La gramática siempre ha sido un reto. El ejercicio de escribir, ese con el que se introduce a los niños el estudio de la lengua, me resultaba frustrante. No tenía buen control muscular. Era lento, me cansaba rápido y cometía muchos errores. No tuve profesores estables ni en la secundaria ni en el pre-universitario. Llegué a la universidad a través de intensivos que me daban la semana antes para aprobar y después olvidarlos. Logré bandearla junto con la redacción. Pero, ya de vuelta en el cajón del olvido, tuve que enfrentarme a ella en el curso de acceso previo al Diplomado de Humanidades. Gladis era la profesora. Me había dado una clase años atrás -la de inicio de curso- y me dejó la impresión de que le gustaba su materia.
Los profesores viejos suelen ser malhumorados; pedantes. Gladis tenía todo ello además de que fumaba como una loca internada. Luiso -que también estaba en el curso de acceso- la conocía desde hacía años. Parecía admirarla como mismo admiraba a su esposo, un artista plástico local con cierta obsesión por teorizar sobre el sentido del arte. También tenía un taller. Le había dado clases a más de la mitad de los aspirantes a pintores que había en la localidad. No era un tipo brillante. Pero todos coincidían en que su mayor talento estaba en trabajar como bestia con una convicción que superaba sus resultados. Visité la casa llevado por mi compañero. Era como una pequeña galería con instalaciones y cuadros sin terminar por doquier.
Cuando -poco menos de un año después- dejé el diplomado, Gladis no lo tomó demasiado bien. No recuerdo que dijo. Lo más probable es que tratara de aleccionar con algún paradigma generacional relacionado con la importancia de una correcta educación académica. No era necesario. Una de las cosas a la que dediqué mi tiempo en esos años fue a tratar de subsanar la pérdida que había tenido al abandonar sus clases. Había prestado atención a las pocas en las que estuve. Sabía qué leer y, como no tenía la presión de hacerlo para presentarme a un examen, podía regodearme y ampliarla con otras cosas que descubría y conectaba por el camino. Me había dado un aparato teórico. Así que además me dediqué a consultar fuentes y referencias que me llevaban a más libros. Para la segunda vuelta, cuando regresé al curso, podía relajarme. Igual, tuve que volver a sufrir la gramática y pasar por el Infierno de Dante -casi que literalmente- tres veces. Nunca le conté eso.
Tampoco le mostré mi poesía. Ella misma dejó en claro que la aterrorizaba la posibilidad de que alguien le enseñara sus poemas, sobre todo, porque se vería obligada a ser sincera. La posibilidad daba miedo. Parte de su oficio como educadora incluía mantener un estado de terror entre sus alumnos con la intención de motivarlos. Funcionaba. No fui la excepción pero su estrategia me afectó de manera distinta. Cumplir para sacar la asignatura era fácil. Lo que realmente me interesaba era venderle el personaje lo suficiente como para que se dignase a leer algo escrito por mí. Quizás fuera un rezago de mis años de la primaria. Estaba buscando la aprobación de alguien a quien admiraba y, realmente, creía que podía mostrarme posibles carencias. Había aprovechado el tiempo. Un año y algo antes, había escrito una novela corta -con marcado tinte autobiográfico- donde me regodeaba en mi recién adquirida pericia técnica. Fue un éxito entre mis amigos. Logré que varias personas que ni siquiera se habían leído un libro en su vida, llevaron el mío hasta el final. Le comenté varias veces. Accedió pero, por supuesto, se tomó su tiempo antes de decirme que fuera por su casa. Estaba aterrorizado cuando llegué. “Boris, relájate…” me dijo a los pocos minutos de estar allí “…tu novela me gustó”. Empezó un análisis por aspectos. El único punto débil que le veía era la creación de personajes con profundidad psicológica y que, a su vez, llegaran a encarnar arquetipos. Tomé nota mentalmente. Quiero creer que el blog me sirvió de entrenamiento en ese sentido.
Se decepcionó de ese segundo abandono. Una de las razones por las que me propuse terminar el diplomado, a como diera lugar, fue por una especie de presión moral que sentía por su parte. Tampoco era difícil. Sus clases no requerían un ejercicio mental y ya me conocía el contenido de manera exhaustiva. No hizo examen. Nos mandó a hacer un ensayo sobre una obra de teatro que estaba poniendo el grupo de teatro donde hacía de asesora. Teníamos que escribir un ensayo de diez páginas. De por sí era un reto y, si me preguntan, no daba ni para cuatro y, por si no bastara, sólo pude ir a la última función. No me gustó. No tenía mucho que decir al respecto pero apliqué el viejo oficio de inflar y logré sacarlo. Se despidió del grupo emocionada. No creo que fuéramos buenos pero sin dudas estábamos entre los más memorables que se encontró.
No sé cómo continuó el Diplomado tras graduarme. Se estaba haciendo una restructuración que terminó por convertirlo en otra cosa con pretenciones más sociológicas y un nombre más rimbombante. Desconozco cómo quedó Gladis en ese nuevo paisaje. Varias veces comentó que no le gustaba mucho la forma en que se estaba manejando la cuestión académica. Fue una de las fundadoras del proyecto y recordaba con nostalgia los tiempos donde se era más exigente. Así la encontró el fallecimiento de su marido. El cáncer lo venció tras un tratamiento que, como casi siempre, llegó demasiado tarde. La noticia me cogió en la calle. Avisé a casi todos nuestros conocidos en común que era casi todo mi círculo social de la zona. Me agradeció aunque no sé por qué. Por supuesto que estaba afectada por el evento pero hacía como que no importaba. No me despedí de nadie antes de mudarme. Uno o dos años después, una amiga me avisó de que también había fallecido. No supe de qué.

