“Era como la bodega de un barco negrero”. La frase de Alexander se extiende en tiempo y espacio. Ya era un cuerpo —y escojo ese término a propósito— en boca de Mario antes de qu lo conociera personalmente. El 11 de julio le puso una cara —compartí lo que me encontraba— y una historia sobre la que escribir. Un año después, frente a frente, no le hice ninguna pregunta al respecto. Estábamos saturados del tema y, en lo que respecta a mí, no tenía una urgencia por saber. La historia fue llegando como disgresiones (notas al margen) que no pasaron de un compromiso de ambos (él y yo) conmigo mismo de algún día escribirlo.
“Al primer día nos quedamos sin cigarros…” yo mismo soy fumador. Después, al segundo día, permitieron entrar hasta tres cajas por cabeza pero nada que permitiera encender. Dependían de que uno de los guardias les hiciera el favor. El resto de las pertenencia de Alexander —sólo les habían entregado un colchón de guata, el uniforme y un jabón— incluían un par de medias, casi innecesarias en julio, impregnadas en pachulí. Era un ancla a sí mismo. La vida ahora se resumía a estar tirado en la litera —una armazón de hierro agarrada a la pared por cadenas— y escuchar las conversaciones de los otros, quizás intervenir, y aprender a estar con uno mismo. Afuera está la televisión, básicamente propaganda con voces cuidadas y dicción correcta, y las luces perennes sobre las paredes color mierda.
“¡402! ¡Vístase!” venían a buscarlo para los interrogatorios. El número era la identificación que ponía la maquinaria. Una vez abierta la reja, lo esposaban y conducían por el pasillo con voces de mando: “¡Pégate a la pared! ¡Agáchate! ¡Mira para el suelo!”. Al final del pasillo, puertas y gritos cuyas palabras no se distinguen, está la sala de interrogatorios. “Diez o quince grados de temperatura” me dice. Investigo y es casi imposible mantener eso en una habitación del Caribe. Es la sensación. La celda puede tener casi cuarenta (con grandes niveles de humedad) mientras que una climatizada ronda los veinte.
“El interrogatorio es un momento muy solitario”. Imagino que los policías —interrogadores, en este caso— son intercambiables; indistinguibles. A veces era una mujer otras “un tipo lleno de estrellas”. En ese punto, trabajaban el caso de un artista —“¿Conoces a Luis Manuel Otero Alcántara? ¿Has estado en San Isidro?”— residente en San Antonio —“¿Conoces a este tipo? ¿Cuál es tu relación con él?” despliegan fotos de sus vecinos sobre la mesa— y que terminó a los golpes con un policía (o varios y perdiendo para defender a un extranjero de una pateadura —“¿Quién te pagó por llevarlos?”— como “un escenario dentro de un escenario” me dice. Sucedía un par de veces —incluso tres— por jornada aunque alguno que otro día no lo fueron a buscar. De vuelta a la celda, empieza un ejercicio de asesoramiento mutuo: “No debiste decir eso… Debiste decir que fuiste a comprar helado… Te embarcaste…” casi que lo puedo escuchar como una versión malograda de la beca. Al llegar la noche, le piden que declame algo —poema, escena, narración— pues ya todos se conocen y es el artista. “Fueron veintiún días”, me dice. Cotejo las fechas y ya el veintidós —diez días después de su traslado a 100 y Aldabó— habían celebrado el juicio.
“Pero, ¿y el abogado?” preguntó. La familia se iba a encargar del tema. Para cuando salió del tribunal —con diez meses de condena— no lo había visto. Fue un juicio sumario. Lo trasladaron a Valle Grande, otra de las joyas del sistema carcelario cubano. Menos de cuarenta y ocho horas y estaba de vuelta en 100 y Aldabó. El DSE jugó a la compasión —“Nosotros entendemos que contigo se cometió un error”— y pasó a San Antonio a la espera de un juicio de apelación. Suponemos, él también, que en su caso —además del carácter escandaloso del manejo legal— influyó tener una red de apoyo que visibilizara el tema. Estaba de vuelta en su casa el veinticinco. Diez días después, le dieron diez meses de “limitación de libertad” en su pueblo. Tenía que ir a firmar cada quince días y un agente de la seguridad lo monitoreaba.
Lo conocí en persona cuando ya vivía en La Habana. Ahora ambos somos dos personajes distintos en una misma novela —el exilio— y empezamos a encarnar el arquetipo. Tenemos una nostagia imprecisa por un país más imaginado que recordado; un cúmulo de experiencias compartidas intercambiables —somos de la misma generación—; una rabia por lo que perdimos (o nos quitaron). Creo que hay algo de resentimiento en nosotros.
Escucho sus audios —la narración de los hechos— y parece que fueron meses en prisión. Así de vívida es y así nos quiebran. También, él se mueve por el espacio de lo sublime. Como un libro de pintura italiana que encontró —me cuenta— en una parada mientras iba camino a la manifestación. Lo asocia a una señal —“Ya ves la importancia de Italia en mi vida” siento que ríe— y yo recuerdo otras narraciones sobre el mismo día. Todas conservan un momento de esperanza a pesar del infierno vivido.

