Our Little Julio’s blue season: crónica desde el 11j hasta el exilio

Foto de Hansel LF

Julito se había “recogido al buen vivir”. Los viejos tiempos del Parque y el Café —drogas, sexo y Rock & Roll— lo habían puesto al límite. ¿Cómo terminó en un recorrido por Sudamérica? No sé los detalles, ni tengo manera de comprobarlo, pero se comentó —el contexto lo avalaba— que se dio a la fuga para evitar cargos por tenencia de sustancias. La política de tolerancia cero no discrimina. A los consumidores se les trata —a efectos prácticos— como si fueran traficantes. Esperó a que las cosas se calmaran para regresar y se volcó en los negocios: un taller de reparación de celulares y una dulcería.

“Estuve viviendo en Regla —mi mujer es de allá— un año o dos”. La noticia se estaba regando por las redes desde por la mañana. Por supuesto que quería que algo pasara. Su suegro le avisó que había gente protestando. Se unió e hizo el recorrido —teléfono en mano— por todo el municipio: desde la fábrica de aluminio hasta el semáforo pasando por Vía Blanca. De allí subieron hasta el Anfiteatro, donde empezaron los arrestos y las golpizas. “No quise involucrar a la jeva” dice. Se apartó. Empezó una huida por la zona y terminó escondiéndose en los alrededores del Parque de la Cotorra.

El día después, se rompió la tregua. Julito estaba almorzando cuando lo llamó el ayudante del Taller de Celulares. La policía estaba preguntando por él. “Por supuesto que iba a darles el frente…” me cuenta “…y le dije que no se preocupara que ya estaba en camino”. Apenas llegó, le hicieron una llave y lo tiraron en la patrulla. Fue trasladado a la estación de Regla. Allí lo retuvieron tres o cuatro días bajo todas las amenazas posibles: “Estás preso y no lo sabes… tu mujer puede terminar presa… vas a perderlo todo…”. Le imponían una prueba de resistencia verbal.

Dani era el catalizador de la detención. Su mensaje de “Parque” estaba siendo usado como prueba de que hubo una conspiración subversiva. El teléfono de Julito —lo habían requisado al detenerlo— estaba lleno de videos de la manifestación por toda Regla al grito de “¡Díaz-Canel singao!”. Para las necesidades del Estado, era evidencia más que suficiente. Los medios oficiales estaban construyendo una narrativa de “protestas pagadas por el enemigo” —llevaban meses con esa tesis— como respuesta al malestar creciente. Era como Pedro y El Lobo pero a la inversa: eventualmente algo llegaría. Una cadena de mensajes no probaba nada —más allá del malestar compartido— pero no era necesario. Sólo necesitaban una justificación a su manera de reaccionar.

La oficial le preguntó a Julito si vivía por La Farmacia del Roble. Había nacido en esa casa. “Entonces, ¿conoces a Ángel?”. Era su tío. Un jubilado del MININT olvidado del sistema y del mundo (en cuanto a política se refiere). Pero la mujer lo recordaba —cosas del gremio— y conectó la geografía. El tono del interrogatorio cambió —se volvió conciliador— y pasó de la amenaza a “¿qué hace un buen muchacho de una familia revolucionaria aquí?”. Había una manera de que todo aquello terminara si él los ayudaba. No le pedirían nada complicado. Estaba en una buena posición —el Taller de celulares— para ayudarlos. “¿Dónde firmo?”.

El procedimiento empezaba con un interrogatorio y seguía un psicométrico. Hasta entonces —y durante los últimos tres días— sólo lo habían atendido muchachitos (básicamente, reclutas de primera línea). La oficial llevaba años en el medio. Le dio toda la retórica de la confusión y el buen ciudadano. Le hizo firmar un acta. “¿Dónde firmo?” y encontró una salida de la estación. Tenía la esperanza de poder pasar desapercibido y no tener que cumplir con el trato. Puso un pie fuera y volvió a su vida normal sin pensar en las consecuencias de su pacto —impuesto por ley humana— con el Diablo.

Foto de Hansel LF

Tres o cuatro días después, lo fueron a buscar al Taller. Esta vez lo atendió una jovencita. Terminó el psicométrico y empezó el verdadero interrogatorio de preparación. “Lo sabían todo”. Llevaban un perfecto récord de todos sus negocios e inversiones. Estaban al tanto, también, de la dulcería de Carlos III. Lo soltaron dejando claro que no tenía escapatoria. “Yo no quería trabajar con ellos ni un pingón”, me dice. Les preguntó si podía salir del país para arreglar el negocio que estaba abriendo. “Sí, no hay problema… Puedes salir”. Y se preparó para irse a cerrar el trato que le quedaba.

“Hablé con mi mujer” me cuenta. Le dijo que tenían que irse de Cuba lo más pronto posible y por qué. En una semana había vendido moto, joyas, taller y demás. Se pusieron en un avión destino a Rusia. Fue en diciembre de 2021. En enero, estalló la guerra. Estaba varado con el precio de los boletos por encima de los tres mil euros. La agente no dejaba de escribir. Durante meses lo estuvo presionando para que se reportara mientras él los exhortaba a que pagaran el pasaje de vuelta. Por supuesto, no tenían con qué y no lo hicieron.

Foto de Hansel LF

Estuvo por Rusia un año. Se preparó contratando un abogado en Cuba por cualquier situación que pudiera presentarse. Desde hacía meses, no intentaban contantarlo. Aprovechó para regresar con el radar bajo. Estuvo seis días sin casi salir de su casa. De ahi tomó un avión a Nicaragua, la ruta de los volcanes. Así dejó todo atrás mientras cruzaba fronteras. Apareció en Estados Unidos unos meses después de arrastrarse por la carcel, los aeropuertos y las selvas. Era un nuevo comienzo tras llegar al cero absoluto. La última frontera estaba de ese lado y —por fin— acaba de cruzarla de una vez.

Me lo encontré en redes. Traté de hacerlo morder para suscribirse el blog. Se veía que estaba bien posicionado aunque, en el caso de los cubanos en EUA, las apariencias engañan. Meses después, supe de su arresto por el testimonio de Liudegnis. Lo contacté y me contó su historia. Es, sin dudas, la mejor que haya oído entre la gente de Guanabacoa.