No entendí qué pasó. Los dos años después del fin del mundo fueron, casi que, un cumplimiento literal de la profecía. Creo que no era el único que se sentía así. Todo estaba colapsando y, aunque fuera una sensación difusa que no llegaba al plano de lo racional, nos afectaba a todos. Ni siquiera se podía decir que fuera una cuestión económica. Estábamos en el mayor momento de afluencia turística en años así que el dinero circulaba y, muchas veces, de maneras que el Estado no había previsto así que se puede decir que era uno de las temporadas más libres que habíamos vivido en décadas. Sin embargo, la intuición decía otra cosa.
“Era un periodo de mucho estancamiento”. Le pregunto a un amigo que entrará años después, justo tras ese periodo, en mi vida. Es un intento de buscar objetividad. Lo que resulta un despropósito cuando se trata de sentido o, para ser más preciso, del zeitgeist. Temo que estoy predispuesto por mi historia personal. Para aquel entonces, yo era la encarnación del fracaso poético (o de la carrera de poeta) y me estaba quedando varado. Todos empezaron a irse. Al principio se iban del Café con el pretexto de que era una gran pérdida de tiempo. Tenían razón. Eran horas que se diluían allí en la nada metafísica. También es injusto. Siendo la única ágora que había en el territorio —a pesar de las distintas administraciones y su hostilidad hacia nosotros— sirvió de refugio a mucha gente que después saldrían a la luz pública con cierta relevancia. Nuestro pequeño infierno; paraíso; un jardín salvaje. Esa huida también implicaba la elección del anonimato en lugar de la pesada carga que representaba vivir a la vista de todos. Quedarse era un camino hacia la locura o una eventual iluminación. Y, para que la realidad pueda revelársete, tienes que estar en una búsqueda de algún tipo y tener certezas nulas.
En otro caso la huida fue radical. Entonces, quedaba una sensación de pérdida irremediable. “Estuve dos años deprimido” me contó Alejandro. Además de la nostalgia —pasando por la galería de personas dejadas atrás— estaba la sensación de haber dejado una vida a medias. En su caso era cierto. En poco tiempo toda su familia —su hija y la madre incluida— estaba del otro lado, pero no así con sus amigos. Tampoco sus proyectos. Dos años después regresó a visitar a lo que le quedaba —unos primos y nosotros— con ese entusiasmo que caracteriza a los pueblerinos que han constatado la existencia de las ciudades. La paradoja era que no se comparaba con lo que había dejado. No faltaba comida, la droga era abundante y el internet de fácil acceso pero aquel era el paraíso de lo kitsch —un mal gusto proverbial— y mucho más violento. No quedaba claro si le gustaba o no. “Hasta dos meses después de esa visita, estuve de luto” me confiesa hace unos días en el chat. Y me pregunto qué murió. “Sabía que no iba a volver cuando me fuera…” me dijo unos minutos antes “…asumo que esa fue mi despedida”.
N también me habla desde la nostalgia. Piensa mucho en lo que perdió —esencialmente lo humano; la calidez— pero algo me falla en esa narrativa: ella siempre tuvo una veta de misantropía. Con los años, e inmersa en las dinámicas del estilo de vida americano, se ha vuelto la tendencia dominante. Pero la mayoría de las veces giramos en torno a lo perdido. Es evidente que no se trata de una realidad material ni de aspiraciones porque, casi desde que la conocí, era una certeza que emigraría. Nunca generó ese nivel de apego. Bajo las capas de anécdotas, en el corazón mismo de toda la desconexión, está el anhelo por la persona que era. La grieta lleva a otro lugar: la vida que no pudo vivir; los límites y el conocimiento de sí misma que —hoy— sólo puede intuir. Quizás, la comprensión mutua que no logramos. El tiempo nos deja en la posición de jueces pero la posibilidad de cortar los lazos es una falacia. La memoria es un mecanismo de preservación. Estamos obligados a mirarnos a nosotros mismos, a nuestro pasado, como un náufrago haría inventario de los restos de la embarcación. Y también tenemos que reinventarnos.
Emilio también rompió la inercia. Siempre supe que tenía otras aspiraciones en la vida que ser mi cuidador —ya había empezado un par de proyectos que dejó a medias y estaba pasando un curso de medicina nuclear en aquel entonces— pero, como siempre sucede en estos casos, rompió por los motivos más absurdos y de la manera más traumática. Se enamoró. Su novia tenía aspiraciones para él —era una negociante de barrio que encarnaba todos los valores estéticos del kitsch— y creo que echó veneno en la situación. Me enteré que había cambiado de trabajo en su tercer día de ausencia. Por supuesto que el romance duró una semana y él quedó en el aire por una temporada que se extendió por años de reinvención. Volví a verlo convertido en mí: usaba una camiseta de Nightwish —lo cual era una interpretación adolescentil— y fumaba. De nuevo desapareció. Lo último que supe fue que se casó con una puertorriqueña y emigró.
Ese año fui consciente de que me estaba quedando solo. Cuando superé mi crisis —que duró más de seis meses— decidí que tenía explorar todas las posibilidades que tuviera. Eso también tenía límites. Una cosa se agotaba y uno trataba de encontrar la próxima obsesión. Estaba estancado también. Pero tenía que hacer el recorrido por un sistema de distintos compartimientos hasta completar un circuito cerrado. Y, mientras, la gente se iba. Llegado cierto punto, estaría solo yendo del Café al parque sin que hubiera un solo rostro conocido. Un imposible poético. Alguien tendría que llevarme y el trayecto estaría lleno de locos y viejos sin un lugar donde sentarse esperando el fin de los tiempos que se movía a ritmo de goteo. Pero era el futuro y quizás lo evadiera.

