Mis profesores los curas

Los curas no eran seres mitológicos. Tenía la idea de que eran unos fanáticos rabiosos que se enorgullecían de su cuestionable pasado y lo justificaban con malabares metafísicos. Era un prontuario impresionante. Justificarlo en el amor era un ejercicio que superaba mis modestas capacidades. No llegaba a entenderlo. Tampoco es que le pusiera mucha voluntad al tema, si soy honesto. Estaba ahí -en Los Escolapios- para estudiar. También socializar, que era lo que más me ocupaba, pero sin dudas no iba a hacer reivindicaciones históricas. Dan Brown no me había calado tanto. Digamos que compraba más la solidez de una institución de dos mil años por muy genocida que sea.

El padre mexicano -Luis Felipe- solía atiborrarnos con problemas matemáticos. Era algo así como un experto en lógica y otros temas relacionados. Pini, el catalán, se dedicaba más a cosas de hermenéutica y lenguas en general. Era sólo la superficie de sus diferencias. El primero de los dos se asumía como una figura de autoridad y se le notaba en su trato con la mayoría de los alumnos. A no ser que fuera mujer. Entonces se volvía un dechado de virtudes; puro amor y comprensión. Luiso y yo lo observábamos. Su vocación cristiana no parecía tomarse el celibato muy en serio y, por supuesto, se volvió motivo recurrente de chistes. El otro no era tan severo. Tenía un sentido del humor muy irónico y, como era de esperar de alguien en su posición, rayano lo erudito. No quedaba claro quién era el jefe del centro. Para mi segundo intento, ambos habían sido reasignados a otras parroquias como era la costumbre después de pasado un tiempo.

Los nuevos era un grupo interesante. Quizás por una cuestión generacional o, incluso, geográfica, parecían más cálidos. La mayoría eran españoles. Sólo uno, con el ilustre nombre de Lenin, era venezolano. El resto -tres de ellos- recién salían de América continental. Salvador fue el que menos tiempo duró.

Aparte de su afabilidad, y ser sordo de cañón, hacía mucho hincapié en la ética y una cultura del debate. Además, nos dio clases de historia de la música. No sé cómo pero de alguna manera lograba hacer el trabajo de manera eficiente. No terminó el curso. Antes de los seis meses, estaba camino a Centro América -probablemente Guatemala- y al poco tiempo me fui yo. Fue el interludio corto. Lo sustituyó Iñaki -un vasco- que venía de pasar una larga temporada con los mapuche en Chile porque debutó con Parkinson. Terminamos siendo expertos en el tema indígena. Cualquier materia -no importa que tan ajena pareciera- terminaba en una rememoración de sus vivencias allí. No los romantizaba. Varias de sus historias se movían entre la crueldad y la ternura como si fueran cuentos infantiles. Como sacerdote, era un ilustrado. En cierta ocasión tuvimos un debate sobre el creacionismo donde terminé -más por el ánimo de discutir- yéndole a la contra con su postura evolucionista. “Es que son hechos” me dijo. Regresó a España poco después de que me graduara para atenderse la enfermedad. Murió poco tiempo después.

De Lenin puedo decir bastante poco. Mi experiencia con él fue que no tenía mucho interés en mantener el entusiasmo que mostraba al principio de cualquier proyecto. Fue mi profesor de Cultura Cristiana. Digamos que tuve que apelar a mis instintos para educarme yo mismo porque, si dependiese de su disciplina laboral, no tendría ni idea del tema. Hizo lo mismo con el Diplomado de Filosofía Contemporánea. Además de organizarlo, llevaba una optativa sobre educación infantil -su especialidad- que nunca se concretó en tiempo real. El proyecto fue un desastre. Los subordinados siguieron el ejemplo del jefe y, si aquello terminó, fue por el compromiso de un profesor y unos pocos alumnos -cinco de los casi cuarenta al inicio- que decidimos llevarlo hasta el final. Eventualmente, se iría. Lo sustituyeron otros dos venezolanos que nunca llegué a conocer pero que sólo dejaron una estela de malas referencias.

Víctor fue un amigo. Es decir, nuestra relación pasó de ser una jerárquica y se volvió entre iguales. No era difícil. El tipo es una de las personas más agradables al trato que haya conocido. Era bueno con los niños y anciano. También era una especie de sex symbol pero, y me hubiera enterado, no tenía ningún secreto sucio a su haber. Empezó dándome clases de Historia de la Filosofía. No era el tipo más calificado para la materia porque era incapaz -sospecho una causa fisiológica- de interrumpir a alguien que hablaba. Sus turnos nunca se llevaban a término. Pero fue con los proyectos que se me ocurrían -y tenía mucho tiempo libre (para pensar en qué ocuparlo)- lo que a la larga generó un vínculo. Empecé por un taller literario. No quería hacer un círculo de lecturas sino algo que realmente fuera útil para algo más que el ego inflado porque te dijeron que tu poema era “lindo”. Fracasó. El quórum mínimo nunca fue alcanzado y, como era de esperar, me frustré y dejé de hacerlo. Entonces vino el cine debate. Esa tuvo el problema del horario y tampoco duró demasiado. Era los sábados por la tarde. Hasta los colegas de andanzas se buscaron pretextos para no gastar su tiempo allá. El más exitoso -también el último- fue el curso de filosofía. Logramos sacarlo con una asistencia mínima y todas las sesiones impartidas a un nivel universitario. Me sentía orgulloso. También fue el fin de mi colaboración con los Escolapios porque, después de eso, no quedaba mucho por hacer en el lugar.

La despedida de Víctor fue emotiva. Estuvo en mi casa, bebimos y conversamos sobre el futuro que yo, al menos, no lograba ver. Mi abuela lo adoraba. Me había ayudado con varios embrollos y, con ella, tuvo la gentileza de llevarla a mi graduación. Lo sentía como familia. El padre regresó a España a encargarse de una escuela y atender a su madre que, por lo que me describió, era una mujer bastante mayor. Estuve años sin volver a saber de él.

El padre mexicano -Luis Felipe- solía atiborrarnos con problemas matemáticos. Era algo así como un experto en lógica y otros temas relacionados. Pini, el catalán, se dedicaba más a cosas de hermenéutica y lenguas en general. Era sólo la superficie de sus diferencias. El primero de los dos se asumía como una figura de autoridad y se le notaba en su trato con la mayoría de los alumnos. A no ser que fuera mujer. Entonces se volvía un dechado de virtudes; puro amor y comprensión. Luiso y yo lo observábamos. Su vocación cristiana no parecía tomarse el celibato muy en serio y, por supuesto, se volvió motivo recurrente de chistes. El otro no era tan severo. Tenía un sentido del humor muy irónico y, como era de esperar de alguien en su posición, rayano lo erudito. No quedaba claro quién era el jefe del centro. Para mi segundo intento, ambos habían sido reasignados a otras parroquias como era la costumbre después de pasado un tiempo.

Los nuevos era un grupo interesante. Quizás por una cuestión generacional o, incluso, geográfica, parecían más cálidos. La mayoría eran españoles. Sólo uno, con el ilustre nombre de Lenin, era venezolano. El resto -tres de ellos- recién salían de América continental. Salvador fue el que menos tiempo duró.