Siempre me gustó la noción de “Epifanía”. Creo que la primera referencia me vino de Fito Páez – Tus regalos deberían de llegar- y ese primer verso (“Epifánico silencio”). En algún momento encontré el significado. Conecté bastante con la idea de la ceguera contrapuesta a la revelación – no niego que soy susceptible a los símbolos religiosos – y estaba seguro de que era algo universal. Le podía suceder a cualquiera. No fue hasta después de leer a Hesse – particularmente Siddhartha y con alguna investigación sobre la vida de Gotama – que la idea se integró en mí. Me sentía cómodo sin el elemento religioso. No me creía tan especial como para que Dios viniera a darme tareas especiales y Él, de existir, tendría mejores prospectos. Pero me apropié el término.
Las crisis no iluminan. Tras dos años en la universidad – con dos periodos de crisis anuales – ya debería estar listo para, al menos, fundar un nuevo movimiento religioso y restaurar la paz en mi hemisferio. No tenía solución a nada. Desde que empecé allá, mi vida personal iba de desastre en desastre y acumulaba pérdidas. Ya no creía en resarcirlas. Cada intento por recuperar a las personas que se habían ido o sustituirlas por otras – hablo de intereses románticos – terminaban en una catástrofe mayor. Y mis amigos continuaban con su vida. El segundo año – ya yo iba para tercero – tenía más exigencia académica. Se dejaron llevar por la inercia. Era yo quien sentía que estar allí era como nadar desde el fondo de un lago de mercurio. No elegí tampoco. Habían dispuesto por mí y yo no tenía cómo romper el mandato. Mi abuela lograba imponerse. La cantidad y el peso de sus argumentos pragmáticos eran aplastantes. Y le quedaba el recurso de la presión económica. Pero acatar no implicaba cumplir por lo que puedo describir mi estado como una “huelga de brazos caídos”. Dolía más ponerle entusiasmo.
Aquella tarde no entré a clases. Me había aficionado a quedarme abajo, en la salida, esperando a alguien que se sentara a conversar conmigo mientras hacía tiempo para que me vinieran a buscar. Llevaba años en esa rutina. Los custodios, novios y esposos que rondaban por allí estaban familiarizados con mi presencia. No había nadie prometedor a la vista. Era uno de esos turnos donde los custodios eran mujeres frustradas por no poder ver la novela y no tenía a nadie con quien hablar. Apareció aquel tipo que había visto. Tenía toda la estampa del oriental asentado en la ciudad que había engordado a base de prosperar y alejarse del trabajo en el campo. A veces se sentaba con el grupo. Se reía sin decir nada pero, en unos minutos que pasamos él y yo, fue evidente que padecía miedo escénico. El hombre sí que hablaba. En menos de una hora, desplegó un catálogo de todas sus peculiaridades sociologías y alguna que otra tribulación existencial. Era lo que aparentaba. No podía precisar de dónde era su acento pero vivía en una de las zonas periféricas de la ciudad. Me imaginé una casa en obra perpetua. Solían irse ampliando en la medida en que las oleadas de familiares se precipitaban. Su negocio era vender flores. No se me ocurriría calificarlo de rico pero – teniendo en cuenta la geografía y cuestiones demográficas como la religión – el hombre hacía dinero. Venía en su propio carro. Arriba estaba su mujer que, si me hubieran preguntado, habría dicho que era la hermana o, incluso, la hija. No es que hubiera una diferencia de edad abismal. Eran el uno la viva estampa del otro con ligeras diferencias. Pronto la cosa giró sobre ella. No sólo tengo sangre para los locos sino también para cualquier alma atribulada. No sé por qué confían en mí. Quizás si les advirtiera que voy a escribir sus historias y dejarlos expuestos para la eternidad, no lo hicieran. Tampoco pensaba en ello en el momento. Escribir no se había vuelto una pulsión y, como acción, implicaba una voluntad que no tenía. No estaba allí. Conversaba con un custodio, un viejo, del que me hice amigo hacía dos años. No sé si su conversación valía la pena. El hecho de estar atrapado allí – y ambos lo estábamos – me obligaba a ser condescendiente con su edad. Tenía buenas historias. Mucho de nuestra amistad tenía que ver con el hecho de que me viera como hijo o nieto – los suyos no vivían en Cuba – y de que yo buscaba figuras paternas, aún si terminaban decepcionándome siempre. Una vez me contó algo personal. El amor de su vida era una vecina mía – la madre de la socia que un tiempo después me acompañaría junto con el Colega en una noche de fiebre y alcohol – pero nunca se lo había dicho. Un mes después, el viejo murió. Consideré mi obligación ir a decírselo a la señora que no supo cómo reaccionar. Y yo hice el papel de loco. En comparación, el drama del floristo era más aburrido que la letra de un corrido. La tipa estaba con él por su dinero. Si yo me daba cuenta – oyendo lo que decía – él debió tenerlo claro y, para ella, debió ser una verdad ineludible. Me limité a monosílabos y vaguedades. Estaba en el futuro y la escena se repetía en bucle y, a través de la cara de mi interlocutor, desfilaba una variedad de pacientes de todo tipo. “Usted es un sabio” me dicen y dirán. El hombre se despidió de mí y partió con la causa de la tribulación pero se veía aliviado. Todo estaba exactamente igual. No sé cuál es la definición de locura pero el sentimiento de inadecuación me superaba. Llegué a mi casa bastante deprimido.
Años después escribiría una novela. Hablaba de cómo dejaba la universidad para convertirme en escritor. Bukowski conoce al Joyce del Retrato. Claro que es ficción y claro que romantizo mucho de lo que pasó. Pero algo es cierto: la literatura fue un factor de peso en mi decisión de dejar la universidad. No es que quisiese ser escritor. Quería ser un Beatnik como Kerouac o un indecente como el viejo Charles. Hoy no sabría decir por qué. Llevo demasiado tiempo en esto como para recordar qué vi en ellos que no tuviera yo. No cuento el alcoholismo. Me emborracho demasiado rápido como para dedicarme a beber como hobby aunque, por otro lado, me daba cierta habilidad para autorregularme. Y creo que la libertad lo definía todo. Frente a una página en blanco – y ya he hablado de esto – soy el Alpha y el Omega. Plasmo mi propio Mito. La cuestión que se me abría, el verdadero impulso detrás de cada construcción literaria eran las bases de una vida. Tenía entonces unos pocos poemas. Pocas personas tienen la oportunidad de encarnar su propia Leyenda. Hacia allá iba.
No recuerdo mucho de los interludios. Hubo temporadas de trancarme en casa y leer obsesivamente. El mundo mantenía su cualidad mercurial. Quizás fuera debido al invierno – hay menos gente en la calle y la luz se vuelve más tenue – pero tengo memoria de una sensación de frío e iluminación artificial en medio de una calle nocturna. Lo asocié a La Tierra Baldía de Eliot. Era el Infierno, de acuerdo a Artaud, y yo tenía que escapar de él.
Y el infierno es un aula. Las caras que te rodean serán borrosas el día de hoy pero ya, desde entonces, carecen de mucho sentido. La profesora es genérica. Debe ser que no le di tiempo a convertirse en ella misma; develar un accidente que pudiera fijar como substrato de una construcción. Joven, eso es. La asignatura – Personalidad, Cognitiva o Fundamentos Biológicos del Comportamiento – no importa porque – vergüenza para mí – no he aprendido nada. Será una deuda pendiente. En los meses que seguirán estudiaré algo de psicología, psiquiatría y filosofía para hacer las paces con mi devaluada inteligencia. Me resultará divertido. Seré yo (y mis dudas) contra los libros que no se resisten a la indagación que llevo a cabo con una disciplina que no había sospechado aunque la pregunta de origen continúa sin respuesta: “… ¿Por qué están aquí?” dice ella parada frente al aula. La contracción de la realidad, unificación de pasado, presente y futuro, EPIFANÍA sin necesidad de Dios tiene una cualidad irónica que revela cierto orden universal oculto. Estoy allí – ese “aquí” – para oír esto. No me ha dicho nada que no intuya y que no haya vislumbrado a través de toda la marea de metal líquido en la que estoy inmerso. Terminaré mis indagaciones meses después. Mis opiniones tendrán toda la huella de la parodia existencial o – si lo prefieren – la alta literatura: encarno la ambigüedad humana. Soy hijo de lo que más desprecio. En la primera copia de Las Flores del Mal que poseí – me la regaló Clara – rezaba: “Para l’enfant terrible…”
Siguieron meses de encierro en mi cuarto. Era un retiro espiritual – en el sentido más originario del término – y lo aproveché estudiando. Me había vuelto un eremita. F era quien más me visitaba y me dejó las Lecciones de Filosofía de Manuel García Morente. Lo disfruté más que toda la universidad. Me leí un curso de Historia de la Psicología – lo que me permitía repasar mi inglés – y el DSMIV que complementaba con Wikipedia. Mi abuela me acompañó. Hubo un único momento tenso cuando me preguntó qué iba a hacer con mi vida y se solucionó cual una comedia con mi respuesta: “Voy a ser escritor”.