En el abismo

“Boris…” el tono me puso en alerta. Hacía meses que no nos veíamos y las noticias eran macabras. No había límites donde estaba. No estaba Edgar ni las otras personas que servían de freno a los caprichos de Claudia. Estaba el factor Jean. Fue capaz de envolver a una niña -tenía como veinticinco- que se las daba de liberada -con autoestima y red de apoyo- y meterle la cabeza contra la reja del Café por una payasada que desconozco pero estoy seguro que no lo ameritaba. Dani era un trapo entre los colmillos de dos perros de pelea. No había manera en que pudiera no salir destrozada de ese lugar si es que sobrevivía.

“Dani está en el fuego…” me habían dicho. Me costó un poco de trabajo entender a qué se referían pero no era nada difícil de imaginar. Había que buscar una fuente de ingresos. Claudia no tenía muchas habilidades y venderse -que estoy seguro que se le daba bien- podía costarle un año en prisión por propagar epidemias. No es que le importara mucho. La cuestión es que empezaba no ser -para mí nunca lo fue- una mujer atractiva. La otra estaba en su cenit. No era mucho lo que lograba en comparación con sus coetáneas pero definitivamente era mejor mercancía que una alcohólica y fumadora de treinta años. Me costaba imaginarla. Para mí aún era la nerd de quince años feíta e insegura que conocí.

“Prefería ir sola…” me dijo. La compañía de Claudia siempre llevaba acarreada la posibilidad de tener que trabajar con ella en algún trío. Para entonces le hacía rechazo. Jean había sido más de lo que ella podía soportar pero la dejaban tranquila porque -a fin de cuentas- era la única entrada de dinero en una casa de alcohólicos y drogadictos. Ahí surgía otro problema. Tenía que ir para la calle cada noche y entregar todo lo que hubiera recaudado so pena de una golpiza propinada por su jefa. Hacía bastante. Hubo noches de veinte dólares y otras de cincuenta (lo cual no es poco en este país) y aprendió a ocultar algo.

“Lo peor son los policías…” contó después. Estando sola, no tenía alguien que la violentara asiduamente pero estaba vulnerable ante cualquiera que quisiera tomar ventaja. Hubo un intento de robo. Un tipo trató de asaltarla pero pudo dar aviso -imagino que a gritos- y lo detuvieron antes de que huyera. Resulto ser un pandillero. Entonces los colegas empezaron a buscarla para que -de una manera u otra; viva o muerta- retirara la denuncia. Tuvo que esconderse. De alguna manera, la familia de él logró contactarla y negociar para que la situación no escalara. De esa libró. Hubiera sido peor si hubiera un uniformado porque a quién recurriría. Habría esperado servicio gratis y hasta dinero.

“Es fácil de hacer…”. Creo que, a pesar de la situación que la había llevado a ello y los riesgo, no era el peor trabajo posible. No era muy diferente de ir al Café o al Parque. Podría mos hasta decir que cumplía la misma función de ser un lugar en el que estar sin ser violentada sistemáticamente. Escapaba. No me la imagino teniendo una relación normal -conversar y expresarse humanamente- con aquellas bestias que la rodeaban. Socializaba en el trabajo. Tenía a “la que pincha conmigo” (otras prostituta) o un “punto” (cliente) que eventualmente la ayudaron. Había hecho una forma de vida. Entendía cómo funcionaba y los códigos que la rodeaban. Se adaptó.

“Me pasaba el día durmiendo…” cuenta. Lo que parecía divertido al principio -vivir en una borrachera continua- termina por aplastarse ante el peso de la realidad. Las botellas no se llenan mágicamente. Tampoco los blisters de pastillas ni las neveras regeran su contenido pero si la basura y el desgaste de todo lo que los rodeaba. Era un buen motivo para estar irritado. Jean esperaba que ellas hicieran todo el trabajo doméstico y -con Dani saliendo todas las noches- la responsabilidad caía sobre Claudia que no asumía del todo. Era obvio que se desquitaría con la otra. También era cuestión de tiempo que iniciara un pulso con el marido en el que tenía las de perder. Todos borrachos y empastillados.

“Eso es todos los días…” me contó Bárbaro “…y está bien con eso”. No generaba confianza. Su relación con Jean -a pesar de ser una de las tantas personas que embaucó con lo de la secta- era sagrada como por mero instinto de corresponder o quizás porque era un activo que lo beneficiaba. El tipo creía sinceramente. Eso implicaba que pondría su dinero, comida, casa y hasta la vida -si fuera necesario- en función de su padrino, maestro o lo que fuera. No es fácil renunciar a ese poder. Por eso tampoco es extraño que Claudia se enganchara a niveles de fanatismo que superaban las expectativas. Era coherente con su persona. Dani tenía tres parásitos a sus espaldas y una cantidad limitada de sangre.

“Voy a volver…” me dijo. Aquella visita me cogió por sorpresa ya que -estaba seguro y después lo comprobé- Claudia le había prohibido verme. Estaba incluso más delgada. Noté algo que me habían comentado: solía llevar los brazos arañados sin que quedara claro por qué. Claudia era una posibilidad. No se podía des estimar tampoco la autolesión o un incidente en el trabajo. No le pregunté sobre eso. Fui directamente al rumor que había en el ambiente -aún no lo daba por cierto- y la respuesta fue afirmativa. Hubiese querido oír otra cosa. Pero las cosas rara vez -me diría Edgar en el futuro- son como uno planifica o espera. Hablamos poco más. Ella quería decirme algo pero no podía dejar que pasara mucho tiempo antes de que volviera. “Estoy embarazada” soltó la bomba. “No puedo quedarme allá…” continuó con la cadencia de quien ha meditado mucho sobre el tema “…porque ella es capaz de matarme sin dudarlo”. Tampoco yo tenía dudas al respecto. “Voy a virar pero dame unos días para que la cosa no sea tan violenta”.