La fugitiva

Ver a alguien crecer es raro. Quince años —y Dani estaba a punto de cumplir los suyos— son toda una vida. No sé qué pensé al verla. Si recuerdo lo que le dije cuando tiempo después me contó esa primera impresión: “¡Qué tipo más pesado!”. “¡Qué chiquita más fea!” le respondí. Ambos nos reímos y continuamos hablando de algo más. Quizás sí pensé eso. Si la comparaba con el resto de las que iban —casi todas en un rango de edad similar— no destacaba por su belleza pero su aspecto sí es algo a mencionar. Era la perfecta encarnación de una nerd. La típica gordita de pelo corto con espejuelos y acné que oía Rock & Roll y llegó al Café acompañada por el padre que quería saber con quién se reunía la hija.
No voy a contar nuestra historia. Antes de que nos encontráramos, ella tenía mucho que contar y yo sólo me apropio de lo que recuerdo. No sé cómo se conocieron sus padres. Sus historias parecen las arquetípicas de toda una generación: dos integrados al sistema que fueron desechados. Él, un exmilitar, y ella, una exfuncionaria. Ambos adoraban al líder de la Revolución como si fuera Dios —todo bondad y poder— en la tierra. El Rojo —lo llamaban por su apellido— era un personaje. Dani era la menor de unos cuantos hijos como correspondía a un hombre de su generación. No sé cuánto pudo ocuparse de cada uno. Eso no lo detuvo de dejar el curso de la naturaleza correr mientras se dedicaba a su vida de soldado en África con un par de guerras inútiles de las que se sentía orgulloso. De una —creo que Angola— regresó malherido. No creo que nadie salga intacto del horror pero es evidente que vivió lo suficiente para volverse alcohólico. Era evidente que tenía sensibilidad. Su hija —previendo su muerte años antes de que sucediera— grabó una de sus canciones con la que había ganado un premio local de bastante prestigio. Era hermosa incluso para mis estándares. Pero pasar de la vida castrense al desorden absoluto de un bohemio alcoholizado me hace pensar un poco en aquello de la muerte de Dios. Una ética —o política— pueden estar vacías de contenido.
Elizabeth era otra pieza. Sé que tuvo —al menos— un matrimonio antes de conocer al Rojo. Dani tenía un hermano mayor por parte de madre. No sé cómo o por qué llegó allí pero supongo que fue la clásica pulsión de buscar una figura de autoridad masculina y un exmilitar mujeriego parecía justo lo que necesitaba. Creo que el alcoholismo lo saboteó. Como muchos conservadores de su generación —ante la muerte de Dios-Estado que sucedió tras la caída de la URSS— se refugió en la Iglesia Protestante. No hay gran diferencia entre la congregación y las masas. Y el conservadurismo moral de un Partido Marxista-Leninista no es muy diferente de la prédica luterana ni en medios ni en fines. La apóstata se sintió a gusto. El Pastor era un hombre recto —no como el borracho del padre de su hija— y no pasó mucho para que ocupara el lugar dejado por el otro. No hubo escándalo esa vez. Sospecho que todas las partes fueron igualmente culpables y el Consejo de Iglesias no quería empañar la obra del Señor (era una congregación creciente y próspera). También apañaron el escándalo de malversación. Le permitieron irse con todo su dinero malhabido y parte de los feligreses a seguir con su negocio floreciente. Su esposa lo siguió como buena cristiana.
La inteligencia puede ser una maldición. Elizabeth me cuenta que antes de poder hablar, Dani podía identificar los colores. No fue lo único en lo que destacó. Tenía talento para la música, las artes marciales y el ajedrez pero, a los ojos de un celoso cristiano, eran todas actividades sospechosas de “infiltración satánica”. No voy a hablar del Metal. Era abiertamente anticristiano y hedonista en su mayoría así que no vale la pena discutirlo pero la lista se extendía a todo lo que no fuera explícitamente devocional e incluía a lo culturalmente idiosincrático por sospecha de idolatría. Pasó con una camiseta de Cupido. El juego de mesa era una representación de la lucha entre las potencias celestiales e infernales lo que —es sólo algo que asumo— da la posibilidad de asumir un papel vedado al hombre y, por tanto, potenciaba la soberbia o —peor aún— coqueteaba con la peligrosa idea de que las escrituras no fueran infalibles. Lo otro no era lo suficientemente femenino. Tengo la teoría de que detrás de esa rectitud —por parte de su padrastro— había un deseo patológico de ejercer la autoridad patriarcal y deshacerse de la carga que representaba la chiquilla. Representaba un gasto. Pero también era un recordatorio vivo de su propia conducta pecaminosa e hipócrita.
Dani aguantó hasta los catorce. Prefirió irse a vivir con el padre alcohólico que seguir con los dos puritanos enajenados aunque tuviera peores condiciones de vida. La cristianización no había salido bien. No sabía jugar ajedrez ni defenderse pero —parafraseando a Diego en Fresa y Chocolate— igual era tortillera y le gustaba el Metal Extremo. No sé cómo llegó al Café. Sacando cuentas, debió ser a finales de agosto porque estaba invitando a todo el mundo a su cumpleaños que es el veintisiete. Le insistió mucho a Jenny la actriz. No fue lo más acosador que haya visto pero siempre tomo notas de esas cosas para evitar meterme donde no soy bienvenido. Tampoco es que sirva de mucho.
Oí algún comentario sobre aquella fiesta y algún melodrama cuyo motivo no puedo ubicar. No sé cómo empezó mi relación con Dani. Supongo que entre tanta gente que iba al Café, yo destacaba por tener buenos temas de conversación (o tan siquiera tenerlos). Ella pasaba mucho tiempo allá. Evadir la beca —una de las más prestigiosas del país— era un ejercicio que requería espacios en los que esconderse. No fue una brillante idea. Estaba a plena luz y era cuestión de tiempo para que la descubrieran y fui a quien El Rojo culpó. No sería la última vez que algo así sucedería.