La armonía final

Digamos que sí hay un sentido oculto en la realidad. Lo que sucede no es azaroso sino producto de algún movimiento trascendental -como una armonía demasiado compleja- que se escapa a nuestra habilidad para apreciarla. Es fácil entender cómo se llegó. Lo difícil es cómo se inserta nuestra partitura -acaso un instrumento o una sesión- en medio de la obra. Imaginen descubrir que se es parte de un contrapunto. Uno no puede menos que sentirse abrumado ante la inmensidad de la creación. La otra melodía dicta nuestro sentido. Alejandro, al otro lado de la mesa, era la otra parte de eso que se da en llamar el cumplimiento del zeitgeist; la cresta de la ola en la carrera del fracaso generacional.

“Papu… Lo que tengo que contarte”. Su cara de shock me decía que iba a ser uno de esas historias como las que solía contarme en los viejos tiempos. Las cosas habían estado aburridas. Quizás no fuera el término correcto para el ambiente general pero si describía su estilo de vida o, al menos, yo lo percibía. Tampoco diría que era un Limbo. Estaba metido en su papel de padre y conectado con Blúmer que, en ausencia de otros, se había convertido en su único proyecto artístico. Tenía toda su vida resuelta. Hacer las cosas, ya quedaba como una decisión suya que podía -en mayor o menor medida- asumir.

“Me cogieron fumando”. Me transportó a la época, cuatro años antes, en que se escondía de su  madre para fumar. Me refiero al tabaco. Ni pensar que ella concibiera que su retoño se dedicara a las drogas u otras perversiones. No es que fuera puritana. Se limitaba a no prestarle atención al elefante en el cuarto y seguir con su vida lo mejor que sabía. La neumotórax tuvo la virtud de la restauración moral. Pero que Alejandro lo hubiera asumido -y realmente creo que lo hizo- no significaba que se hubiera retrotraído a sus diecinueve o veinte. No hablaba de un cigarro. “Estuve todo el fin de semana preso…” aclaró “…sin tener muy claro qué iba a pasar”.

Era la bala que todos evadimos. En algún momento, me di cuenta de que no estaba hecho para vivir entre tiroteos -gracias, Puppy- y elegí, por decirlo de alguna manera, el camino medio. No era abstemio. Pero tampoco era un gran entusiasta de las drogas, la adrenalina y toda la parafernalia del fumador alegre e irresponsable. Me sentía bien en tierra de nadie. Alejandro tenía más razones para acampar allí -le iba la vida en ello- pero también tenía muchas más predisposiciones para brincar por el barranco. Había una historia. No me atrevo a decir que se aburriera -tampoco lo descarto- pero puedo asegurar que su realidad se estrechaba hasta dejarle poco margen de movimiento. Lograba sortear la paternidad. Creo que lo volvió el espacio sagrado; el remanso de orden donde el caos no podía afianzar su presencia. Blúmer era un vínculo con el pasado. No llegaba a los niveles de antes de la neumotórax -mucho menos a la épica de antes de que su hija apareciera en escena- pero era lo más cercano al sueño adolescente de ser estrellas de rock que jamás iba a estar. Todo ello estaba atravesado por una realidad ineludible: en unos meses se iría del país y todo ello quedaría en los registros de lo que pudo ser.

“Ustedes están embarcados…” le decía el tipo que vigilaba las celdas. Eran tres los detenidos. José era un tatuador -me hizo un único trabajo- que había estudiado con él y Rafa, un socio del barrio de toda la vida. Imagino que fue una expedición improvisada. Uno de ellos dos andaba con algo de yerba, o iba a comprar, e invitaron a Ale que, para entonces, negociaba con la idea de que la marihuana era más saludable que el tabaco. El resto de la historia es un cliché. Los tipos salen de casa del jíbaro (el dealer) y a los pocos metros -quizás unas cuadras- se materializa una patrulla como por arte de magia. No van al azar. Pero nadie mira la situación con el suficiente espíritu de sospecha como para darse cuenta de que es demasiada casualidad. Ellos mismos no lo hicieron.

“Me eché a dormir…” me dijo. Le dio tiempo a tirarlo pero no es como que eso fuera a hacer una diferencia. Siguieron varios interrogatorios. Pero esos no eran lo peor de todo sino las horas que lo dejaban para pensar en su futuro en medio de las cucarachas, pulgas y el vaho de las aguas albañales. Lo avisaban para comer. No le pregunté que le servían pero no imagino nada dentro de los límites del decoro en aquella sucursal del Infierno de Dante. Se notaba que la experiencia había calado. En varios años de conocerlo -y lo había visto pasar por más de un desastre- jamás su rostro dio tantas señales de shock. Su vida desfilaba ante sus ojos. Salió solo con una multa, muy mala vibra familiar por una temporada y la conciencia de lo mucho que podía perder.

Su estatus de oveja negra se restableció. Y entonces trató de revertir el orden de las cosas y volver a encajar en su pequeño idilio tambaleante. Era una carrera contra el tiempo. La conciencia de su situación lo llevó a intentar reparaciones a lo largo de sus últimas vidas. Entendía su proceso aunque él no lo hiciera. Trataba de cerrar todas sus cuentas pendientes y, como era de esperar, actuaba sin medir consecuencias. Lo movía el sentimiento de pérdida inminente. Aunque no me alejé, tampoco estuve para él como solía hacerlo anteriormente. Escapaba a mi control. Mientras él corría de un lado a otro tratando de decirle a todos sus heridos cuánto los amaba, yo trataba de retomar el control de lo que daba en llamar vida. Aquel fin de semana ambos tuvimos experiencias raras. Yo no había pasado por el Infierno -una celda de prisión- pero sí tuve mi propia experiencia en el Purgatorio: un hospital psiquiátrico.