La plebe y los bufones

Te puedes levantar una mañana y estar en otro mundo. Creo que ha sido así para todos, en mayor o menor medida, en los últimos treinta años. Los hechos dramáticos sólo sirven de señal. Y los ignoramos para retirarnos al confort de un orden universal que damos por sentado. Despertar duele. Sobre todo porque nos hallamos ante la obligación de derruir lo que éramos – algo que floreció en un ecosistema específico – y volver a dar “nueva vida”. Podemos equipararlo a un parto. Aunque si asumimos el sentimiento de nostalgia como indicador de la “pérdida”, resulta evidente que todo era una intuición que ignoramos a conciencia. Es un “postparto”. Suena enrevesado, lo sé, pero pudiéramos resumirlo a la naturaleza humana. Nos gusta ir directo al desastre. Y después nos regodeamos en el recuerdo del tránsito. ¿Será que no podemos estar en plenitud? Todo parece indicar que nos gusta vivir en la insatisfacción.

Ahora hablemos de historia. Por supuesto que vamos a rondar la política y mi historia personal. Era el final de los años 2000 y estábamos en la cresta de la ola. Entre parques, proyectos culturales y la falta de apagones, el mundo parecía un lugar potencialmente entretenido en comparación con el desierto de la primera mitad de los 90s. El objetivo era llenar el vacío dejado por la URSS. Quizás hacerle un contrapunteo a Hollywood y a todo el andamiaje de la Civilización Occidental liderando el camino con la Antorcha de la Liberación (encendida por el combustible venezolano). Todo estaba politizado. La propaganda y los intentos de movilización era tan intensos que llegaban a indefinirse por saturación. “No hablo ni de política ni de religión” decía la gente con “swing”. Eso terminaba en no hablar de nada más que de “arte” en un sentido abstracto (sin asideros a la realidad). Era una burbuja. Iba a reventar pero, hasta entonces, nos creíamos nuestra propia novela.

Luiso estaba loco. No era como los que predicaban o los que tenían delirios persecutorios. Al menos, no de manera evidente. Con edad suficiente para ser mi padre – había sido compañero de aula de mi madre y alumno de mi abuela – tenía el acumulado necesario de cinismo sin renunciar a un patológico entusiasmo creativo. Me lo encontré en la escuela. Estábamos en el curso de acceso a un Diplomado en Humanidades con una frecuencia de tres veces semana en un Centro Cultural gestionado por curas Escolapios. No exigían que uno recibiera los sacramentos. Sacando los requerimientos económicos y académicos, no había ninguna exigencia y menos de tipo ideológica. Pero me sentía algo perdido. El trauma de mis tres años en “la municipalización universitaria” – un tema para escribirlo en otra entrada – me creaba una incapacidad para estar en un aula más de una hora. Él también estaba con perfil bajo. Había pasado un año desde que regresara de México – invitado por un amigo, estrella de pop-rock local, cuyo momento de gloria se había esfumado un lustro atrás – con una úlcera gástrica reventada en una escena digna del Exorcista (pero más sangrienta). Se había bebido medio CDMX. En la cúspide de su aventura, terminó viviendo bajo un puente con adictos a la heroína. Ahora cultivaba la sobriedad. Eso y una retórica de sed de conocimientos y espiritualidad con menos coherencia que manual de gurú new age (era bastante aficionado a ellos). Básicamente, un adolescente trasnochado.

¿Por qué se me pegó? Pues, sacando la historia familiar, éramos los dos raritos de un aula llena de gente bastante seria. El Colega iba en retirada. Se había conseguido un trabajo y una novia, también con hija, que le llevaba la correa corta. O él mismo se la había acortado. Con Luiso tenía en común la inquietud literaria y, por qué no, cierto gusto por lo performático. La idea de vivir el propio mito es poderosa. El suyo se había fraguado en los 80s con el aura de movimientos contraculturales de los que no quedaron registros. Literalmente, no se pueden encontrar. He pasado parte de la mañana buscando información en San Google y no aparece nada. Le escribo a un amigo. Pregunto por el grupo que se identificaba como “S.O.S.” y sobre el que ya hemos conversado. Le pido audio. Nos metemos en una conversación de varios minutos que no pienso transcribir por una cuestión de espacio. Saco dos temas: el nombre del grupo, que ya mencioné arriba, y el del “rechazo a las instituciones”.

Luiso creía que el arte ofrecía redención. En su cosmovisión, un artista sólo podía ser juzgado por una imprecisa cualidad de entrega devocional. Es como si uno fuese un “ungido”. Años después estudiaba a Shakespeare a través de un erudito inglés y me saltó el paralelismo con la imagen del bufón medieval. Después noté que era parte del sentido común. Todo el que se dedica a crear asume, de una manera u otra, una excepcionalidad existencial que lo exime de ciertas reglas. Creas por inconformidad con el mundo. Mi generación nació en una realidad donde el mercado negro era la fuente de suministros, los médicos eran taxistas y las niñas querían ser prostitutas cuando crecieran (por culpa del bloqueo genocida, la caída de la URSS y el alza en los precios del petróleo). Las normas no tenían sentido. Por mucho que se afanaran en educarnos, todo era un mero ejercicio representativo que era entretenido pero estéril en cuanto al interés social. Todos éramos bufones. Lo teníamos demasiado asumido como para hacer de ello algo trascendental. No nos quedó otra que seguir la farsa. Eso explicaría por qué tantos proyectos culturales estaban llenos y por qué tenían un público que hoy es totalmente apático. Un grupo teatral parecía algo real, coherente.

Luiso parecía querer trabajar para su propia gloria. Ego aparte, era una muestra de su saludable desconfianza por las instituciones y la manera en que cooptaban los proyectos. “Creatividad” diría él. Después volvemos a su deseo de producciones más elaboradas y los intentos de aupar a todo un séquito de artistas dispuesto a complementar su visión. O hacer el trabajo que él no podía, quería. No me molestaba servirle de cobertura si se trataba de leer un par de poemas y seguir con mi vida, pero él exigía implicación. Ahí radicaba la redención. Era una serpiente mordiéndose la cola en una espiral potencialmente autodestructiva y enajenante. La fase de abstinencia duró poco tiempo. Su don de gente, que era innegable, se anulaba cuando estaba borracho y se volvía, francamente, detestable. Los episodios iban en aumento de intensidad. De los anecdóticos papelazos de borrachos se pasó a los episodios de violencia y alguna que otra estafa. Se lo perdonaban. Era el “artista” y, como buen bufón, un hijo de puta entrañable. Mi problema es que soy agnóstico.

Uno puede pensar que Luiso era único. El tiempo y una serie de eventos públicos – mayormente políticos – llevaron a la palestra el tema de la excepcionalidad. Fue un debate acerca del uso de la bandera. Un artista de mi generación fue acusado por su uso inapropiado en lo que todos sabemos que pesaban razones de Estado. El tipo era incómodo. Por supuesto que hubo un sesgo ideológico en su juicio y nada de parcialidad. Sus defensores arguyeron algo familiar: como artista, estaba más allá de los límites de la libertad de expresión. Me pareció rebatible. Hallaba mucho más sólido cuestionar la discrecionalidad con que se aplicaba la ley (y los motivos subyacentes). Algo similar sucedió con la primera condena del Yo Sí Te Creo. Un conocido cantautor cargaba con una larga estela de historias de abuso sexual. Era de dominio popular. Incluso en mi pueblo, a kilómetros de dónde el tipo actuaba, se comentaba como un chiste. Años después ya no era chistoso. El consenso estaba en contra de él y sólo tenía el apoyo de sus colegas del gremio que compartían el mismo paragua institucional. Parecía sentirse inmune en su oficialismo. Pero parece que fue un buen momento para lavarle la cara al sistema y lo condenaron. Una palmadita en la muñeca. Todos lo sabíamos y el reo no pudo menos que regodearse ante el mundo de haberse salido con la suya. Y le apretaron las tuercas. Fue preso bajo el sistema menos estricto posible y no lo que suele aplicarse a los agresores sexuales. Y alguien lo defendió. No me voy a extender en quién o el por qué pero sí apuntaré el argumento: la prisión no es lugar para un artista. La idea salió, vale anotar, de un músico.

Lo del 27N fue un paroxismo. La primera manifestación importante en los últimos 30 años fue protagonizada por artistas e intelectuales. La contingencia no es un factor por desestimar. Tras cinco años desmontando la Batalla de Ideas (a base de recortes presupuestarios), el COVID puso al gremio contra las cuerdas. El descontento cristalizó. Supongo que todos – los que allí fueron – querían hacer valer su excepcionalidad y, de paso, crear una “Federación de Excepcionalidades”. Tiempo después leí las demandas. Y – como era de esperar – pedían libertad de mercado y – también se esperaba – pedían subsidios. Y, así, la suma de incoherencias. El momento redentor – si es que acaso todo aquello no fue un inmenso ritual – se selló con la exhortación de contraponer la poesía a la represión. El aparato policial la tuvo fácil. Como de costumbre, se excedieron en sus funciones y quizás crearon los nuevos paradigmas de la resistencia. Algunos se pudren en prisión aún.

En estos últimos tres años, no pensé en Luiso. La supervivencia me da poco margen para la nostalgia y sólo me venían a la miente los momentos folclóricos. Transpolar su arquetipo me llevó un esfuerzo. Es parte del desfase generacional pero también se debe al hecho de que nunca lo vi explícitamente politizado. No le he preguntado qué piensa de todos esos sucesos. Mantenemos una comunicación nada regular y siempre me lo pienso para escribirle por miedo a que me visite y se haga un habitual de mi casa. No hay dinero para tanto alcohol. Puedo recordar lo que dijo en una ocasión – íbamos el Colega, él y yo – con su típico aire de profeta: “Imagina que vas a la panadería…” hizo una pausa histriónica “…y coges el pan que necesitas”. Los bufones solemos entendernos pero el otro se quedó con la boca abierta.