Nacer debe ser una experiencia límite. Nadie, hasta donde sé, guarda recuerdo de su nacimiento pero no lo imagino como algo divertido. Es una lucha por la vida. Estás obligado a nacer -con todo el esfuerzo que conlleva- o morir. Y desde ahí todo es lo mismo. La suprema ironía -y lo que define el sentido trágico de la existencia- es que el fracaso está asegurado. Todos vamos a morir. Se podría decir que, más que vivir, tenemos una agonía extendida a lo largo del tiempo. También sufrimos pequeñas muertes. Con cada una de ellas, surge la necesidad de reinventarnos o -no se me ocurre otra manera de llamarlo- renacer.
Alejandro estaba muriendo. Nuestra amistad estaba en un punto de ruptura ineludible por lo que había sucedido con N. Parece una afirmación exagerada. No quiero hacer una apología de mis virtudes pero, con todas las limitaciones que llevaba, nunca dudó de que pudiera contar conmigo en cualquier circunstancia. Estaba dolido precisamente porque lo quería. Incluso alguien con una suprema inconsecuencia -y la suya era probervial- se podía dar cuenta de ello. Pero yo no era la causa de su agonía. Su mirada desde el otro lado de la mesa -estábamos en El Café para el fondo pegados a la reja- era pura aprehensión. “K está embarazada”. Aquella era el tipo de noticias que dinamitaban los cimientos de la existencia misma.
Ese era el culmen. El evento N. sucedió a pocos días del colapso de su ménage a trois que llevaba unos meses ya. K. era la ex-novia de su novia. No sé los detalles de cómo funcionaban a lo interno pero asumí que era una trieja porque compartían tiempo y espacio. Estaba equivocado. El eje era la saliente y, por decirlo de alguna manera, los heridos (Ale y K.) buscaron consuelo mutuo. Oí tres versiones de los hechos. Primero fueron dos partes y llegarían a ser tres culpando de lo sucedido a las otras. Lo que me interesaba a mí era una nota al margen. Aquel drama había desbordado los míos propios y cambiado la realidad a un nivel concreto.
“No estoy listo para esto”. Le doy el beneficio de una autoconciencia apabullante y estaba totalmente de acuerdo con él. Su estilo de vida era caótico. En aquella época empezaba a obsesionarse con el piano así que el cliché de “sexo, drogas y rock & roll” estaba cubierto en todas sus partes. Nadie que viva así piensa en tener hijos. Quizás sea demasiado categórico en esa aseveración pero no es sostenible criar niños y fiestar todo el tiempo. O tener proyectos artísticos. Son más una apuesta que una inversión y no hay garantía de que vayas a recuperar tu esfuerzo o dinero. Al menos no mostró un entusiasmo enajenado.
Tampoco era una decisión suya. K. era la que podía tomarla y le había informado de que iba a ser padre. No me extrañó. Dado lo poco probable del evento -ella era lesbiana y él padecía un varicocele avanzado- debió interpretarlo como algún tipo de señal del unverso. Entró en modo maternal al instante. Era bastante poco femenina pero algo en ello me resultó mucho más orgánico que su relación con Ale. Mis indagaciones sobre N. nos dieron chance de trabar amistad. Podríamos decir que ambos teníamos ese lado conservador que le daba mucho peso a la responsabilidad individual. Era buen material de madre. Su interpretación del papel con tintes místicos llegaba a ser fundamentalista pero uno sabía que no iba a soltarle la criatura a un tercero.
La noticia me desarmó. Debería tener ganas, como le dije, de meterle la cabeza contra la reja que nos rodeaba pero lo que me estaba moviendo en ese momento era nuestra historia personal. O sea, mis sentimientos. Era el tipo de cosas sobre la que haríamos un comentario sarcástico como nos burlaríamos de cualquier otra situación melodramática. La vida nos miraba con ironía. Y yo escuchaba Famous Blue Raincoat -recién había descubierto a Leonard Cohen y, curiosamente, él tenía uno de esos abrigos ingleses con botones inmensos de un prusia llamativo- mientras se me aguaban los ojos. Pero mi vida no estaba radicalmente determinada. Su única opción era negarse a reconocer la paternidad y vivir justificándose en su derecho a tener un proyecto de vida propio. No tenía ese nivel de frialdad. Aquello hubiera terminado por destrozar su ya frágil imagen de sí mismo y le hubiera dado el corto impulso que necesitaba para llegar a la locura. Éramos un cuadro patético.
Resarcirme fue fácil. Quedé en una posición de superioridad moral que me daba el lujo de restregarle en la cara sin mucha sutileza. Si a mí no me servía de mucho, él le sacó provecho. Mi relación con K. era buena y me daba cierta autoridad para mediar entre ambos. Compartíamos la idea de que era un irresponsable. Despotricábamos contra él pero se terminaba imponiendo -por mi racionalidad y arte retórica- el interés superior de la criatura por venir. No tenía culpa de tener un padre tonto. Y, aunque no lo reconociera explícitamente, ella también había hecho una pésima elección. Logré hacerla razonar un par de veces. En una, estaba amenazando con negarle la paternidad pero, tras dos horas de desahogarse en mi oído a través de un teléfono público, entró en razón. Después Alejandro me agradeció. Parece que tras aquella sesión hubo un cese de las hostilidades.
Lo cierto es que sí estaba metido en el tema. Se tomaba la paternidad como otra aventura más y me consta que jugó a todos los niveles. No era tan sencillo. La fórmula para producir dinero a partir del aire lo eludía: todos sus emprendimientos fracasaron antes de levantar. No les daba tiempo. Se decantó por un trabajo de cocinero en una pizzería particular. Estaba centrado; entusiasta. No dejó de drogarse ni de meterse en enredos sexuales pero tampoco paraba de hablar de cómo sería su hija. Me enteré del nacimiento después del anochecer. Me enseñó la foto que le habían hecho llegar una hora antes, como hizo con todo el que se tropezó camino al hospital. La canción volvió a mi mente: supongo que lo perdoné.

