“No quiero medicamentos”. Si algo me daba terror era que me convirtieran en un zombie químicamente lobotomizado. Permanecía la visión de la sala que visité. Ese lugar era todo lo contrario con un aire de pequeño retiro espiritual rodeado por un jardín en las afueras de la ciudad. Justo lo que necesitaba. El doctor me miró con cierta condescendencia y se comprometió a no darme medicamentos. Me asignaron cuarto al momento. Pedí papel y algo con lo que escribir porque, en el apuro, no me había llevado nada. No tenía más ropa que la puesta. Era algo que tendría que solucionar si me esperaba una semana por allí.
“Estoy ingresado…”. Nuevamente, tuve que dar toda la explicación de por qué y cómo había llegado allá. S era alguien muy compasivo. Quizás fuera por una propensión natural pero estaba seguro que tenía que ver con su crianza católica. Y quizás es la razón por la que se decidió a estudiar medicina. Tomó notas de lo que tenía que traerme y un par de horas después llegó con las cosas. Nuevamente, la pregunta pero mirándome a los ojos. Se esforzaba por entender pero creo que la situación la superaba y yo no lograba ser convincente. Mi estado de ánimo cambiaba muy rápìdo. Desde que me habían instalado en el cuarto, me sentía a gusto y sólo quería escribir y conversar. No había podido responder la pregunta de mi prima: “¿Estás loco de verdad?” me dijo cuando le avisé de que iban a buscarme algunas cosas. No me sentía que estuviera fuera de control ni en medio de un delirio. Estaba bien. “¿Y lo dices así?”. No tenía ni idea de qué -y mucho menos cómo- tenía que decir por lo que dejaba la cosa ir por inercia. Había logrado lo que quería. Tendría tiempo para poner mi cabeza en orden y decidir cuál sería mi próxima movida.
Dormí sin miedo a las cucarachas. Estoy seguro de que había alguna por allá pero nada comparado con las historias de horror que había vivido en otros hospitales. La comida no era lo peor. No iba a ganar un premio en un concurso de cocina pero, al menos, incluía proteína y vegetales. Tampoco puedo decir que las enfermeras fueran feas: eran todos hombres. Pero no puedo quejarme de cómo me trataron. El jefe de la sala era un tipo pequeño -me atrevo a decir que un enano- que me dedicó bastante tiempo para conversar. Tuve que cumplir las presentaciones, claro. Después que le conté mi historia, empezamos a hablar de psiquiatría. Era una oportunidad única. No fue una conversación muy reveladora como mismo tampoco saqué mucho de mi corta interacción con los psiquiatras. Se nos unió otro enfermero. Resultó ser hijo de una de las enfermeras que trabajaba en la escuela donde pasé la secundaria. Había crecido. En los últimos quince años había alcanzado la altura y el peso que se esperaba para alguien en su actual oficio. Me hizo el favor de comprarme cigarros. Con eso resuelto, llegué hasta el próximo día -el domingo- sin ningún tipo de percances.
Me propusieron salir al aire libre en la mañana. El portal daba a un inmenso jardín que, si bien no estaba muy poblado, relajaba la vista lo suficiente como para que uno olvidara dónde estaba. No iba a llegar nadie a servirme te. Lo máximo a lo que podía aspirar era a que se sentara a conversar conmigo el enfermero de turno. No teníamos mucho en común. Todo lo que podíamos hacer era comentar sobre la geografía y las condiciones del lugar. “Esto es un campismo” me dijo. La idea de un retiro era demasiado para él pero se acercaba bastante a lo que sentía.
Por supuesto que pensaba en N. Miraba las guaguas pasar y creía que alguna debía estarla llevando hacia el centro de la ciudad. Pasaba por alto que se movía por el este. Las posibilidades eran minúsculas pero encontraba la idea confortante. Ese lugar era propicio a las ensoñaciones. No se me ocurría que la realidad pudiera inundarlo con su peso aplastante. Olvidé el paso del tiempo. Esa jornada; aquella estancia en el jardín pudo durar toda una vida de no ser por el movimiento del sol que borró todas las sombras donde se podía descansar. Volví a mi cuarto a dormir. No recuerdo qué hice el resto del día ni cuál era mi estado mental.
Llegó el lunes. Tenían que decidir qué hacer conmigo y -por cuestiones político-administrativas y geográficas- no iba a quedarme allá. Me entrevistó otra psiquiatra. Concluyó que yo sólo quería llamar la atención y que no era un verdadero suicida. Vino la ambulancia a buscarme. Esta vez me pusieron en la camilla con mi sillón de ruedas y la java con ropa -que jamás usé- justo a mi lado. Iba de vuelta al primer hospital. Una media hora después, estaba allí en manos de otra médica que no se veía muy emocionada por la perspectiva de que me quedara. Yo tampoco lo estaba. El inicio de la semana marcaba el despertar del lugar con todo el despliegue de su naturaleza dantesca. Eché un vistazo de pasada. En uno de los pocos cuartos aislados que había, una mujer acostada en posición fetal lloraba mirando la pared. Otro paciente deambulaba como un zombie. La oficina donde me entrevistaron tenía todas las trazas de ser un criadero de cucarachas.
La negociación fue intensa. Tenía que convencerla de no cumplir con el protocolo de tenerme una semana en observación a riesgo de una sanción por mala praxis. Lo cierto es que la realidad se imponía: aquel lugar no cumplía las condiciones mínimas para tenerme. Aceptó. Tenía un dinero guardado en un compartimento de la billetera para una emergencia que apenas me daría para coger un carro. Un enfermero me acompañó al parqueo. Regateé con uno de los choferes que aceptó lo que tenía por soltarme en el municipio. No llegué a mi casa. Preferí quedarme en El Café y postergar la fase final del regreso. No sabía lo que me esperaba.

