“¿Por qué estuviste preso?”. No es una pregunta sencilla de hacer pero, tras varias menciones al episodio, estaba en la obligación –ya no literaria sino moral– de conocer los orígenes. No lograba hacerme una idea. Edgar detestaba la droga –hasta el punto de ser prejuicioso e inflexible respecto al tema– y no estaba interesado en demostrar que era más duro que nadie. Siempre estaba la posibilidad de una situación ineludible. Pero hasta entonces –y a lo largo de los años que lo conocí– siempre me demostró que prefería las soluciones diplomáticas y el camino de menor resistencia. “No me gusta la sangre” me comentó una vez. Eso dejaba la opción de algún negocio ilegal, lo que abría el espectro hasta el infinito, y era coherente con su concepto de sí mismo: “Soy un comerciante…” dijo “…no por gusto Cristo nos botó del templo”. Por supuesto que era un tipo prudente, pero no es algo que se adquiera de un día a otro y todos tenemos pecados de juventud. “Me robé un tanque de guerra”. Valoré varias opciones antes de hacer preguntas estúpidas y decidí que no era tan inteligente como para dar con la respuesta: “¿Y para qué cojones querías un tanque de guerra?”.
Edgar estaba sentado con Bárbaro y alguien más que no recuerdo cuando llegué al Café. No había muchas mesas desocupadas. Pedí permiso y un brebaje mientras escuchaba la conversación. Llevaba un brazo enyesado hasta el codo. Dos horas después, habíamos recorrido la creación de la URSS, algo de la Guerra Fría y nos estábamos haciendo amigos. Se volvió una rutina. Salía del trabajo –era librero en el Casco Histórico– y se sentaba conmigo (o nosotros) a conversar antes de ir a su albergue de turno al doblar. Recién se había “divorciado”. No er un matrimonio oficial pero sí una relación con más de quince años y dos hijos. No puedo decir que estuviera perdido. Era todo lo funcional que puede ser un adulto quer regresa a la soltería tras una vida en familia. Se empeñó en disfrutarlo. Era un tiempo que tenía para leer, oír música, tocar la guitarra o –su placer culpable– los videojuegos. Tenía buena colección de discos. No puedo decir que tuviéramos exactamente los mismos gustos –había una diferencia de edad de dos décadas– pero coincidíamos en la cantidad suficiente de puntos como para abrir un espacio de diálogo. Para ambos era una cuestión ontológica. Desde muy jóvenes, nos habían etiquetado como los tipo que oían “música americana”, lo cual no era estrictamente cierto pero sí nos ponía en la zona de influencia del “enemigo”. Conmigo fue en la secundaria. No usaron el término conmigo pero gravitaba en el ambiente algo llamado “diversionismo ideológico”. Aún no tengo claro qué era. Por aquel entonces se estaba diluyendo ante el avance de la época que se acercaba. No fue así en su tiempo. Le hicieron un juicio público por escuchar “emisoras extranjeras” –imagino que del sur de Florida– aunque no me quedó claro qué implicaba. La costumbre era mandar a la gente a cortar caña. Pero había guerra en África –éramos una de las fuerzas participantes– y no sé por qué a alguien se le ocurrió pensar que morir en combate era preferible al trabajo forzado. La tercera opción era la cárcel. A Edgar no le interesaba ser un obrero destacado y, mucho menos, un héroe que dio su vida al otro lado del Atlántico.
No sé cómo Edgar descubrió la literatura. El Luiso lo conocía desde que eran jóvenes y por supuesto que tenían historia juntos. Pero no compartían su cosmovisión. Un librero es un comerciante, ante todo, y debe conocer su mercancía casi como lo hace un coleccionista. Era capaz de ver un libro y saber cuál era; qué edición. “El juego de abalorios” me dijo sin hojearlo ni ver –tan siquiera– más allá del genérico lomo azul empastado. “Yo conozco mi oficio”. Pero era más que una cuestión meramente profesional porque gustaba de leer buenas cosas. De joven escribió poesía. No lo conservo pero le hice el favor de transcribirle un cuaderno; se perdió en un cambio de computadora. Tenía un aire cercano a Eliot. Con ambos tuve esa misma sensación de que no sabía muy bien de qué iba aquello pero me gustaba. Sé por qué dejó de hacerlo. La caída del campo socialista dejó al país sin muchas fuentes de entrada de dinero y la única estable era el turismo. La Plaza de Armas era el epicentro del negocio. Con un hijo recién nacido –y una situación de miseria generalizada– parecía una opción prometedora. Alguien lo criticó por ello. Esa persona –supongo que un compañero de andanzas literarias– no consideraba digno que “una joven promesa de las letras” hiciera de su talento parte del incipiente mercado. Tuvo su desquite. Los libros son un valor de cambio –como cualquier otro– y su enemigo tenía necesidad de efectivo. Se vengó citando a Shylock: “Tú, que escupiste en mis prendas y nariz de judío…”. Lo justificaba con Engels. Era –y aún es– nuetro punto de quiebre irreconciliable. Tampoco logro entenderlo. Quizás tuviera que ver con su crianza –creo que su padre era un stalinista convencido– pero me gusta pensar que había algo más intuitivo y optimista allí. Quizás fe en las personas. No como una versión secular del concepto cristiano de redención, sino como un mínimo de sentido común: se gana más con la cooperación que con la rapiña. Eso le garantizó un séquito de vividores. Con el pretexto de la amistad, trataban de sacarle algo que –por regla general– no negaba. Le consiguió trabajo a un par de los bichos del Café. Incluso a mí intentó buscarme colocación pero nunca pudimos concretarlo. Eso no me limitó el acceso a sus discos ni sus libros.
Y porque la literatura es marginal, me contó: “Fue en el Servicio Militar. Estaba en una maniobra de entrenamiento manejando un tanque en el fondo de una columna y me quedé sin cigarros…” continuó prendiendo uno mientras cogía un sorbo del café expreso doble que pagaba a sobreprecio “…y fui hasta el pueblo más cercano…” -imaginen algunas casas y una bodega- “…a comprar cigarros”. Era un caso de insubordinación típico. Pero la otra historia –el juicio político– también hubiera podido ser la de cómo llegó a prisión. Era un excelente fabulador.

