba desde el black metal noruego -algo que compartíamos- hasta un conocimiento -más profundo que el mío sin dudas- de la escena del reparto (el reggaetón autóctono).
Bebíamos. El Negro no se le ocurría que pudiera hacer otra cosa después de ocho horas paleando mezcla en la construcción. Se traía a los socios con él. Sobre todo a Ibn -era de ascendencia judía pero después se convertiría al Islam- que había hecho de su casa un albergue para trabajadoras sexuales. No, no era un prostíbulo ni un centro social. Tenía muchas amigas lesbianas sin casa que recogía en términos que no logré nunca precisar. Una de ellas fue madre de su hijo. No me atrevería a decir que el tipo abusaba de ellas porque -y créanme que lo conocí- el hombre no tenía carácter para ser violento aunque si era bastante manipulador. Era increíble cómo lograba convencer a cualquiera. Él y Bárbaro se complementaban para lograr cualquier empresa que se propusieran. Menos cobrar una deuda. Uno había ido preso mientras el otro -que se quedó vigilando- había logrado huir. El tercero era J.M. De los tres, era el que definitivamente estaba más loco -el ideólogo del asalto o cobro- pero era, sin dudas, el que más fácil se salía con la suya aunque hubiera tenido que estar casi dos años en prisión. Era el trío más tóxico que he conocido. Cada idea que se les ocurría era más suicida que la anterior pero, por suerte, no lograban concretar ninguna. Nunca lograban reunir la lucidez para ello.
El Negro comenzó una espiral en descenso. Se drogaba para evadir el horror del trabajo y continuaba en ello para evadir las consecuencias de violar los términos de la libertad condicional. Y los otros dos se lo subsidiaban. Había descubierto el arte de lograr que la gente financiara sus juergas e incipiente alcoholismo. Me quedé una noche conversando con él en casa de Ibn. No había nadie sobrio -hasta yo estaba bebiendo- y las mujeres discutían entre ellas (o con ellos) y tenían sexo por todo el lugar mientras trataba de no mirarlas para evitar una escena desagradable. Bárbaro me contaba sus tribulaciones. No es que me parecieran el detalle más interesante de la escena pero tenía un deber de amigo que cumplir. Tampoco era la primera vez en esa situación. Siempre que iba, la cosa terminaba más o menos igual por lo que ni siquiera se trataba de algo novedoso. “Me estoy volviendo un presdiario…” me decía. De hecho, se sabía lo que iba a pasar sin necesidad de consultar un adivino. Él iría preso y yo no sería la carne del pastel. Una semana después estaba frente a la estación de policía junto al Ibn tratando de tener noticias. Al otro día lo trasladaron a prisión.