El quiebre

Estaba molesto con Alejandro. Nunca creí que sintiera la profunda frustración de no poder propinarle un par de piñazos pero vaya si la sentía. Él no se ayudaba mucho. Lo resolvía como siempre: algún comentario gracioso que denotaba su incapacidad para tomarse en serio a nada y a nadie (incluyéndose a sí mismo). Ahora quería darle también un sillazo por la espalda. No sé si era proporcional a la ofensa -quizás me lo estuviera tomando demasiado personal-, pero en su cara noté que había percibido mi total sinceridad, junto con otras cosas menos agradables, y la conciencia de que se había mandado una cagada proverbial.

“No estoy para eso”. Me había dicho con su actitud típica de no tomarse nada en serio y, sobre todo, de no tener mucho interés en hacerlo. Tenía un caso sólido. Era el tipo que tenía la novia que todos deseaban y una licencia para ir de cacería cuando quisiera. Ella lo acompañaba. No creo que fuera un acuerdo formal -la cuestión del consenso explícito aún no era muy popular- pero sí que tenían su juego perverso correctamente armado. Yo hacía de confesor de él. En aquella época mi vida sexual estaba confinada al mundo de las ideas -todo muy platónico e intangible-, pero a través de sus aventuras tenía acceso a esa otra realidad que me era vedada. No era sexo sino literatura. Entonces sentía -y aún lo siento- que me faltaba demasiado por vivir y no llegaría a hacerlo. Pudiera decir que lo envidiaba. Solía decirle que cuando fuera grande quería ser como él pero, viendo todos los embrollos en los que se metía, prefería ser yo. Tenía mis límites. No hablo de los físicos, que saltaban a la vista, sino de una presunta incapacidad para no involucrarme. N era la prueba de ello. Como dije -o insinué- fue algo casi instantáneo y nada que tuviera en mi agenda. Nadie busca enamorarse. Mis últimas experiencias me disuadían del tema y, ciertamente, no quería iniciar una competencia con alguien que tenía una clara ventaja sobre mí -caminaba y era corporalmente autónomo- además de ser uno de mis amigos más queridos.

“Está loca…” me dijo. No era el primero -y tampoco el último- que se refería a ella en esos términos. Digamos que tenían algo de razón. En los tres meses que pasaron entre ese primer encuentro y esa conversación con Alejandro, había llegado a conocerla un poco. Tenía sangre para los raritos. Uno de sus amigos era Lachy -el que adoptaba hermanos mayores- y el otro era Iván el Loquito que, aparte de una evidente secuela por un tumor extraído al lado de su ojo izquierdo, tenía todas las trazas de no conocer el concepto de “límite”. Temía ser otro coleccionable más. No era difícil de entender esa extraña identificación -era la continuidad de su crianza como Testigo de Jehová- pero sucedía que ni ella ni yo encajábamos del todo. Me había vuelto el outsider por definición. Y no tenía el más mínimo de hacer concesiones con la gente que me circundaba.

Alejandro era el tipo popular. Si uno de nosotros hubiera podido hacer que la gente lo siguiera hasta el mismo infierno -dígase la carcel- era él. Me gusta pensar que eso atrajo a N. No digo que fuera mal parecido, y mucho menos un idiota, pero no creo que fuera lo que más usaba a su favor. Su punto era ser el tipo que no le importaba nada. O sea, vivir al límite y no pensar en las consecuencias aunque sólo fuera un gran farol. Jugaba con red de seguridad. Sabíamos que su madre rozaba la sobreprotección y siempre tuvo el apoyo de su encantadora familia clasemediera. No tenía que asumir responsabilidades por sus actos. Evadirlas se había vuelto su forma de vida desde los tiempos en que trabajaba -al menos sobre el papel- en la Casa de Cultura. Ella implicaba ser responsable. No iba a poner la cara frente a unos padres conservadores cuando decidiera tirarse a una carrera de drogas, sexo y rock & roll. Y me alegraba de saberlo. Para entonces, él sabía lo que yo ni siquiera me había planteado conscientemente: me estaba enamorando. “No, no me interesa”. “De hecho, me vendría bien que me ayudaras a quitármela de arriba como has hecho otras veces”. No me molestaba. A largo o mediano plazo, veía una ganancia en ello aunque -por otro lado- me ponía en una posición incómoda.

La charla no salió bien. Al menos, no tuve la reacción que esperaba de N. que, contra lo esperado, se sintió agredida. No entendía qué estaba pasando. Y se desató una ola de drama de baja intensidad que nos duró varias semanas sin que lograra dilucidar los motivos de su ira. Finalmente, logré que tuviéramos un segundo round. Todavía no estaba del todo calmada pero me dejó claro que no confiaba en mis buenas intenciones ya que sabía que me gustaba. No me pasó por la cabeza que se diera cuenta. Antes de que pudiera formular la pregunta, me dio la explicación completa: Alejandro se lo había dicho. Era la razón por la cual no iba a asumir ningún tipo de responsabilidad respecto a lo que fuera que ella sintiera: no podía traicionar a su amigo. Pero, para aquel entonces, ya había obtenido lo que quería -N podía ser ingenua pero sin dudas era hermosa- y pensaba irse con una sonrisa. Me tocaba ser el villano.

Ale era buen actor. Pero llevaba años conociéndolo y, aunque no le importara como yo me sintiera, no soportaba que lo viera tan al desnudo. Lo miré a los ojos. Me conocía mejor que yo mismo así que no tenía que ser grandilocuente ni preciso a la hora de explicarme. Quería meterle la cabeza contra la cerca del Café. Logré ser convincente porque esta vez ni siquiera intentó disuadirme de que mi ira no tenía fundamentos. Apeló a lo que estaba en el fondo: lo quería y confiaba en él tanto como él podía hacerlo conmigo. Intentó reestablecer lo roto.