Especial de Año Nuevo

Voy para seis meses en esto. Reconozco que al principio me daba ansiedad eso de ser “Escritor”. No es bonito. Uno se siente como los tipos que hurgan en los tanques, sólo que también eres la basura y la calle donde se despliega el cuadro. ¿Me imaginan sentado frente a una hoja en blanco? Y de seguro todo un despliegue de clichés literarios que nos legó la cultura (alta y popular). Tengo la gata. Está sobre mí – la temperatura ha bajado – pero no quiere que la toque. Fumo. Se ha vuelto un lujo primermundista al que – por fuerza de la adicción y la crisis inflacionaria – estamos condenados. Igual el café.

¿Por qué debería escribir? Sacando la nada despreciable cuestión económica – morirme poéticamente de hambre no es una opción que me anime – debía tener algo que me motivara a seguir. No por amor al arte. No tengo semejante ego, independientemente de que la opinión general diga lo contrario (respecto a escritores y gente que crea en general). Es una “zona gris”. Asumamos que me gusta que me lean – cierta forma de exhibicionismo – pero no es todo. Es bastante más retorcido. Nada como crear una reacción, una huella en mis lectores; alterar el tejido del alma al nivel del imaginario colectivo.

“De pinga…lloré”. Y hasta ahora ese es mi mayor – aunque no único – logro como “escritor”. Es el más puro. Otro momento es más político. Desmontar un mito cultural – y yo vivo en uno que, además, tiene un puesto en la ONU – no es algo que se haga a diario. Estoy en una posición cómoda. Soy una nulidad en el mundo literario – no le gusto a los jurados ni ellos a mí – así que eso me pone lejos de la influencia de las agendas editoriales (sin ánimo de sonar conspiranoico). ¿Salvé un alma? Ni siquiera puedo garantizar que haya cambiado la forma en que ese lector percibe a mí país. El tercero va más de orgullo profesional. Una escritora laureada – casi un mito vivo en su país – se engancha a leerme y le comenta a Caterina – su amiga que viene a verme desde México – lo mucho que ha disfrutado leerme. Quizás sólo sea alimento para mi ego todo esto. Pero pienso que algo debo estar haciendo bien así que continúo.

Escribir no es sencillo. Me puedo pasar el día entre la memoria y la hoja en blanco mientras la vida diaria – la luz que se va; el agua que no entra; los vecinos con la música demasiado alta – trata de sacarme del tema. Estoy empezando a sentirme cansado. Ni siquiera se traduce en algo físico sino en momentos de embotamiento mental. ¿De dónde surge mi cansancio? No sé si es de escribir o de rastrear las historias que cuento hasta conectarlas con ese otro yo que es una especie de autómata que las plasma en blanco y negro. Empieza el año. No soy el único que necesita un descanso así que esta semana decido no publicar nada. Prometo volver con más.