“¿Qué hacías allí?” le preguntó la oficial a Liudegnis.
Por todo el camino, las Suzukis eran una constante. Asomaban a la calle, marcaban el terreno y huían como mismo llegaban. Arriba siempre estaba la misma persona: un oficial del Departamento de la Seguridad del Estado vestido con lo que pretendía ser ropa formal. La intención era pasar desapercibidos pero, lejos de eso, llamaban la atención con la actitud depredadora desatada. Ahora patrullaban la barrera con palos en la mano. Hacían de escuadrón de choque para los cuadros políticos que le ponían el rostro civil. Era la principal vía de tránsito entre ambos municipios. Contener la marea de protesta —en uno y en otro— evitaría tener que desplegar una fuerza mayor.
Liudegnis, Dani y otras diez personas habían escapado al enfrentamiento en el anfiteatro. Eran demasiados como para que lograran detenerlos a todos. Corrieron en dirección contraria al Parque —hacia Regla— hasta el semáforo, justo en la frontera con Guanabacoa. Uno de los que iban en el grupo llevaba la cabeza rota por una pedrada. La sangre le cubría la frente y manchaba la ropa. No quería ir a atenderse —una visita al policlínico podía terminar en un reporte policial— y no quería volver a su casa tampoco. “No pienso parar hasta que esta mierda se caiga” dijo. La cuestión que surgía era si cruzar o no la barrera.
“Ejerciendo mi derecho a la libertad de expresión y a manifestarme de manera pacífica… eso no es un delito…” le respondió Liudegnis a la oficial. “¿Qué derecho? ¿De qué derecho tú me estás hablando?” le respondió. Empezó a enumerar situaciones de caos en abstracto —“tirarle piedras a instituciones gubernamentales… parar el transporte público… violencia…”— como una acusación tácita. Ninguno de los manifestantes (en su recorrido) había sido violento, atestiguó la interrogada. La respuesta estaba en el Poder Popular —la mujer insistió— que existía para darle respuesta a “cualquier inquietud” que tuvieran. “¿Y por qué cree que íbamos para allá cuando nos detuvieron?”.
El grupo era, sin lugar a dudas, un foco. La manera en que los miraban al pasar los puntos de control —una amenaza velada— lo dejaba claro. Pero el plan no era que los detuvieran. Estaban buscando otra manifestación, por pequeña que fuera.
El muchacho lo supo al verlos avanzar y se les unió. “¡Díaz-Canel singao!” fue el saludo. “Caballero, estoy vendiendo medicamentos por si les hace falta… barato… por ser ustedes… ¿cómo se dice?”. “Hermanos de lucha”, lo corrigieron. Su entusiasmo sugería que probablemente se había automedicado. El panorama —el ambiente mismo— era intoxicante. Las calles se alargaban; se volvían infinitas hasta la próxima evasión y en cada esquina sucedía una.
La patrulla se detuvo. Los policías —uniformados esta vez— fueron directo hacia el muchacho. Lo arrastraron hacia la patrulla. Dani logró agarrar uno de los pies. Alguien más tiraba del otro y el resto se metía en el medio —empujaban con el cuerpo— para evitar que lo metieran por completo y esposado en el carro. Los oficiales se sabían superados. Eran sólo dos contra casi diez y, aunque iban armados, no tendrían refuerzos en un momento inmediato. La situación era demasiado volátil. Arrancaron sin haber podido terminar el arresto. Se sentía como una victoria. Pero no podían regodearse en ello. Tenían que seguir moviéndose.
“Entonces, ¿reconoces que cometiste un delito?” preguntó la oficial. El interrogatorio había sido determinado desde el primer momento por la acusación —un cargo por desórdenes públicos con o sin agravantes— que sólo requería su firma. “Me negué…” dijo “…sólo firmé mi declaración”. Y ahí empezó el careo. El marco político salió a relucir al momento. ¿Por qué protestaría la gente en un país donde nadie pasa hambre? Tenía que ser todo parte de un plan del enemigo —de qué otra manera pudiera ser— que los estaba instrumentalizando. “Yo actué por voluntad propia” le respondió. La trampa inquisitorial quedaba cerrada con una auto-inculpación.
En una calle, ya cerca del Policlínico de Regla, un grupo patrullaba con palos en la mano. Vieron al grupo de Liudegnis en la distancia y se quedaron observándolos fijamente durante unos instantes. “¡Patria y Vida!” gritó uno de ellos. Una de las muchachas respondió con la misma frase. Antes de que pudiera correr, la tenían rodeada. Dani trató de sacarla pero varias mujeres la empujaron al piso. Quedó sentada; haciendo la “L” de “Libertad” con ambas manos y gritando sus consignas. En esa misma posición la levantaron por debajo de los brazos y la metieron en la parte de atrás de un carro.
Liudegnis también fue rodeada. Un grupo de mujeres le iba arriba con insultos y la amenaza de una golpiza. Levantó las manos para mostrar indefensión. Un hombre —probablemente un oficial de la seguridad— gritó “¡Sin violencia!”. Fue un policía —uniformado— quien la cargó mientras una mujer la inmovilizaba. “Era vecina mía”, me cuenta. Dani me dice que vio como la agredieron —“…le dieron tremenda galleta…”— pero parece que, entre tantas cosas, es un detalle fácil de olvidar. O, quizás, prefiere que así sea. Terminaron ambas en la parte de atrás del mismo carro. “Nos miramos con angustia, pero también con alivio de estar juntas…” me cuenta. En un televisor, oyó a Díaz-Canel dando la orden de combate. Debió ser una retransmisión.
Las llevaron a la estación de policía de Regla. El Kaki no estaba por allá. Después empezaron los interrogatorios. Terminó esa sesión y las trasladaron a las celdas donde volvieron a estar juntas. No quedaba muy claro que iba a pasar. En los días siguientes, siguieron llevando detenidos. Los custodiaban un par de policías uniformados que, por supuesto, no eran de La Habana. A él lo nombraron El Señor Cara de Papa y a ella La divina Lola. “No se pusieron de acuerdo en quien sería el policía bueno y el policía malo…” me cuenta “…pero ella era la que más gritaba, dando golpes en la mesa como si estuviera dando un show”.
Les tomaron huellas y muestras de orina. El papel continuaba esperando por la firma. Al otro día insistieron. “Quizás el no firmar ese papel puede que me haya salvado la vida”.

