Algo no andaba bien. Si soy la persona más cuerda en un lugar es seguro que no debo estar ahí. Aquello era un manicomio a puertas abiertas. Los pacientes se congregaban arrastrados por alguna extraña vibración unísona de la que no eran conscientes. ¿Lo era yo? No sé si me había movido por mera curiosidad (morbosa) o por una fuerza sobrenatural (posibilidad que no descartaba). Ver a Bárbaro jugando al “Profeta” era cómico. Era un performance que incluía testosterona, cultura pop (con énfasis en El Padrino y el Metal Extremo) y cierto elemento New Age muy difuso. A los freakies les encantaba. Eran el sueño húmedo de un predicador cristiano rural: sociópatas, locos e inadaptados. Y todos se metían en el personaje.
Fue un encuentro casual. Otra fiesta en otro lugar y Bárbaro estaba allí con todos sus colegas. Hice la conexión al momento. El comportamiento de los acólitos delataba un aislamiento del resto, como si estuvieran en una burbuja; una jerarquía respecto al “Maestro”. No eran las personas más brillantes del universo. Era más ostensible cuando estaban en el personaje pero parecían haber alcanzado la cúspide de la existencia; trascendido la mediocridad. Esa era la fórmula para el desastre. Bastaba con que alguno se cuestionara la subordinación respecto a él —carisma aparte, tenía un carácter débil— para que el rebaño de lobos se le lanzara encima. Se veían los signos en su círculo cercano. Esos nerds parecía que desaprobaron algún examen para entrar en un club de fans al cómic por sus ansias de ser populares. Descastados totales.
La persona más espeluznante del grupo era Ibn. Detrás de su disposición a ser parte de cualquier plan que se les ocurriera, había una clara conciencia de su importancia. No era carismático. Tenía una mezcla de rasgos árabes y africanos —su padre era descendiente de libaneses y su madre una mulata— que lo hacían lucir como un habitante del sur de la Península Arábiga. Parecía un Visir en una parodia de las Mil y Una Noche. Aunque Bárbaro era mucho más impresionante, el tipo tenía instinto para lograr que la gente hiciera lo que se le ocurriera. Había intuido los mecanismos. Sabía cómo hacer un chantaje moral usando la “fe” —noción muy cristiana— como pretexto o cómo apelar a las recompensas más insustanciales (honor y reconocimiento de sus “pares” y el favor de los Dioses) o, en el nivel más bajo, mover las bajas pasiones de ellos a su favor. Lo tenía fácil. Le caía en las manos gente con una voluntad lo suficientemente débil como para doblegarla con galimatías. ¿De dónde los sacaba? No estaban interesados en la música —ya sabía cuándo a alguien realmente le interesaba tras ocho años en el medio— , sino que buscaban un lugar para socializar y ser aceptados… desde la sociopatía. Tenía bastante bien armado el juego con dos o tres muchachas que —después supe— ejercían una especie de “prostitución sagrada” voluntaria. Ni siquiera eran bonitas.
La situación era muy absurda. Hablaban de su “religión” como si fuese algo realmente asentado y establecido que los demás debíamos conocer. Bastaba una pregunta para desmontarlo: ¿Cuáles eran las fuentes —o las prácticas establecidas— sobre las que se basaban? No había. O más bien, había demasiadas y ninguna tenía una autoridad definitiva. Usaban cualquier noción a mano. Recuerdo elementos de mitología babilónica, imaginario bíblico-satanista, varios nombres hindúes, astrología y cultura pop. Tenían todos los ingredientes para una sátira. Sin embargo, hablaban como si se creyeran su propia narrativa y estuvieran dispuestos a llevarlo todo hasta sus últimas consecuencias. Reconozco que era excitante. Con dos o tres correcciones a algunos conceptos —por aquello del tuerto en tierra de ciegos— me hiciero el dudoso honor de considerarme un asesor extra-oficial. No me preguntaron.
El problema de turno era la secta del otro municipio. Conocía al presunto líder —como que la parte del secretismo no se les daba muy bien— y era otro sociópata más. No me quedaba claro el motivo de la rivalidad. Todo quedaba en una difusa diferencia doctrinal y la extraña idea de que les estaban “tirando” (haciéndoles daño por medios mágicos). Hay una larga tradición de eso último en el país. Era el elemento cultural que les permitía conectar —aunque fuera a un nivel muy básico— más allá del círculo de metaleros. También reforzaba la cuestión de la testosterona. En ciertos grupos sociales, resolver las cosas mediante armas blancas —y derramamiento de sangre— era bien visto. Todos ellos pertenecían a esa clase. La situación prometía ponerse complicada y me iba a ver mezclado en cosas que prefería no tener en mi vida. Lo más saludable fue tomar distancia.
Nunca rompí oficialmente con ellos. Para eso tenía que haber algún vínculo explícito y no existía. Pero los rumores me siguieron llegando. Había una idea de que yo los había traicionado o quería destruirlos. ¿Por qué?, pues porque las cosas les iban mal —eran un grupo de sociópatas desenfrenados— y alguien tenía que cargar con la culpa. Eran estúpidos. Pero hasta ellos notaron que no me los tomaba nada en serio. Tampoco les preocupaba mucho. Su problema más inmediato era la otra secta. Eso estaba generando fricción. Incluso, a nivel interno, el grupo empezaba a resquebrajarse por la falta de una actuación firme. Se estaba retando el liderazgo. Bárbaro decidió consultarme al respecto —admiraba mis análisis llenos de cinismo— e ignorar la mala reputación que tenía entre su gente. Le di un consejo sensato: que dejara el asunto fluir sin intervención. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Si el grupo que planteaba la secesión era un peligro para los otros, ellos se encargarían de neutralizarlo. Más de un año después supe cómo resultó. El chico que dirigió el grupo disidente —un coetáneo del Negro que apenas lo había visto una vez— realmente se creyó la narrativa y enfrentó al líder de sus rivales. No sobrevivió. De alguna manera, lograron achacárselo a mis poderes mágicos y no me molestaba. El miedo los mantendría alejados de mí.

