Éramos una familia. Es decir, éramos un cúmulo de rivalidades mezquinas en perpetua competencia obligados a convivir juntos. Suena cínico. A diez años de distancia —y habiendo controles fronterizos de por medio en la mayoría de los casos— nos parece entrañable pero la realidad es que era un ambiente muy tóxico. Y yo no me implicaba tanto. Estaba a la distancia suficiente como para que no se me escapara nada ni tampoco afectara demasiado. Supongo que era mi circunstancia. Los otros socializaban más intensamente —más allá de los límites me atrevo a decir— lo que para mí no era práctico. Y no había muchos que quisieran cargar conmigo. Era divertido un día pero no cuando se repetía varias veces por semana y tampoco es como que yo fuera adorable.
Coincidió con un destape. Hacía apenas unos años, éramos un bastión del conservadurismo contra la depravación del mundo capitalista (la retórica antioccidental no tiene mucha cabida en nuestra realidad geográfica) pero las ventajas económicas y políticas del libertinaje se imponían. A fin de cuentas, se trata de un resort turístico custodiado por un ejército. Hoy podemos decir que se ha normalizado el tema del sexo pero en aquel momento estábamos a medio camino pasando por el periodo de transgresión. No tanto la gente de mi edad. Nos habían criado para darlo todo por sentado y, si tuvimos padres presentes, nos dieron el paquete básico para que nos guiáramos. Salimos estadísticamente mediocres. Diez años más abajo, eran niños jugando a portarse mal cuando estaban lejos de la vista de los cuidadores. No hago juicios morales. Cada uno de ellos hacía de juez de los otros a la vez que se regodeaban en su rebeldía y vergüenza. Era un juego bastante contradictorio.
Años antes, ninguno de nosotros socializaba en el municipio. Teníamos el beneficio de ser absolutamente libres e inconsecuentes mientras duraba la diversión. Nuestras pequeñas transgresiones quedaban atrás. En los tiempos de las fiestas, todos se conocían y bastaba una indagación mínima para encontrar un rastro de fluidos que los conectaba. Era demasiada responsabilidad. Estaban obligados a perpetuar el personaje de viernes y sábados por la noche o, peor aún, convivir con él a través de sus compañeros de andanzas. Las conversaciones cambiaron de centro. Ya no era qué se había hecho el fin de semana sino quién se había restregado con quién (o con cuántos). Se había desatado el Gran Infierno en nuestro pueblito.
Reconozco que era divertido en un principio. Además del chisme, uno podía ver las costuras de las pequeñas rivalidades solidificándose y adquiriendo nitidez. Era un mundo competitivo. Las adolescentes se arrancaban la tira del pellejo las unas a las otras mientras trataban de pasar desapercibidas. Era un clásico. También estaba la opción de coger una víctima fácil —alguien que tuviera muchas historias escabrosas o fuera vulnerable— y encontrar puntos de contactos en el desprecio a un tercero. A todos nos gusta regodearnos en nuestra superioridad. Señalar a la “loquita” de turno no era difícil y había material de sobra para dar discursos sobre las buenas costumbres y la moral. El efecto que causaba en las víctimas era curioso. Un día estaban en una orgía y al otro tenían pareja formal y no saludaban a los mismos con los que solían fiestar. Y en eso quedaba la libertad.
Arriba también se veía. Era de esperar que los machos vivieran toda la cuestión del Alpha —oí demasiadas hipérboles sexuales como para dudarlo— pero la cosa alcanzó un nuevo nivel cuando las fiestas empezaron a dar prestigio y dinero. Los acólitos se sentían empoderados. No tenían que hacer mucho más que poner la cara y tendrían su pago seguro más el acceso VIP al mercado de carne. Hubo una discusión a lo interno. No era una situación pareja y los que sí estaban trabajando se sentían incómodos. El grupo se dividió en dos. Imagino que hubo quejas en El Café y Eddy —el mejor amigo de todos— las escuchó. Le encantaba hacer de confesor. Pero su verdadera pasión; lo que realmente lo motivaba era sacar provecho de la gente. Los parasitaba. En unas pocas semanas había dos sets de fiestas a lo largo del municipio que cubrían viernes y sábado. Y, no podía faltar, una competencia. El Lachy, no el actor sino el niño que adoptaba hermanos menores, había pasado a ser el lugarteniente del flamante líder de la facción en ascenso. Se lo tomaba muy a pecho. Siempre había sido un paria y, de la nada, era un personaje en el underground local. Le puso entusiasmo y odio. Lo oí contando historias de cómo le mandaban espías a sus eventos e intentaban sabotearlo para después decirle a la gente que lo escogieran a él.
La situación se tornó muy rara. Los dos grupos competían por el mismo público en el mismo territorio. Eddy apostó por hacerlo todo más sofisticado. Fui a una de sus primeras fiestas sin ser muy consciente de lo que sucedía tras bambalinas. No pude entrar. Era en una azotea a la que se accedía por una escalera que apenas daba para que subiera una persona. Me quedé afuera. La música era mediocre y casi que la gente entraba para volver a salir y quedarse deambulando por los alrededores. Unos socios me invitaron a cerveza. Estaban planeando una orgía con dos o tres chiquillas que andaban por los alrededores. Me fui antes de que se llegara a algo. Las otras fiestas se hicieron en las afueras del municipio, casi inaccesibles por lo que tuvo que alquilar transporte, y resultaron en pérdidas. No habían entendido de qué iba la cosa. En unos pocos meses, aquello colapsó en medio de rencillas por dinero. Los acólitos se quedaron en el aire. El REF obtuvo un espacio fijo —un local a cielo abierto a medio camino entre el centro y la periferia— y cambió de nombre: Proyecto X. Imagino que daba más ganancias. Lo que sí es seguro es que llamó la atención del Buró de Cultura y no en el buen sentido. No superó el siguiente año.

