“Hermano, ¿sabes algo sobre la Casa de las Cadenas?” le pregunté al tipo. Era un cincuentón, justo en el grupo etario de mis padres, que iba a comprar algo —probablemente cigarros— en El Faro. Yassel, cuatro años más joven que yo, nos miró descorazonado. Esperaba que el lugar fuera un referente en Guanabacoa. Resulta que los informados éramos un grupo de inadaptos entre veinte y treinta años y no entre los que, se suponía, estuvieran más identificados. “Creo que fue el tema que me politizó” dice Remy, sentado frente a mí, años después. El término que usa es “despertar intelectual”. Tenía diecisiete años cuando empezaron a derrumbarla. Además, cerraron la calle con un muro de bloques. Era ideal para dejar un graffiti: “Esto se cae… Todos por Guanabacoa…”. “¡Era muy cheo!” me dice entre la risa y la vergüenza.
Remy era alguien lejano a mí en el Universo de Guanabacoa. Lo veía pasar por la calle del Café pero nunca entró, al menos cuando yo estaba. Bromeaba con que era el Hijo Perdido de Alaín. Ambos eran inusualmente rubios y ponían actitud de asesino serial. Mientras yo estudiaba en Los Escolapios, él iba a talleres de dibujo en el Convento de Santo Domingo. Nunca coincidimos cuando se reunían ambas comunidades. El lugar, para él, fue el descubrimiento de lo sublime en lo cotidiano. La Iglesia —hasta nuestros días cerrada al público por deterioro— tiene uno de los techos más hermosos que he visto. Se comentaba que Tomás Sánchez —uno de los pintores cubanos más cotizados— estuvo interesado en repararlo. También se dijo que La Oficina de Patrimonio lo obstaculizó. “Mi relación con los lugares era afectiva”.
“Yo crecí con acceso a información” me identifico en eso que dice Remy. Desde antes de que el Paquete fuera algo popular —contaminando el inconsciente colectivo con novelas turcas y Caso Cerrado— ya la información corría de PC en PC. Hace unos quince años, Los Aldeanos estaban alcanzando el pico de popularidad. Porno para Ricardo llevaba más tiempo aún. UNPACU y las Damas de Blanco ya eran algo de conocimiento público —el mismo Estado les hacía propaganda— y se movía mucho material sobre ellos. Hasta Payá y el Proyecto Varela formaban parte del imaginario político en algunos sectores. “Con trece o catorce años sabía qué era el Remolcador XIII de Marzo”, me cuenta.
En Guanabacoa había un intento de Movimiento Cultural rayando en lo autonomista. Años antes de la REF y el Proyecto X —una respuesta a la red clientelista del Ministerio de Cultura, UJC y FEU— ya Hansel, Cristián y Andi (núcleo de lo que era NOR-K) habían lanzado “¡Hogar, Dulce Hogar!”. Fue proyectado en la escuela de Remy. “Mi hermana era amiga de ellos así que lo había visto antes”. No recuerda si lo vio primero en la galería (Concha Ferrant) pero nos sirve para recordar la zona mientras tomamos cerveza. El documental también hacía hincapié en la Casa de Carlos Rollof —otro inmueble, de madera entre tanta mampostería, que pasaba desapercibido— y hacía un paneo por el patrimonio local. “Una de mis profesoras vivía allí…” me cuenta “…y había heredado la casa del marido”.
“Antes del 27N, pasaron cosas…” empieza un ejercicio de memoria. El circo del Referendo Constitucional provocó que varios alumnos fueran expulsados de la Universidad por criticar. Amel era conocido nuestro. Terminó —como tantos otros— yéndose de Cuba. A Tania Bruguera la habían “arrestado” —por decirlo de una manera delicada— varias veces en el transcurso de ese año. “Lo de San Isidro fue demasiado…” hace un recuento del operativo policial “…eran un bulto de policías para detener a catorce gente que estaban haciendo, ¿qué?”. Caemos en la cuenta de que nosotros crecimos (nos formamos) en medio del “deshielo”, un par de años de mayor libertad y turismo. Los actos de repudio volvían a estar de moda. “Ya no había vacilación posible”.
“Estaba fundido del trabajo en la escuela…” Remy tenía que cumplir una disciplina —más política que laboral— y lidiar con todos los cuadros administrativos. Ese viernes no tenía datos en el teléfono. No se enteró de lo que pasaba hasta que llegó a la casa —pasadas las cinco— y se conectó a la WiFi. Desde las diez había una sentada frente al MINCULT. “Eso está bueno… ¡Hay que ir pa’llá!”. Avisó a su madre de que iba a salir. Coordinó con un amigo que llevó agua para repartir a los otros asistentes. Los policías lo dejaron pasar sin problema. “La verdad es que no estaban para nada, al menos esos con los que me tropecé”.
“¿Dónde tú estás?” le preguntó la madre por el teléfono. “Ya sé… Tu padre va para allá”, siguió diciendo. Al rato llegó el hombre pero, como Remy mismo cuenta, lo hizo por indignación propia y no por cuidarlo. Así estuvieron, entre conversación y expectativa, hasta que el ambiente se tensó cuando apagaron las luces. Ya el hijo se estaba aburriendo con esa situación donde nada sucedía. La gente empezó a cantar —quizás para ahuyentar el miedo— y matar el tiempo. El padre había visto guaguas con posibles brigadas de respuesta rápida. Un grupo marchaba hacia ellos sin que pudieran determinar, en medio de la oscuridad, si los venían a apoyar o reprimir. Se esperaba una tumultuaria. Un tipo —presuntamente un provocador— propuso gritar “¡Abajo Díaz-Canel!”. Lo calló la multitud para seguir con el himno. Hasta que salió el viceministro Rojas y declaró una tregua. “Y nos fuimos para la casa”.
“Al otro día, mi padre casi le lanza un vaso al televisor”. Humberto López salió exponiendo su teoría —un delirio conspirativo— sobre un golpe blando y terroristas. En la escuela empezaron a hacer actos de repudio. Eran en abstracto —versiones del “Minuto del Odio” en 1984— y condenaban a partir de la propaganda estatal. Remy estuvo unos meses tratando de pasar desapercibido. El director se lo tomó personal y empezó a presionarlo para que perteneciera al Sindicato. Se negó y renunció el 30 de abril, mientras Leonardo iba preso. Empezó a trabajar como custodio en el Convento de Santo Domingo. “Tengo que reconocer que disfruté todo eso…” dice. “Si no te mueve participar cuando tienes esa edad, estás muerto”.

