La memoria es algo raro. No puedes recordar que comiste ayer ni el nombre de una novia de la secundaria pero puedes recordar un número de teléfono que usabas hace diez o más años. Tenía que estar equivocado. No era difícil ponerlo a prueba teniendo un teléfono a mano en donde vivía hacía poco más de un año. Llamé. Era correcto pero no me salía nadie. Esperé un rato e insistí. Me salió una mujer cuya voz no había oído nunca. “Yan no se encuentra”. Al otro día logré dar con él y, por supuesto, reconocí su voz al momento.
Por años mantuvimos la comunicación. Con S hablaba poco, ya que no tenía teléfono en la casa del padre, pero con Yan lo hacía muy a menudo. En diciembre de ese primer año nos reunimos. Vinieron a buscarme y dimos varias vueltas por mi pueblo donde recogimos a una amiga que conocían de voz. Terminamos los cuatro yendo a un juego de pelota. Años después dejó de gustarme por culpa de los fanáticos pero, a pesar de que en aquel entonces la seguía, sólo puedo recordar al Gordo metiéndose con los peloteros. De vuelta la cogió con el chofer del taxi. Entre beso y beso de mi amiga, para aquel entonces estaba sentada en sus piernas sosteniéndole la cara con una mano, le decía al tipo – creo recordar se reía – que no le íbamos a pagar. Aquella nos quedamos los tres en mi casa. Fue como volver a la escuela, con prohibición de fumar y habitación común incluida. Al otro día se fueron. Estuvieron alrededor de una semana en casa de Yan antes de que S volviera a casa de su madre en el extremo opuesto al mío de la ciudad.
Volví un par de veces de visita a la escuela. Me encontré con otro exalumno, del mismo municipio que yo, que había terminado el año antes de que yo empezara. Había algunos alumnos de años inferiores que conocía y profesores a los que le tenía afecto. No la pasé mal. Tenía incluso más libertad que en mi casa con mi nuevo estatus de alumno egresado. Podía entrar y salir. Buscar comida, alcohol y cigarros era sencillo pero ya no era importante. Nadie más los necesitaba. Los que quedaban eran demasiado aniñados y se habían adaptado a la correcta disciplina del lugar. No volví. Si ese año no quedaba mucho para mí, al siguiente no habría nada. Ni siquiera fue una decisión consciente. Mi vida iba por otro lado y volver dejó de ser interesante.
Seguí llamando al Gordo. Ya hacía un año que había terminado pero todas sus historias actuales giraban en torno a la escuela. Parecía continuar allá. Yo descubría música nueva y trataba de vivirla pero él parecía no estar interesado en nada más que lo ya conocido. Quería continuar su carrera como baterista. Hablamos de hacer una banda juntos pero ni siquiera teníamos instrumentos o músicos, mi habilidad para cantar es cuestionable y, difícilmente, nos hubiéramos puesto de acuerdo sobre qué música hacer. Terminó con su novia de la secundaria al poco tiempo de graduarse. La relación con mi amiga no fue más allá de un par de encuentros, más o menos, y al poco tiempo empezó otra con una exalumna de la escuela. No sé cómo terminaron. Sólo sé que quedó obsesionado durante una temporada.
Hubo un par de visitas más. La primera fue alrededor de mis veinte y se notaba que la vida me había llevado por otro lado. Ellos parecían iguales. Los acompañé al centro del pueblo para que cogieran un carro. Fue una visita rápida. Tiempo después, El Gordo me contó por teléfono que S no había querido quedarse y le había pedido que no dijera que tenía dinero para que yo no me antojara de nada. No estaba ofendido. Tan sólo era la prueba de lo que ya presentía y afrontarlo fue sencillo. Ya había salido de la escuela definitivamente. La vida continuaba y era una montaña rusa aderezada con cafeína y cigarros, perdonen el cliché. Es difícil llevar una bitácora precisa. Conocí gente y se fueron…; me enamoré y desengañé…; dejé la universidad y volví a estudiar… Los años se acumularon. En términos de Dharma y Samsara, fueron varios ciclos y vidas.
Cerca de los treinta, me volvieron a visitar. Yan estaba igual o más gordo de ser posible, por lo que pudiéramos decir que bien. S era otra historia. Estaba flaco y tenía el pelo a rape, como en la época en que lo conocí. Se encontraba en recuperación. Se había contagiado de una enfermedad – toxoplasmosis, creo – cuidando palomas – algo que jamás lo hubiera imaginado haciendo – y la cosa, ya de por sí complicada, le evolucionó hasta una forma de leucemia. Siempre me cuesta procesar esas noticias. No hay un manual sobre cómo reaccionar a alguien hablando de sueros citostáticos pero tampoco hay uno sobre cómo abordar el tema. Era evidente con él. Había notas del sufrimiento que había vivido junto con un intento de minimizarlo más un cierto orgullo infantil. La voz lo delataba. Esa visita duró poco más de una hora y no me impactó tanto en el momento. S continuó con problemas de salud. Le salió una tumoración en el cuello que, durante meses o años, tuvo que ir a quitarse periódicamente. No fue suficiente. Esa última parte de la historia la supe por Yan sin que me quede claro que tiempo pasó entre nuestro último encuentro y su muerte.
Desde adolescentes nos acostumbramos a la posibilidad de morir. Incluso estando allá, nos llegaba la noticia de algún exalumno muerto y a varios los conocía personalmente. Me tocaba más de cerca. Tengo un diagnóstico errado que me predispuso a pensar que moriría a los veintitantos, con suerte. Tampoco sucedió. Tengo casi cuarenta, soy fumador y tengo pésimos hábitos de vida desde hace más de treinta años. Me obsesioné por un tiempo. Me preguntaba sí realmente era algo ineludible pero, sobre todo, qué margen de tiempo me dejaba eso para vivir una vida digna de ser llamada tal. Gasté mucho tiempo en ello. No sé si al final di con la respuesta pero sí estoy seguro de que todos lo intentamos.
Yan tiene una hija. Por supuesto, eso incluye una esposa y alguna fuente de ingresos que preferí no indagar. Estaba más enterado de los otros que yo. En mi lista de personas por las que quería saber, estaba Maykel El Loco. Lo recordaba con cariño. El día que nos graduamos, lo llevé conmigo para la casa con la idea de que supiera dónde era. No se quedó. Un año o más después, vino a visitarme. Fue una sorpresa. Iba vestido de blanco, se había hecho Santo, con collares y toda la parafernalia. Nos pasamos la tarde bebiendo por el barrio. Era un poco jodido el tema de prender un cigarro porque no podía darme un objeto ardiente pero nos las arreglamos. Socializar si fue difícil. Tenía esa actitud atrincherada típica de los reparteros y miraba con mala cara a todos mis conocidos. No quería vivir otro de sus episodios. Por suerte, se fue antes de que anocheciera – otra cosa que “el Santo le prohibía” – sin que hubiera ningún incidente.
La segunda sucedió de noche. Había venido a un festival de música folclórica – pretexto para borracheras y oportunidad para entrenar la lucha con armas blancas – y pasó a buscarme. Decliné la invitación. No diría que odio el género – aunque tampoco es mi objeto de consumo – pero sí tengo una fobia natural a las fiestas populares y cierto aprecio por mi pellejo. Creo que le dolió. Y esa fue la última vez que nos vimos. Yan me actualizó. Mi otro amigo se había vuelto un alcohólico – claro está – problemático. No era difícil de imaginar el cuadro. Broncas, escándalos y arrestos que, generalmente, terminaban en multas. La cosa escaló. Literalmente, se volvió a lanzar de un quinto piso tan sólo que esta vez no había tendederas. Éramos los últimos supervivientes.
Quedamos en vernos. Se suponía que yo fuera a su casa, algo relativamente posible dado que viajaba a su barrio a menudo, y acordamos que le avisaría. Nunca concretamos nada. El transporte público se puso peor y la vida me llevó por otros lados. Tampoco le puse ahínco. Después llegó lo de la fractura y el hospital más las secuelas que siguieron. Hace poco volví a escribirle. Acordamos volver a vernos pero nada en concreto. También contacté a otros. No eran tan cercanos a mí pero el pasado común se arreglaba con el tiempo. Lo romantizaban. Una vez, un amigo me dijo que sus experiencias en la beca eran las mismas que tenía un presidiario. Creo que aquello me marcó. Quizás tenga que reconocer que las violaciones en las duchas no eran un temor constante pero tampoco una imposibilidad. Hace poco encontré una publicación en Facebook de Yan en Madrid. Revisé más y vi parte del itinerario que incluía una escala en Francia y otro excompañero me lo confirmó. “No debería volver”, dije. Quizás mañana me vaya, de una manera o de otra, pero, hasta entonces, soy el último que queda.

