Lamento desde lo profundo

“Puedes irte si no te gusta”. Esa era la opción que me dejaba la familia si quería permanecer en la única casa que tenía. No era realista. Ni siquiera como posicionamiento de mis tíos que -en la práctica- no podían forzar la situación sobre mí si no era con el asentimiento de mi abuela. Lo tenían por el momento. Para ella, un intento de suicidio mío era una ofensa a su capacidad como cuidadora. Ni hablar de que despertaba un trauma. Era el segundo episodio a lo largo de su vida y sospecho que el primero había sido lo suficientemente profundo como para determinar lo que vendría después. Era algo fácil de instrumentalizar. Una persona que no entiende cómo ha fallado en un uso noble de los medios y los fines salta a la crueldad con tan sólo un ligero empujón.

La primera regla era un viejo deseo familiar: no se me permitía salir de la casa si no era para cosas puntuales. Nunca entendí por qué. No había nada racional que pudiera argumentarse a favor de ese anhelo. Lo único era lo de las ruedas sucias. Si había llovido o la calle estaba mojada por algún motivo, se podía enfangar la sala. Trataba de limpiarlas. Le pedía a la persona que me trajera -podía variar de un día a otro- que lo limpiara. No todos lo hacían bien. Algunos ni siquiera estaban en disposición de hacerlo en absoluto pero era el precio a pagar por un mínimo de paz.

No era algo racional. Si uno detesta a alguien lo que menos quiere es tenerlo cerca o, al menos, es lo que haría yo. Mi tío parecía regodearse en su odio. Iba desde conversaciones donde se dedicaba a enumerar mis múltiples crímenes y vicios -en su boca cogía ese aire solemne- para terminar en simples insultos. Todo en voz alta. El objetivo era que yo lo oyera y, eventualmente, le contestara. Había aprendido a ignorarlo. No es que pudiera entrarme a golpes con él así que no tenía sentido enredarme en discusiones. En aquella época llevó el ridículo al paroxismo. Abría la puerta del cuarto tan sólo para volverla a cerrar mientras me miraba con cara de absoluto odio. Del otro lado oía el comentario: “¡Es que no lo soporto!” mientras caminaba de manera agitada como si realmente pudiera hacerle algo más que existir entre cuatro paredes. De facto, me tenía encerrado. Para salir, dependía de que mi ayudante me sacara y este era muy dado a seguir lo que dijera el que pagara. Y mi abuela había cedido.

El segundo punto era que no podía recibir visitas. Había toda una mitología acerca de que sólo me rodeaba de maricones, tortilleras y drogadictos que ofendían la sacralidad burguesa del hogar. El objetivo era aislarme. Si no tenía red de apoyo, estaba más vulnerable por ser más dependiente de lo que ellos proporcionaran. De nuevo, mi abuela se prestó. Tenía la loca idea de que la razón de mi inestabilidad eran las malas compañias. No creo que fuera atinado. Me consideraba -aún me considero- lo bastante poco inteligente para tomar todas las malas decisiones posibles por mi propia cuenta. Y desde hacía un tiempo, andaba solo. No es que me moviera por mí mismo si no que apenas era partícipe de la vida y decisiones ajenas. El mundo me lo retribuía. Mis últimas aventuras habían resquebrajado un poco ese estado de cosas. Mucha gente estaba ofendida. Nadie entiende muy bien por qué alguien no se alegraría o agradecería vivir entre ellos y yo había declarado eso tácitamente. En mi casa, se había convertido en la ofensa final.

El tercer punto era económico. Tenía que entregar la mitad de mi pensión -doscientos pesos antes de que hubiera el reajuste económico- para pagar mi electricidad y otros gastos de la casa. No podía seguir siendo un parásito. Esa lógica no aplicaba a mi prima ni al resto de los habitantes de la casa pero si era tajante conmigo. Me retiraron la laptop hasta que cumpliera mi parte. Estaba reticente a aceptar el chantaje -no se me ocurre otra forma de llamarlo- pero me tenían contra las cuerdas. Intenté hacer huelga de hambre. No pasaba de las veinticuatro horas y terminaban por convencerme de que cediera. Y lo hice. Tuve que esperar unas dos semanas para cobrar y saldar el alquiler.

Afuera, era el Rey de los Bichos Raros. Coincidió con que Alejandro cayó preso ese mismo fin de semana en que yo estuve de vacaciones en el psiquiátrico. Fue de las pocas personas que no me juzgó. A fin de cuentas, y aunque por motivos muy distintos, ambos habíamos caído fuera de la gracia. Le comenté que quería irme de la casa. Con gusto me hubiera acogido -creo que lo dijo más por entusiasmo que por un sentido práctico- pero estaba la cuestión económica. Todos estábamos contra las cuerdas. Me hizo una recomendación abstracta que ya había aplicado en parte: tenía que ceder en lo razonable e imponerme en las cuestiones de fuerza. No había dilucidado la segunda parte del plan.

El resto de la gente se movía en la ambigüedad. Recibí mucha condescendencia pero también hostilidad abierta. Ni siquiera me importaba. Si quería alguna forma de perdón por parte de N. pero no coincidíamos tanto como para que fuera posible. Nos encontramos par de veces más. Para entonces, y con el pago de por medio, mi vida se acercaba a lo que había sido. Fue en un concierto de Blúmer en la Casa de Cultura. Justo cuando ella pasaba, se me cayó la tapa de un pomo y ella se acercó a recogérmela. “Seguro que lo hiciste a propósito” dijo. Fue nuestra última interacción física y de las últimas veces que la vi. Regresé a mi casa pensando en los últimos meses. Normalidad a parte, me sentía más atrapado que en el momento en que me había abierto la muñeca. Era una sensación de derrota absoluta. Era lo que había y no me quedaba otra que lidiar con ello. Matarme no se me daba bien.