Ernesto Canteli parecía un personaje de novela. Luiso fue el primero que me contó de un “escritor” que vivía en una buhardilla como una especie de Dr. Fausto perdido en nuestro pueblo de mierda. Pero fue Edgar quien nos acercó. Estaba viviendo con él -en un acuerdo que incluía gastos de comida a cambio de alojamiento- y lo llevó al Café. Era un hombre viejo. Tenía el porte que se espera de un sabio -la barba blanca y la mirada débil por el incipiente glaucoma- en un cuerpo delgado y pequeño pero con trazas de una rara vitalidad. Hablaba pausado y nítido. Era una colección de Personae -actor, poeta, militar, disidente, hijo, padre, asceta, mujeriego, místico, mundano- que se alternaban en su perenne y orgánica actuación.
Luiso admiraba su metodicidad. Sus escritos estaban hechos con una letra pequeña y precisa -no tenía computadora o máquina de escribir- y organizados como si fueran las referencias para una gran obra que habría de llegar. Llevaba años preparándola. No la pensaba como una pieza sino como un conjunto monumental. Pretencioso, era. Sin embargo, en su muy agitada vida, encontró el tiempo para leer casi todo lo que era imprescindible y cosas de las que yo no tenía idea. Soy difícil de impresionar y él lo logró. Igual, seguirle el ritmo en el pensamiento implicaba ser consciente de una serie de relaciones -históricas, políticas, ideológicas- que la inmensa mayoría ignoraba y yo apenas intuía. Pero no eran el tema de la conversación. Todas sus disertaciones giraban en torno a su (particular) “hermenéutica” de la realidad. Era una obsesión. Me llevó tiempo entenderlo -tuve que conocer su historia de vida; algunos de los referentes que manejaba- y adaptarme a la idea. No creo que llegara a trazarlo en líneas claras. En sí mismo era algo confuso porque sólo alguien muy entendido -y con una intuición por encima del promedio- podía ordenar todo esa retahíla de ideas y conexiones en algo coherente. No distinguía entre sus interpretaciones y los hechos. El efecto era de atemporalida y la Historia -esa línea de hechos ordenados por obra y gracia de la causalidad- terminaba contraída en una esfera que rebotaba contra los límites de la razón y la existencia. Pero no pasaba por un loco. Hablaba con la convicción de un actor profesional -lo era- más la certeza de que nadie a su alrededor sería capaz de contradecirlo. Eso molestaba a sus oyentes. Y no digo interlocutores porque no había muchos por esos lares.
Se esperaría el ascestismo de alguien así. Una obra requiere tiempo y la cantidad necesaria -porque la calidad depende de algo más bizarro aún llamado “talento”- sólo se puede obtener sustrayéndola de otras actividades. La genialidad es un mito. Cantelli había tenido una vida, más que normal, agitada y completa. No logré contar el número de hijos que tenía. El mayor rondaba los cuarenta y creo que sólo lo vi una vez mientras el menor -que vivía con la madre en la misma cuadra- no pasaba los quince años. No era un padre en ausencia total. Uno de sus orgullo era que ninguno de sus vástagos había sido accidental. Tampoco compartían madres. No me tomó mucho descubrir que su verdadera pasión era el sexo o -siendo más preciso- las jovencitas. Ale lo describió como “un viejo verde fosforecente”. Era ridículo desde su casi ceguera mirándolas con los ojos entrecerrados intuyendo la belleza difuminada por el glaucoma. Preguntaría en tono bajo “¿Esa quién es?”. Si acaso la conociera, iría hacia ella y la saludaría acariciándole el brazo de una manera sostenida y poco casual. Era una compulsión. No le faltaba mujer en el momento en que lo conocí. Vivía con una. Magda no era bonita -más bien lo contrario- pero compensaba con un buen cuerpo y treinta años menos que él. Tampoco era bruta. Estudiaba filología -una de las carreras más exigentes en la universidad- y se veía interesada en ello. Su cordura era otra cosa. Sacando un crecimiento intelectual -e incluso era algo suscetible de cuestionarse- no obtenía mucho de esa relación más allá de obligaciones económicas y domésticas. “Ella se creyó que iba a hablar de Aristóteles” dijo el viejo una vez. “¿Y quién va a cocinar?” porque ciertamente él no sabía ni tenía qué así que ella asumió hasta que llegó Edgar. También se dio cuenta de lo que había. Fue una conversación que tuvimos un par de veces -“Uno no puede ser el gran tirano”- y siempre concluimos que sus niveles de egocentrismo iban a sabotear esa convivencia. “Debería agradecer que tiene una piel de veintiseis años”. Pero lo único que agradecía era tener las condiciones -comida, agua, sexo- para poder dedicarse a escribir. La cosa se complicó con un supuesto embarazo de ella. La criatura nunca nació -ni siquiera estoy seguro de que fuera concebido- pero el drama resultante ayudó a detonar la separación. No fue un proceso limpió. Se le reventó una úlcera estomacal mandándolo al hospital por dos semanas. Es un milagro que no pasara antes. Se alimentaba mal -mejoró algo en la temporada en que tuvo roommie- y bebía bastante café aunque no fumaba. Se notó la diferencia al salir. Le habían caído diez años. Fue a partir de ese momento en que se convirtió en un “viejito”.
Los próximos años fueron díficel para él. Pasaba de estar al borde de la hambruna a dilapidar un poco de dinero en mala comida y libros. Después los vendía. Tenía demasiados y dadas las condiciones del su casa -una buhardilla en medio de un pasillo- era imposible que los tuviera en condiciones. Nunca subí allí. La escalera de caracol -hecha de cabillas- lucía inestable hasta para alguien con completa funcionalidad en sus miembros y yo no iba a ponerme en brazos de alguien para que termináramos los dos con el cuello roto. Sí oí los cuentos. Sacando la magia de los libros y la conversación, aquello era un cuchitril lleno de cucarachas, ratones y todo tipo de bichos. Tenían una gata pero estaba muy flaca para que le importara.

