Me contagié. Se suponía que fuera inmune pero me expuse durante tanto tiempo que terminé con un caso grave. El atardecer era la peor hora. Estábamos cubiertos de sudor y la incomodidad se irradiaba a cada célula. Lo que sucedería era evidente. Entraríamos en una psicosis predatoria – compulsión de movimiento – como si fuéramos tiburones esperando a que cayera un hombre por la borda. No podíamos parar de movernos. Las aguas estancadas que nos rodeaban imponían que tomáramos cualquier corriente, por débil que fuera, para remontar desde el fondo. La alternativa era ahogarse. Nos resistíamos con cada fibra que podíamos movilizar. Estaba enfermo. Tenía síndrome del recluta desmovilizado.
Fue con el fin del Servicio Militar. Claro que no lo pasé yo que, igual, estaba flotando en la nada tras dejar la universidad. Fue el colega. Estuvo dos años perdiendo el tiempo chapeando y mirando el vacío desde una posta mientras la vida continuaba su curso. Se encontró con que la suya estaba destruida al salir. Primero falleció la abuela, recuerdo haber ido al velorio, y su novia lo dejó de camino al altar. Llevaban tres años. Incluso, se había metido en la Iglesia – una protestante – no sé si por estar detrás de ella o por cuidarle la imagen. El Señor nos había distanciado. Previo a eso siempre andábamos juntos cada vez que pasaba por el centro lo que era cada vez que volvía de la escuela para volver a su casa. Sus hermanos vivían a dos cuadras de mí. Cuando estaba libre, yo solía recogerlo y nos íbamos a oír música a casa de otro socio que vivía relativamente cerca. Intercambiábamos cassettes y CDs. No había internet – ni siquiera tenía computadora – así que la única manera de conseguir música era el trueque o comprarla a precio de mercado de órganos. Eso unía a la gente. Al menos sirvió para iniciar una conversación mientras él esperaba para coger una guagua y yo para entrar a clases.
Bueno, el hombre era libre. No era muy claro para qué pero había que celebrarlo. El vodka era la opción de moda. Años después cambiaría al whisky escocés – cuando podía pagarlo – pero en aquel momento era barato sin ser degradante y tenía estilo. Los borrachos de parque no empiezan en el suelo. De hecho, empezamos en casa de sus hermanos mientras hablábamos cualquier cosa intrascendente o, para más exotismo, jugábamos ajedrez. Esa rutina se agotó rápido. Los tipos eran adultos con una vida – no me atrevería a decir que funcional – y no tenían tiempo para dos (post)adolescentes con crisis existencial. En realidad, era más una cuestión cualitativa. En la medida en que fueron disminuyendo los recursos disminuyó la calidad y, con ello, el interés en las inquietudes de las nuevas generaciones. Estábamos en situación de calle.
Guanabacoa era un basurero. Eso nos convertía a nosotros – los habitantes – en carroñeros con un sistema social muy enrevesado. Se podía trazar toda una antropología con ello. La rutina era que el colega llegaba a buscarme después del mediodía y escuchábamos música un par de horas mientras nos poníamos al día de los sucesos desde el último encuentro. Era rápido. No pasaba mucho más que el tiempo y la alternancia de las estaciones. Y a veces no se notaba lo último. Ya sabíamos lo que tocaba para cuando los reportes y análisis se habían agotado. Lo primero era acopiar recursos. Cigarros y ron eran lo único que necesitábamos porque, mal que bien, comeríamos en casa. Después vendría el dónde. La elección obvia eran los parques – había donde sentarse y sombra – pero quedaba determinar cuál. Por cercanía nos tocaba el de Martí. Estaba en el centro de lo que se consideraba el centro del municipio pero tenía el defecto de ser demasiado visible. Dos sesiones y te convertías en alcohólico certificado. Las opciones periféricas daban cierta privacidad pero tendían a ser aburridas porque no pasaba nadie. Quedaban las esquinas. Ese era el escalón más bajo posible de la cadena y, generalmente, todas estaban ocupadas por tipos que bebían cosas intragables.
La escalera de la Iglesia era terreno virgen cuando llegamos. Pasaban de las seis de la tarde y la sombra del edificio nos protegía del sol que quedaba. El aire soplaba. El lugar tenía un corredor de aire. En verano era una ventaja pero en invierno – cuando entraba un frente frío – era una nevera. Estábamos solos. Había gente, transeúntes, pero nadie conocido que se sentara con nosotros. Entonces llegó el gordo Oscar. Vivía en la esquina de casa del colega y es, hasta la fecha, la persona más anti-intelectual que haya conocido. No es que fuera bruto. Sencillamente, se movía en un medio en que la gente no sabía mucho de su especialidad, que era la electrónica, por lo que los trataba como tontos. Se había hecho actor. Y era pésimo en ello también, pero tenía cierto prestigio social y acceso a carne (bastante escasa en un taller). Detestaba la lectura de clásicos. No es extraño en un actor, sé que suena paradójico, pero es la norma entre los actores que he conocido con honrosas excepciones. Y así se inauguró esa gloriosa institución: La Escalera. No recuerdo que bebimos aquella tarde pero sí sé que terminamos más o menos borrachos aunque El Gordo ya se había ido. Había una chica sola fumando en uno de los bancos. No era la única fumadora del lugar pero no me parecía una mala idea en el momento pedirle fuego. Lucía bien de cerca. No recuerdo que le pregunté para sacarle conversación lo que es seguro que debió dar pena ajena como cualquiera de los bocadillos que se usan en esos casos. Por supuesto que funcionó. Claro que no para mí que no tenía dónde meterme con ella y tampoco estaba apto para matorrales, derrumbes o demás. Se interesó en el Colega. Ese estaba muy borracho y se reía de un modo que llegué a temer porque implicaba que haría cosas no tan bien pensadas. En realidad yo también hice un esfuerzo por no reír. Ella tenía un muy marcado acento oriental como si se hubiera bajado del tren dos horas antes. Vivía cerca de su casa en las afueras del municipio. Esa zona estaba llena de gente de Oriente que tratan de reproducir el estilo de vida semi-rural sin lograrlo. Me dejaron en la casa y se fueron juntos.
“La mujer cojea de una pierna”. Me había dado cuenta, sí, pero no creí que se fuera a detener por algo tan simple. En realidad era lo de menos. Tuvo más tiempo para conocerla que yo así que lo escuché. “Tiene dos hijos”. Eso era realmente impresionante porque era más joven que nosotros. Tenía apenas veinte años. Y, por supuesto, venía con el paquete completo de “madre soltera” y la familia oriental hacinada en una casa en construcción. Y oía “música romántica”. Por suerte, ella se llamó a conciencia y, tras unas pocas conversaciones y algún reproche, llegó a la conclusión de que se había cruzado con un vago irresponsable.
Pero nuestro descubrimiento prosperó. La escalera – y el parque que la contenía – se llenó de gente de nuestra edad y más jóvenes que no tenían nada que hacer por las noches o, tan siquiera, con su vida. Colonizaron más de uno. La idea era trasplantar El Parque de G, en El Vedado, a nuestro pequeño pedazo de mundo olvidado por Dios (y el Ministerio de Cultura). Casi que pudiéramos llamarlo un Renacimiento. A pesar de la lejanía, gente de las zonas adyacentes al municipio – y hasta del centro de la ciudad – iban allá. Pasamos de las botellas baratas al ron a granel. Tuvimos que empezar a conocer todos los puntos de venta de bebida haciendo crecer nuestro círculo social. No éramos “clientes”. Los viejos que nos vendían, una pareja, nos llamaban por nuestro nombre como si fuéramos viejos amigos. Hasta nos daban un envase si no teníamos.
Pero era siempre algo del Colega y mío. Siempre había uno que bebía menos que el otro y – generalmente – era yo que me emborrachaba más rápido, así que paraba antes. Allí estaba vigilando a un borracho. No hubiera sido un problema si hubiera podido manejarlo a base de pura fuerza. A veces me hacía caso. Un día estábamos con unos colegas de otros municipios. Yo estaba sobrio. Había estado con fiebre la noche anterior y continuaba en el momento, pero no quería hacerles el desaire. Nos sentamos en uno de los parques. Conocía a algunos pocos de los que estaban allá pero no a la mayoría que eran cuatro o cinco años más jóvenes. A ella sí la conocía. Hoy la dejaría hablar para no asumir su pronombre pero en aquella época no se manejaban esas categorías. Se nos pegó. En las siguientes horas se bajaron dos botellas mientras yo observaba. Los visitantes decidieron irse. Los acompañamos a la parada y seguimos los tres – el Colega, ella y yo – para dejarme en la casa. Iban hablando animadamente. Cuando llegamos a la esquina, ella vivía a cuadra y media de mi casa, le puso la mano en el bíceps de la manera más poco femenina posible y dijo: “Mirándote bien, tú estás bueno…a mí a veces se me monta el pájaro, ¿sabes?”. Él soltó la risita. Imágenes perturbadoras se amontonaron en mi mente. Me puse duro. “Asere, que ya tengo que entrar que me orino…La mía…no te pierdas” y la despedí. Se dejó caer en el sillón. Estuvo con la cabeza entre las manos unos minutos hasta que se le pasó la borrachera. Entonces me miró. “Mi hermano… ¡Gracias! ¡Gracias por evitarlo!”. Días después me tropecé con ella. Le pedí disculpas por no recibirla en mi casa y culpé al otro con su borrachera. “Se pone de pinga… ¿No se da cuenta que soy tan hombre como él?”