Ante todo, debo decir que esto es una historia de amor y no espero sea interpretada de ninguna otra manera. Mi nombre no es importante. Tengo 37 años y soy contemporáneo a la otra protagonista de estas páginas, que comienzan una madrugada de verano en el Bahía Blue, cafetería ubicada frente a la piquera desde la cual yo tomaba pasajes y a la que siempre regresaba a merendar pasadas las doce. Un establecimiento grande, enrejado, con su nombre en altos neones blancos y azules y un saloncito de siete mesitas coloniales con sus respectivas sillas de hierro.
Allí conocí a Gabriel, uno de los tantos trabajadores nocturnos de los hoteles de Varadero que a medida que iban llegando recalaban en el lugar por tiempo indefinido, pedían comida, café o cerveza, como si por alguna razón desconocida pero constante quisieran evitar la llegada a sus casas.
Era chef —creo que en el Sirena Coral— y aunque solo nos conocíamos de vista en una ocasión se me acercó y me dijo que me quería proponer un business. No era alto, pero apenas llegaba al Bahía Blue se quitaba el grueso camisón del uniforme para quedar en pantalones y camiseta, para invocar con su espalda esculpida en algún gimnasio cercano el vicio de la desnudez, el ocio blanco de los dandis aun de madrugada, sudoroso, después de seis o siete horas de trabajo, después de montar las aparatosas mesas bufet, de sonreír a rancios extranjeros y ya desde el hotel llegar a un casi estado de embriaguez que agravaba a consciencia donde ahora estaba conmigo (el saloncito del Bahía Blue) aunque, debo decirlo, sin llegar a emborracharse nunca. Tenía el pelo negro, peinado al lado, el rostro afeitado siempre y un gran maorí en el brazo derecho que esa noche por primera vez pude ver de cerca, cuando se presentó extendiéndome la mano.
—Pensé en ti —me dijo—, porque tu carro es grande y cómodo. Además, se ve que eres una gente seria.
Imaginé que había robado en el hotel algo demasiado grande para moverlo en la moto que tomaba siempre desde la piquera, que yo protagonizaría un traslado fenomenal y bien remunerado, pero entonces —después de llamar al dependiente y pedirle dos cervezas—, me habló de su madre por primera vez. Luego sacó una caja de cigarros y una fosforera, encendió un cigarro y habló de la caída, del esguince en el empeine del pie derecho, de las muletas, de los viajes al hospital en teoría apacibles que iniciarían al día siguiente en caso de que su propuesta me interesara. Habló de los horarios; trajeron las cervezas —una era para mí— y finalmente, cuando me trajeron la merienda que yo había ordenado desde antes, habló de una paga más que generosa.
No parecía un trabajo difícil a pesar del reajuste de rutinas al que tendría que someterme, no obstante, algo me seguía resultado extraño o artificial: la paga misma, quizás la especie de tensión en que Gabriel parecía vivir por adelantado, el brillante maorí en su brazo como símbolo dispuesto a una interpretación que yo nunca supe hacer o que en el fondo no me interesó.
Ante mi silencio, ante mis ojos hepáticos e imperturbables recuerdo que me preguntó si me parecía poco dinero. Le dije que no, pero como la música no lo dejó oír y lo vi separar el tronco del espaldar de la silla para acercarse, le repetí que el pago estaba perfecto. Entonces, cuando terminé de merendar, Gabriel fue hasta la barra, pagó también mi cuenta y juntos dejamos el Bahía Blue y salimos a la piquera, en donde mi carro —el majestuoso Chevrolet heredado de mi padre— parecía descansar como un animal de mucho pedigrí en una oscuridad que no era absoluta, en un silencio mermado por la propia música del Bahía Blue, de los otros centros nocturnos de y las voces acusantes de los boteros contra la gente que iba y venía desde alguna parte.
—¡Taxi! ¿Taxi-moto, socio?— Voces neuróticas, como si el pasaje importara más que el dinero en sí y el cumplimiento de cada viaje (cada cliente que revelase su destino y hacia él fuese conducido) formara parte de un lenguaje más profundo, de una inagotable polifonía entre la noche, la gente y la ciudad.
—¿Puedo? —preguntó Gabriel dentro del carro, en camisetas, mostrándome educadamente su caja de cigarros.
—Te agradecería que no —le respondí—. El cigarro mató a mi padre.
Lo recuerdo como si fuera ahora. Era todavía julio y el aire daba una y otra vez cálidos bandazos. Recuerdo como me indicó la dirección que no era lejos de allí y entonces por primera vez subí hasta la casa al final del Reparto Iglesias, en un barrio en crecimiento, con calles sin asfaltar y áridos de construcción a la intemperie nocturna.
Pese a mi resistencia, cuando llegamos también me pagó el viaje y me dijo, ahora que ya conocía la dirección, esperarme allí a la mañana siguiente. Conduje de vuelta; lo imaginé dentro de unas horas huraño y descamisado, sin alistarse; le atribuí el mal carácter con el que despierta cierto tipo de gente en la que por alguna razón lo había incluido a la fuerza. Sin embargo, a la mañana siguiente, no era él quien me estaba esperando.


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