Escape

Creo que el mundo enloqueció por aquel entonces. El fin de los tiempos no llegó -como predijeron los mayas- pero la ola seguía creciendo en altura hasta estrellarse contra las rocas. Era predecible. Nada de eso se nos ocurrió a N, su mejor amiga o a mí mientras mirábamos el ritual tipo Pachamama que hicieron alrededor de un árbol en la Loma de la Cruz (el punto más alto en el municipio). Aquello era otro síntoma del Zeitgeist. La “unidad latinoamericana” era lo que se movía y la tubería de petróleo estaba abierta así que a alguien se le ocurrió traer unos chamanes sudamericanos no sé exactamente para qué.

El Café seguía siendo el centro de todo. No tenía el mismo aire de los primeros tiempos -bohemia trasnochada- sino que empezaba a convertirse en el lugar de reunión y tránsito. Había otras cosas que hacer. Una furia de eventos más o menos públicos -iban desde fiestas hasta cine debates- recorría todo el país. El municipio no quedaba fuera. Todos estaban ocupados en algo más allá del estudio o el trabajo a excepción mía. Había terminado mi relación con los talleres literarios. En parte, culpo de ello a Edgar o Canteli -con su bagaje cultural eran voces autorizadas- que me convencieron de que no tenía mucho que buscar allá. Me quedaba seguir leyendo. También sentía que no tenía mucho que decir; mis experiencias se mostraban insuficientes; era un impostor.

Hacia finales del año anterior había escrito una novela. Había gastado todos mis recursos literarios en crearla y, por supuesto, no era nada relevante. Se notaba que había leído. Incluso, descubrí el arte de convertir las cosas que me pasaban en algo literario y trascendente; hermoso. Al menos, eso me decían. La cosa se volvió un éxito entre mis lectores -el grupo de gente que iba al Café- por lo que se puede decir que tuve una buena muestra. No afectó mucho mi estilo. Gané confianza en mí pero también constaté que los espacios literarios no sabían dónde colocarme. Envié el texto a un par de lugares. Ninguno me respondió nada y mi pequeño orgullo -junto con mi poemario- fueron relegados al imaginario local.

El resto del grupo se disgregaba. Creo que fue una cuestión de la inercia vital que empezaba a notarse ineludible. El Gordo Oscar se había ido del país. Fue a una misión artística en la Surtidora Petrolera Latinomarenicanista y terminó cruzando fronteras hasta La Tierra Prometida. El primero de muchos. La patria perdió un actor -no es que estemos cortos ni él hiciera la diferencia- y allá ganaron un camionero y partidario rabioso del anti-comunismo. Uno le pregunta y dirá que hizo lo correcto. Todos tenemos la misma opinión pero tampoco es que entendamos la necesidad de estarlo pregonando. Los nacionalismos de ultramar me huelen a culpa.

Ale quedó entre el teatro y la Casa de Cultura. Seguía siendo especialista en evadir responsabilidades laborales y tener ideas locas. Pero la actuación lo enganchó. Quería ser actor pero  también músico e incluir elementos de plástica en su performance. Era consciente de ello. Fue en una conversación de las tantas que tuvimos y lo dijo con su estilo poco elaborado pero contundente. Y lo intentó. Fue la segunda de dos peñas que logró hacer y aquella devino un happening más que una performance. Algo bastante hippy. Hubo poesía -digamos que spoken word– y un momento que aspiraba a ser plástico y performático pero no planeado. El público empezó a bailar en un círculo. La música de fondo era un reggae pero la letra era en español así que debió ser alguno de las decenas de grupos nacionales que han desaparecido sin dejar huella. Bárbaro estaba allí y bailaba. Desde su cómoda altura, decidió quitarse el pulóver y sentirse como el “noble salvaje” -el adjetivo no le quedaba- que era. La recepcionista selló el evento. Su diatriba -y exceso de atribuciones en cuanto a la organización intitucional- contra el desorden (no llegó a decir “anarquía”) y la indecencia (tampoco alegó “pornografía”) fueron de un naturalismo que superaba las pretensiones originales. Mi amigo estaba decepcionado. Edgar lo explicó más como una cuestión generacional que incluía el resentimiento hacia los más jóvenes y un ansia de poder no saciada. “Esa gente los odia a ustedes”. “Ustedes no tuvieron que recoger papas ni todas esas cosas…” explicó “…y pueden vivir con una libertad que ellos no conocieron”. Tenía razón. Todos lo sabíamo pero le tocó a Alejandro sufrirlo en su propia carne. Debió acercarnos. Pero nuestras respuestas a esa realidad divergía hasta el punto de ponernos en pocisiones distintas. Se volcó a ser un party boy inconsecuente. Yo no tenía los medios ni la energía para hacerlo además de que -aunque me guste aparentar lo contrario- suelo involucrarme con las cosas que logran motivarme. Por supuesto, el grupo se nucleó a su alrededor. Yo tampoco giraría en torno a un misántropo sarcástico y cínico enamorado de su lánguida rutina.

Con Dani era una situación más complicada. Decir que era fiestera, no le hace justicia y deja de lado todo el matiz trágico de su estilo de vida. No lo hacía porque fuera divertido. Trataba de escapar a algo pero ella misma no tenía claro qué. No estoy seguro de que llegara a dilucidarlo. Es difícil que uno pueda hacer un ejercicio instrospectivo si está atiborrado de psicotrópicos. Era su estado regular. Desaparecía durante días -a veces semanas- mientras se quedaba en casa de sus amistades fuera del municipio. No era difícil imaginar qué hacía allí. Podría resumirlo a que no tenía capacidad para tomar decisiones por sí misma.

El Zeitgeist cristalizó con la “Fiestas”. Intentaba mezclar varios conceptos -desde los rave hasta las discotecas tipo Ibiza- pero les faltaba un componente estético. Eran cualquier cosa. La gente iba allí por la inercia de hacer algo los sábados para -como Daniela- huir de algo impreciso. N fue a varias. Iba por estar cerca de ella en la creencia de que me serviría como puerta de salida a eso de lo que  también huía. Pero tampoco yo lo tenía claro.