“Era como estar en El Café”. En aquella época los personajes literarios habitaban la realidad hasta el punto de volverse una especie de invasión. Por momentos era raro. Daba la sensación de que se vivía en una narración en la que el pacto ficcional se tornaba ambiguo. Un borracho le predicaba a la mesa. Era negro, había perdido una pierna en la guerra y era una encarnación local de Marmeládov (de Crimen y Castigo). Ale se sentía Holden Caufield. Yo no logré identificarme con ese, pero sí era Stephen Dedalus… y Harry Haller, y Siddhartha, y Demián… y Martín, de Sobre Héroes y Tumbas. Éramos parodias. Vista con cierta distancia, la vida como obra en curso –acaso el proyecto de un demiurgo, igual de absurdo que nuestra realidad– se asemejaba más a una parodia. La literatura se sentía más real. Alcanzaba una dimensión trágica o metafísica que nosotros solo intuíamos como objetivo en una persecución maniaca.
La Feria del Libro es una mierda. El inmenso despliegue propagandístico –era uno de los mayores eventos culturales del año y el que los precedía– solapaba la realidad de lo que realmente sucedía: era una venta de comida barata. Además, en la otra fortaleza militar –era en un complejo del periodo de la colonia– ponían mesas con productos artesanales. Los libros pasaban a un segundo plano. Pero a nosotros sí que nos interesaban y ese año era dedicada a Rusia, lo que nos tenía afilándonos los colmillos. Lo pongo en perspectiva: uno de mis libros de cabecera, durante mi infancia, era Cuentos Rusos. Hacían lucir a los Hermanos Grimm tiernos. En un nivel más básico, mi nombre lo obtuve de un personaje de la literatura infantil: Buratino. Un vecino recomendó que me llamaran Boris. Era algo con lo que podía vivir y, hasta el sol de hoy, lo he llevado con una mezcla de dignidad y resignación. El caso de Alejandro era distinto. Nació con la caída del campo socialista y se encontró con un vacío que fue llenado por la cultura pop. El Dopping y Brayan salieron a la nada. Para ellos la cultura rusa era Dostoievski y Tolstoi más algún fotograma de las animaciones –calidad superior a todo lo hecho en Occidente y Asia en su momento– pero con un desfase idiosincrático. No lo entendíamos. Eran una mezcla de ingenuidad y violencia que nos chocaba.
Me preparé por la mañana. Vestía todo de negro con cuero –estábamos en invierno– y una bandana para mi pelo que estaba en esa zona donde ni era largo para caer ni corto para mantener la forma. Mi abuela –como en un cuento– me preparó unos panes para el viaje. Los guardé en la mochila que llevaba por si encontraba algún libro que valiera la inversión. A veces se encontraba algo. El Brayan llegó a recogerme y fuimos para casa de Alejandro –a solo cuadras del paradero– evitando enredarnos en las paradas. Montar la silla era difícil en esos días. Demasiada afluencia en las rutas que iban hacia allá y vehículos colmados no ayudaban mucho con todo el proceso. Era casi mediodía cuando salimos los tres. El Dopping se nos iba a unir en el lugar.
Sobre la una desembarcamos. A la brisa del mar –las olas rompían contra los muros de piedra del fuerte– se unía la luz invernal bastante menguada por la nubosidad. La multitud cerraba el cuadro. Por momentos, parecía que estábamos en una estampa de Flandes durante alguna guerra del SXVII: una ciudad funcionando en una fortaleza militar. Fuimos directo al pabellón ruso con nuestras altas expectativas latiendo. Estaba todo lo que esperábamos. Incluso, cosas que me sorprendió encontrar porque creí enterradas en el pasado soviético. Historietas de lo que fueron los animados de mi infancia. Tomos completos, con personajes que apenas recordaba, iban de un extremo a otro de las estanterías. Y toda la colección de clásicos. Desde Pushkin hasta Serguei Lukiánenko –que en aquel momento era todo un fenómeno editorial– sin que faltara uno solo de los que conocía con toda su obra. Era mucha literatura rusa… en ruso. No voy a hablar de los precios porque ni los averiguamos pero probablemente estaban en la categoría de “crimen de guerra”. Dejamos el pabellón frustrados.
Brayan estaba entrando en “modo niño”. No quería seguir caminando, mientras Alejandro, el Dopping y yo queríamos revisar otras salas. Lo dejamos al cuidado de algunas cosas: un par de jolongos y el nylon con los panes para desocupar la mochila y meter libros en ella. Fueron unos minutos. Cuando regresamos, sin haber encontrado nada que nos interesara, ya él venía en dirección contraria a nosotros. “Los panes se volaron”. Fue entonces que noté que no los llevaba, aunque sí el resto de los encargos. ¿Cómo se vuelan unos panes? No habíamos llegado al punto donde les salían alas a las cosas y emprendían vuelo. “Fue el viento”. Lo corroboraron los otros al asomarse a la muralla. Hubiese preferido que se los comiera. Pero allí estaban, dispuestos a envenenar a la fauna local que intentara romper el envoltorio. El resto del viaje estuve molesto con él.
No encontramos mucho interesante. Se acercaba el horario de cierre y todo el transporte que podíamos coger –puerta de atrás ancha y sin baranda– iba en dirección contraria a nosotros. Lo más seguro era ir al centro de la ciudad. Estábamos de vuelta en otra guagua camino a otro Café Literario a pocas cuadras de la parada. Estaba cerrado. Pero al frente había un establecimiento donde la gente continuaba la tertulia hasta largas horas de la madrugada. Ale y el Dopping conocían a varios de ellos. También venían de intentar comprar libros y –he de decirlo– con mejores resultados que nosotros. Habían conseguido dos o tres libros interesantes. Y todas esas novedades las había leído hacía dos o tres años atrás en formato digital. Al lugar le faltaba el elemento folclórico. Oyendo a toda la cantera de jóvenes aspirantes a intelectuales, me sentí cansado y fuera de lugar. No se decía nada. Y, de no ser porque todos esperaban para volver a casa, hubiéramos podido estar allí hasta el otro día sin hacer nada. No hay nada menos literario que un espacio literario.

