La locura de muchos

El Toque de los Dioses es algo peligroso. Si te eligen para ver más allá del velo, tu mente quedará abrumada – quizás incluso se quiebre – ante la visión de las cosas que han sido cubiertas a los ojos. Crecí en un mundo religioso. Mi abuela hablaba de que su madre servía de vehículo para los espíritus en una versión local de las prácticas de Allan Kardec. Ella misma tuvo el don. Veía cosas y le daban ataques de llanto – las típicas perretas infantiles – cuando pasaba por lugares donde habían sucedido muertes violentas. Su padre trató de corregirla. Un corrientazo en la cintura que lo dejó sin fuerzas impidió la golpiza. La solución vino por una santera. Realizó un ritual – no sé los detalles pero me imagino que implicó ofrendas, uso de planta y, quizás, algún sacrificio – que la dejó siendo una niña común y corriente.

Años después nací yo. El evento estuvo rodeado del drama y disfuncionalidad de mis padres – una adolescente traumada y un mujeriego violento – y las mezquindades moralistas de mi familia. A los dos años me detectaron la enfermedad. La causa del mal pasó de ser la “locura” de mi madre a una maldición lanzada por una mujer celosa. Me hicieron muchas consultas espirituales. Mi madre se aficionó a llevarme a cuanto brujo, espiritista o gurú le recomendaran. Terminaba siendo un gasto de dinero. La recomendación más común era que tenía que hacerme Santo lo que, por supuesto, costaba – y cuesta – miles de pesos. No voy a decir que salí impoluto. Me hicieron una consagración menor, Los Guerreros, y durante años tuve cierta fascinación por el tema. En mi adolescencia cambió. No sé si fue la experiencia de la muerte y la orfandad; tener otro entendimiento del mundo; no tener vivencias que respaldaran mi posible entusiasmo. Le dije a mi abuela que no me iba a ocupar de eso. Dispuso de ello – no me interesé por los detalles – y la vida continuó exactamente igual. Mi mente no es tan abstracta. Poner mi vida en función de lo que un tipo dice que unas piedras le revelaron, me supera. No perdí el interés por la religión. La posibilidad de que hubiese algo que no pudiera explicar me intrigaba.

Guanabacoa es una realidad fracturada. Por debajo de la normalidad racional y moderna – dominada  por el materialismo histórico y los ideales ilustrados – hay una multitud de gente con un pie en el mundo de lo sobrenatural. Parece salido de un documental sensacionalista, lo sé. Basta con caminar socializar lo suficiente para que alguien que acabas de conocer, con sólo unos minutos de conversación, te haga una “consulta” espontánea, en plena calle, por inspiración de los muertos. Es una institución local. Suelen ser mujeres pero también se lo he visto hacer a hombres consagrados a la religión. Es una manera de buscar clientes. Basta con leer el lenguaje corporal del interpelado y, por regla general, atinan a decir algo con lo que se puede identificar. Es pura teatralidad. Hay que mostrar seguridad en lo que se dice pero, ironía, la idea es que el otro confirme lo que dicen (por revelación). ¿Se equivocan? Siempre está la opción de seguir el interrogatorio hasta que den con algo que funcione. Mientras más difuso, mejor. “En tu vida hay una mujer/hombre…” y cualquier adulto tendrá uno, otro, ambos e, incluso, varios. Ya te tienen receptivo. De ahí te develan el laberinto de envidia, traición, espectros y magia en el que serán guía y protección. Parece una estafa. Pero el mismo concepto implica una conciencia de que se miente y de que se ofrece espejismos. La verdad es que se lo creen. Viven la vida como si fueran hojas tratando de controlar (y entender) la corriente del río que las arrastra. Pero ¿quién no? Por supuesto, yo soy susceptible de que me cuenten mi historia hasta con lujo de detalles.

Tuve mi pitonisa particular. Era una loca con necesidad de atención severa y una mitomanía que avergonzaría a un político. Ella misma era una ficción. Me contaron que de adolescente era una belleza, miel para las moscas, pero tras muchos años de mala vida – estupefacientes, relaciones de mierda y un hijo – se le estaba pasando. Su universo iba hacia el colapso. Nunca había trabajado y la mantenían los padres o el novio de turno en lo referente a fiestas. Le tocaba ser interesante. No teniendo el más mínimo talento – ni inteligencia – se inventó una carrera y le dio un vuelco místico e intelectual a su vida. Drogas, conspiranoia y magia no son buena combinación. Empezó a ir por el mundo contando sus teorías raras como si nos estuviera entregando la iluminación. Su convicción era apabullante.

En una de nuestras primeras conversaciones me tomó de la mano mirándome a los ojos con insistencia. No sabía que esperar. No me quedaba claro que no fuera a asaltarme la portañuela o algo peor. Me habló con voz de presentadora de televisión. Había sido un hijo ansiado por mis padres y me esperaba una vida accidentada. Todos la miraron en silencio. Un amigo dijo “¿Qué más le va a pasar a este tipo? ¿Se le va a romper la silla de ruedas?” (que, en realidad, fue de las cosas menos graves que me pasó). Desde entonces la di por loca. No era difícil porque lo estaba, lo difícil era no reírme en su cara. Sucumbí al impulso. Ofendida, empezó una campaña en contra mía acusándome de ser “malvado y oscuro” con cuanto conocido se encontraba. Era perturbador y ridículo. Entre nosotros se volvió un chiste común que iba a venir a desafiarme con su varita mágica – en su fase de Wicca le dio por hacerse una – y convertirme en una lechuga. Creo que se le pasó. Tres maridos después, encontró uno estable que le mantenía los vicios y ya no buscaba gente a la que saquear ni enemigos en los que justificarse. Me fui del pueblo y no volví a saber de ella.

Estaban también los “cristianos”. Los protestantes se distinguían a sí mismos de los católicos. No eran una banda de idólatras. Eran los verdaderos y únicos guardianes de La Palabra y estaban obligados a compartirla. Llegué a aterrorizarlos. Conocía, de mi breve paso por el catecismo, La Biblia, y me había tomado el trabajo de leerla, además de que estudiaba filosofía. Me huían tras el primer intento. Con el tiempo me sentí culpable porque tenía varios amigos metidos en eso y oírles la trova no era tan doloroso. Prefería conservarlos. Creo que lo hacían por mi bienestar así que hacerles notar lo estúpido de sus argumentos era, como mínimo, grosero. Se pusieron insistentes. Entonces estaban de moda los cultos de sanación y se realizaban en la Iglesia Pentecostal a unos kilómetros del centro. Era una monstruosidad. No sé cuánto dinero se había gastado en ella pero no era poco, como no lo era el total de los diezmos. Había cientos de personas. Otros templos hacían gala de sobriedad pero este se regodeaba en la ostentación (cosas de la bienaventuranza).

Los feligreses me cerraron el cuadro. Había una intención de ser blanco, vestir bien y mostrar bienestar que olían a aspiraciones clasemedieras a lo american way of life. Pero no era una imitación. Lo que se podía hacer era versionarlo a partir de los estándares de consumo a los que tenían acceso. Lo llamaremos el estilo “Miami Light”. Me imagino que es lo que vestiría un cantante de reggaetón si tratara de ser conservador y serio pero sin perder su esencia. Empezó el culto. No recuerdo mucho de lo que se habló allí y, siendo honesto, no es que prestara atención. Esperaba el “momento de sanación”. Hacia el final la gente rodeó al pastor mientras entonaban un cántico. Me llevaron hasta allá. Todos estaban mirando hacia arriba con su mejor cara de éxtasis esperando a que el Pastor les impusiera la mano. Esperaba con mi mejor cara de “veamos qué pasa”. El hombre pareció no verme y siguió en lo suyo, alabando al Señor y dando Gloria a Dios. Yo no estaba en el plan divino.

Hay quien pretende entender. O al menos la esquizofrenia lo hace creer que entiende. El Profeta era así. Joaquín, era su nombre, tenía órdenes directas de Dios. No venía a traer noticias. Su labor era exponer a los asesinos y violadores que habían violado a su madre. La conspiración era grande. Incluía a varios curas (que yo personalmente conocía), un cardenal y parte del Consejo de Estado. Lo gritaba para el pueblo. Trepaba a un muro o monumento y gritaba para que todos lo oyeran. A veces la policía se lo llevaba pero no podían hacer más que soltarlo. Este sí era espontáneamente violento. A veces le daba una golpiza, aplicando sus conocimientos de artes marciales, a un tanque de basura o a la ventanilla de un carro (llegando a romper una). Solía comer en la Iglesia donde yo estudiaba. Un día amenazó a un niño y el mismo cura que lo había llevado, lo sacó del lugar. Conmigo, por supuesto, se llevaba bien. Ya en lo último tiempos su predicaba se refería a “¡… Un tirano! ¡Un Dictador!” y lo increpaba con “¡Mataste a Camilo! ¡Mataste a Ochoa!”. El aludido, Fidel Castro, aún vivía. La cosa hubiera pasado sin más de no ser por la visita del presidente de EUA a La Habana. Recogieron a todos los locos o deambulantes. Unos electroshocks después, el hombre perdió la línea directa con El Señor y se perdió en el anonimato de un simple mortal. Nunca supe cuál era el Plan Divino.