No debía importarme el medio. Lo que se esperaba era que me enfocara en mi objetivo y avanzara. Se decía fácil. Concentrarse en un aula llena de trabajadores sociales – me habían soltado con ellos – era más de lo que podía esperarse. No lograba oír a los profesores. Mucho menos, hilvanar un hilo coherente en medio de toda la sarta de términos que me soltaban como si yo pudiera entender de qué hablaban. Las deficiencias en mi educación salían a relucir. No me habían preparado para la universidad porque no era el objetivo de mi formación. Se suponía que fuera un obrero sobrecalificado.
El claustro no tenía experiencia. Casi ninguno venía de la academia sino de puestos administrativos (antiguos cuadros). Mi carrera tenía cierta excepcionalidad. Venían del sistema sanitario por lo que, indudablemente, eran profesionales probados en su campo. Pero antes tenías que superar el Tronco Común. Era una mezcla de Informática con Formación Metodológica e Ideológica que terminaba dejando decenas n el campo de batalla. Paradójicamente, eran materias fáciles de sacar. La cuestión era motivarse y, la verdad, sigo pensando que habría que ser una especie de aberrado intelectual para que eso llegara a despertar interés. La profesora de marxismo – llamémosla A – lo entendió. Nos dio una guía para la materia que le hubiera servido a un alumno de primaria. Me gusta creer que fue por coherencia. Era una fanática de Engels que creía en lo que estaba haciendo y, peor aún, que sus alumnos estaban a la altura del reto. El escepticismo era generalizado. La de Historia de Cuba – llamémosla D – era partícipe de él y no parecía afanarse mucho en ocultarlo.
Se supone que una Universidad sea un Templo del Conocimiento. Yo estaba en la inmensa cola, dispuesta como un laberinto, de un trámite burocrático sin una finalidad clara. Era un número entre otros tantos. Hablando con D – nos hicimos amigos – pude llevarme una idea del panorama. El gran plan era lo único que importaba. Toda esa cantidad exagerada de trabajadores sociales – de los cuales una parte eran mis compañeros de aula – habían llegado allí arrojados por la inercia de la maquinaria política. Era una manera de evitar las leyes contra la “peligrosidad social”. No había manera posible de ser expulsado de allí o desaprobar por lo que iban a terminar estudiando una carrera. Pero llegaban allí por no estar en un lugar peor. No tenían la preparación, el interés (recalco que yo tampoco) o la actitud de sed intelectual. Las deserciones fueron masivas. Para finales del primer año no llegaban a diez de un aula de casi treinta.
Algo similar se daba con los Instructores de Arte. La inmensa mayoría llegaron allí para dar rienda suelta a alguna inclinación artística frustrada o porque no era la peor opción. Las academias de arte eran exigentes. Conozco casos de años de preparación que se frustraban ante una prueba de aptitud. No lo absolutizo. Cualquiera tiene un mal día, suspende un examen y después se hace exitoso en lo mismo que suspendió pero – y esto es casi absoluto – casi nunca un tonto supera sus límites intelectuales. Creo que lo llaman “Efecto Dunning-Krueger”. El programa no era para enseñar “Arte” – si es que eso se puede enseñar – sino para crear burócratas de cultura. No podía ser de otra manera. La misma concepción del programa reducía la expresión a una herramienta política del Estado. La contradicción era evidente. Se apelaba a la individualidad para movilizarlos en función de una totalidad. No niego que algún talento hubiera. Entre tantos miles, alguno tenía que tomar conciencia de y tratar de ampliarlos o – era lo más sencillo – saltar desde su propio ego y, quizás, caer en el lugar correcto del accidentado mercado del arte. No era la norma. Las deserciones no eran lo que más abundaba – les exigían graduarse – pero le ponían el mínimo esfuerzo al tema.
Nunca compartí aula con cuadros. Uno los veía en la distancia y lograba identificarlos por la estampa. Siempre era la misma. Los hombres todos estaban calvos, con barriga y usaban la típica t-shirt de cuello con jeans. Los accesorios variaban. La carpeta podía sustituir un maletín y los bolígrafos podían estar presentes o no pero el reloj era un objeto insistente en su presencia. Las mujeres también portaban ese aire formal. La ropa sí era más variada pero sí había un gusto por la joyería barata que se repetía. Era el aire de autoridad lo que las delataba. Si los grupos anteriores parecían malos, este era por amplio margen el peor. No tenían ninguna preparación. Eran buenos acatando órdenes y dándolas – en el mejor de los casos – o – tiene más sentido aún – apuntalando la imagen de todo lo que iba colapsando para satisfacer las demandas del público o los superiores. Requería cierta constancia. El ascenso estaba determinado por un cierto entusiasmo político – no demasiado porque podría lucir sospechoso – y algo de suerte con mucho de mediocridad. No desestimar la habilidad para aplastar competidores. Y, bueno, hacerlos universitarios iba a limpiar un poco la cara – bastante fea – de algo que resultaba impresentable. Era difícil. Ni siquiera sabían escribir – muchos ni hablar correctamente – así que ni pensar en que pudieran entender abstracciones. No voy a pensar en los grupos de policías. Sólo podían estudiar derecho e iban completamente uniformados allá pero no era necesario para identificarlos. Ni uno solo era habanero.
La gente del Curso de Superación no lo hacía tan mal. De alguna manera, habían concientizado la oportunidad y le ponían interés. No tengo idea de cuántos se graduaron. Lo que sí supe que mi predicción se hizo realidad sin ningún tipo de cuestionamiento. Ninguno de mi año ejerció su carrera. No sólo no encontraban trabajo – había poca oferta – sino que la reputación de los graduados era pésima. A lo consideraría un prejuicio. D lo llevaría al plano intermedio entre el enfoque sistémico y uno individualista diciendo que variaría de un alumno a otro. Un profesor me dijo algo distinto: “Las Ciencias Sociales no son muy apreciadas en un país subdesarrollado”. Llevaba años de experiencia. “Vas a una empresa…” continuó “…y el psicólogo está de sindicalero”. No fue la única referencia desesperanzadora. Una amiga – también psicóloga – me dijo que trabajar clínica era prácticamente imposible. “No hay condiciones”, me dijo.
No me sentía flotar en la Nada. Hubiera sido reconfortante y una oportunidad de reinventarme. Estaba atrapado vivo en una trituradora de almas mientras intentaba sacar la cabeza. Ni siquiera pienso en el peligro físico. Casi me mato subiendo por la escalera de granito cuando la persona que me llevaba resbaló. Bajé tres escalones en caída libre. Ni siquiera me atrevía por la otra que era un accidente seguro. Iba camino a un colapso. El detonante podía ser cualquier cosa y fue algo que no tenía ninguna relación con la Universidad. Un intrascendente drama romántico. Y es que hasta las fluctuaciones del precio del combustible en el mercado internacional parecían más tangibles que mi permanencia allá. Mi desempeño académico era desastroso. Ni siquiera puedo decir que fuese difícil sino que yo no estaba en el lugar. Se armó el caos. De nuevo, mi abuela puso el grito en el cielo y me obligó a volver. Los profesores se solidarizaron. No sabían muy bien qué pasaba pero yo era una señal de ayuda sobre ruedas. “Puedes sacarlo” decían. Y en la práctica me demostraban que sí, aprobando cuando iba a examen. Si estudiaba. La mitad de las veces ni lo intentaba porque no había ni abierto el libro de texto que era menos interesante que una tabla con estadísticas deportivas.
Esos ciclos se repitieron cada seis meses. Pasé de la agonía a la aceptación pero el entusiasmo no lo alcanzaba por más que lo intentase. También empezaron los problemas con el claustro. Pasamos de tener malos profesores – en su mayoría – a no tener ninguno en varias asignaturas claves. Había visto esas situaciones antes. La solución era darles a los alumnos un intensivo antes del examen y que compensaran ellos con los libros de texto. No me hizo falta con los temas ideológicos. Había vivido lo suficiente aquí como para estar permeado de lo que esperaban y poder darles lo que querían. En cuestiones técnicas no había margen para divagar. Estaba ante exámenes en los que el noventa por ciento de mis habilidades no me servían si no eran de apoyo a la materia. Y a mi alrededor no veía nada que me llevara a superarlo. Todos parecían estar más perdidos que yo pero ni tan siquiera podían girar el cuello.
Mis refugios seguían intactos. Me fugaba a ellos como otros van a un juego de football o un bar. Pasaba madrugadas recorriéndolos ebrio. Seguían creciendo y yo necesitaba que me dieran un pase a la realidad; sirvieran de puente. No podía ser que yo fuera más extenso que el mundo. La mayor parte del tiempo pensaba que iba a estallar sin poder contener todo lo que me habitaba. Se parecía a la locura. Tan sólo que la locura estaba allá afuera en un aula; facultad; universidad. “¿Por qué están ustedes aquí?” dijo la profesora. No recuerdo de qué asignatura ni qué explicaba. Me dio un ataque de risa.

