Era un lugar tranquilo. Quizás se debiera a su relativo aislamiento o a una superstición internalizada. O pudiera achacarlo al ambiente. Tenía toda el aura de un antiguo monasterio a pesar, y la ironía en ello era inmensa, de que resultaba un foco de modernidad en un municipio que parecía ir en dirección contrario al paso del tiempo. La calma -que no se esperaba en un lugar lleno de niños y tránsito continuo de personas- invitaba a quedarse allá. Nada se le parecía en los alrededores. Tampoco creo que fuera un reclamo de la mayoría de la población; los que necesitábamos más que lo ofrecido por la realidad.
Empecé a ir cerca de los diecisiete. No había una biblioteca decente en todo el municipio desde hacía cinco años. Estaba en reparación. Y se mantuvo así hasta que volvió a abrir tan sólo para cerrar antes de que me enterara de que estaba funcionando. No tenía mucho que leer. Fue una amiga de mi abuela -y mi exprofesora de segundo a tercer grado- quien me avisó del lugar. Conocía la Iglesia. Había estudiado en la parte que gestionaba el Estado -un inmenso complejo- hacía un par de años. El conjunto era conocido como Los Escolapios. Tras casi cincuenta de nacionalización, todavía conservaba esa identidad de centro católico con anécdotas familiares -un tío abuelo había estudiado allí- y algún otro episodio que contaban los viejos. Había dos accesos al complejo. Uno era a través del parqueo -del que aprovechaba la rampa- y otro por una ancha escalera de granito que daba justo a uno de los portones del templo. A la izquierda de esa entrada, había una verja. Un largo camino de asfalto llevaba a una puerta que era la entrada del Centro Cultural que quedaba oculto por un muro y oculto a la vista.
No encontré tanto. Había algunos bestsellers y thrillers interesantes a la vista pero era necesario escarbar en los estantes para dar con varios clásicos. Pasaban desapercibidos. A esa edad, yo mismo no tenía ni idea de qué estaba ahí -pasé de Camilo José Cela y no puedo decir cuántas cosas más- pero iba buscando algo que me habían recomendado. Orwell era un mito. Años después, ese mismo 1984 se publicaría, con total desfachatez, por una editorial del Estado. No sé porque tenía tanto interés. Fueron años antes de que me politizara -y creo que ese libro fue una de las causas- así que supongo me atrapó el morbo de lo prohibido. Estaba prestado. Fueron varias rondas de lecturas y entregas antes de que diera con él. Y después seguí iendo.
Hice amistad con la bibliotecaria. Era el tipo raro que iba a buscar libros raros -lo que de alguna manera era la norma del lugar- y además me esforzaba por serle agradable. Era una especie de sex symbol. Llegó la universidad y era justo en la parte estatal del inmueble. Ya tenía computadora. Mi consumo literario se había desplazado al formato digital -me daba opciones más precisas- pero iba de vez en cuando. Muchos de mis compañeros la utilizaban. La información iba pasando de boca en boca y en muy corto tiempo, y a pesar de no estar tan a la vista como otros, se hizo popular. Tanto así que un día lo mostraron en televisión. Fue en uno de esos programas de propaganda estatal -una prefiguración de La Hora del Odio con pretenciones informativas- que se habló de una reunión de la contrarrevolución justo allí. Hacían énfasis en su líder. Pudiera decirse que fue el movimiento político más exitoso que ha habido en nuestra historia reciente hasta que el hombre murió en circunstancias no aclaradas.
Años después conocí al cura que propició aquel encuentró. Era un catalán inmenso -se pudiera decir que era la versión en tiempo real del fraile Tuck en Robin Hood- y hacía de coordinador del centro. Fue mi profesor. Daba una asignatura relacionada con interpretación de textos y tenía la habilidad de hacer que disfrutáramos lo que era una tortura. Nos ponía un texto y a chocar contra él. Justo cuando creíamos que teníamos el tema ya agarrado por las costuras del discurso católico, nos salía con un cuestionaminto digno de la Ilustración. “La Biblia es sólo un libro”. Alguien le había argumentado la credibilidad de un texto basándose en su inspiración divina. El comentario venía de un sacerdote. Y sucedía en un espacio auspiciado por la misma Iglesia que basaba su autoridad en el mismo texto que se ponía en dudas. El episodio era una leyenda.
El curso rompía con la disciplina educativa a la que estaba acostumbrado. Era un Diplomado en Humanidades. Sería avalado por un centro universitario en México -la Cristóbal Colón de Veracruz- y el programa era la antítesis de la ideologización estatal. Al menos, era la pretención. Los exámenes podían ser tan rigurosos o más que en la carrera que había dejado. Dependía del profesor. Gramática, y eventualmente literura, la impartía la que había sido jefa de cátedra del otro lado del complejo. Había cierta familiaridad. Después de varios años lidiando el uno con el otro -dejé el curso varias veces antes de finalmente completar los dos años (y seis meses de acceso)- pasamos a ser amigos.
Unos amigos me avisaron del Diplomado. Aquella vez lo dejé por una especie de eco de mi crisis universitaria de hacía apenas dos años. Volví a intentarlo aquella temporada previa al colapso. Entonces, apenas entrando al segundo semestre, me quedé sin cuidador -el episodio de Emilio- y en los meses siguientes fue toda la hecatombe existencial. Era un punto de inicio. Me prometí que lo iba a terminar sin que nada me detuviera. Además, abrieron un segundo Diplomado de Filosofía Contemporánea. Era sólo los sábados y me daba un motivo sólido para estar fuera de casa. El horario era incómodo. Por suerte, mi ayudante de entonces vivía en la misma cuadra así que no me era imposible estar allí a tiempo. Parecía que me había hecho de un plan para una temporada.

