El mundo recuperado

Fue en el año del Fin de los Tiempos. Para diciembre, los mayas habían pronosticado que todo terminaría. No sucedió. En julio fui a Oriente -ya lo conté- y esperaba que aquello operara un cambio en mí por lo de descubrir quién era durante el viaje. Otra expectativa fallida. El hecho más importante -aquel que dejó una verdadera huella- fue fortuito y pasó desapercibido hasta que se impuso por su propio peso. Los encuentros son cosas raras. No se sabe a dónde van a llevar ni exactamente qué significado tienen hasta que han trastocado el curso de los acontecimientos. Ya son parte del horizonte cuando tomamos conciencia.

Estaba en El Café. Era a finales de junio y, como de costumbre, perdíamos la tarde en plenitud de calor. Ella entró. Llamaba la atención por su palidez que -en medio de tanta gente de piel oscura o quemada por el sol- le daba un aura mágica. No a mí. Fue la expresión de sorpresa -miraba todo como un niño en un ambiente desconocido- y los ojos que parecían los de un dibujo animado (así de grandes eran). Estuvo sentada unos minutos -andaba con una amiga- antes de irse por donde mismo vino. Buscaba a Ale. Eso no lo supe hasta un tercer o cuarto encuentro y, para entonces, no me gustó mucho la idea.

Hago un desvío para hablar de la memoria. Han pasado cinco años desde aquel encuentro -hoy serían doce- y tres que no nos vemos. Se ha ido del país. Todo el proceso de su partida fue doloroso -para mí- y asumo que traumático para ella. Supuso un cambio de vida radical. Antes de que pueda tomar conciencia de su nueva realidad; adaptarse al mundo que se presenta, la vida se impone: a los  pocos meses de llegar allá es madre. ¿Dónde quedó la infancia perdida? Tengo la sensación de que me toca custodiarla hasta que colapse por el peso de la historia. El acceso a internet es algo nuevo  en aquel entonces. Lejos de ser una herramienta -esencialmente política- se torna un camino de regreso al sí mismo; los otros; lo perdido. Nos ponemos al día en uno o dos chats y un correo. Lo que nos une -la verdadera razón para comunicarnos- es el pasado (inconcluso; tronchado) y, quizás, la imagen de un país que se desvanece con cada persona que se va -para mí- y cada noticia que le llega.

Fue con un correo. Podía replicar la estructura de una carta -algo casi imposible en un chat- y dar rienda suelta a mis pretenciones literarias. ¿Qué podía darle? Tenía recuerdo precisos; nítidos de ella -cosas que no quedaron registradas para el mundo- y una primera tarde que pasamos juntos. El pretexto era ver una película. Escogí Persépolis porque me pareció que a ella podía interesarle y, la verdad, me había encantado. ¿De qué hablábamos para llegar allí? No lo recuerdo con nitidez ahora pero en el momento -hace siete años- podía transcribir conversaciones completas. Me pregunto si se perdieron. Intuyo que era de política y filosofía -ya entonces eran mis pasiones- y descubro, casi con orgullo, que no he cambiado tanto en mis posiciones. Irán era un tema que me indignaba. Identificarme con las experiencias de Marjane Sartrapi -ambos crecimos en tiranías totalitarias con referentes de la cultura occidental- era sencillo. Las historias de represión me eran cercanas. No, aún no militaba políticamente pero iba camino a ello por una especie de fatalidad. Me estaba ofreciendo a mí mismo. Siempre he creído que, de alguna manera, soy una continuidad de mis pasiones; aquello que me obsesiona. Son mi puente al mundo.

Recuerdo su pelo. Está rojo -solía cambiar mucho de color- con un corte asimétrico -más largo del lado izquierdo que del derecho- que le llega a la altura de los hombros. No es bonito. Es poco abundante, lacio y no se mantiene peinado ni hace mechones o bucles. No usa aretes. Los Testigos de Jehová -hasta hace poco más de un par de años fue parte de ellos- la dejaron con una inconstancia estética que dura hasta hoy. El vestido es un rezago. Es una pieza enteriza de algodón que simula dos prendas -la mitad superior negra y la inferior, de la cintura para abajo, a cuadros- sin mangas y hasta la mitad del muslo. Luce más joven de lo que es. Me sentí ofendido cuando mi abuela me preguntó en una ocasión cómo era que dejaban ir a una niña tan joven al Café. “Tiene catorce o quince años, ¿no?”. Ella atiende la película y yo trato de no molestarla con la mirada pero me deja el margen suficiente para cerciorarme de que la ha atrapado. Lo compruebo después. Por el camino me come a preguntas sobre lo que acabo de ver. Me siento satisfecho. Debió ser octubre, llevo mi chaqueta de cuero lo que implica algún frente frío temprano, y ya era de noche.

Es un buen regalo. Como dije, es la restauración de un país -el suyo- y el deber no solicitado de conservarlo como un Nunca Jamás particular. Adquiero la conciencia de mi memoria. Hasta entonces la consideraba mala -soy distraído- pero lo que despertó en aquel momento le dio una dimensión más a mi vida. Sigo preguntándome dónde están esos tres meses. No parece haber huella suya pero por algún lado tiene que estar -entre Dani, Ale, Bárbaro, Edgar, Canteli, Emilio y tantos otros- tan sólo que no puedo encontrarla. En efecto, el tiempo ha pasado. Algunas cosas se borran y no hay manera de recuperarlas.

Aquella historia continuó. Las cosas no estaban bien entre nosotros cuando se fue así que no nos despedimos. Durante meses nos desencontramos. Sospecho que el último sucedió justo antes de irse pero ni ella misma puede confirmarlo. Esos días le resultan confusos. No había pasado una semana de eso y empezó el “deshielo” -el evento político más importante de la década en mi país- y el inicio de mi ya predecible radicalización. Llevó dos años de conversaciones secretas. Hoy me resulta poco creíble pero pensé que quizás saberlo hubiera detenido su partida. Quizás las cosas fueran distintas. No hubiéramos estado en el parque -cada uno avanza en dirección contraria- mirando hacia atrás para ver al otro por última vez sin atrevernos a cruzar la distancia. Aún seguimos allí.