Santo Espíritu de fiesta

Parecía que los únicos con planes para los sábados eran los cristianos. El resto no poseían ni Dios ni templo. Estaban obligados a salir del municipio si querían satisfacer esa necesidad de perderse a sí mismos en la marea de la inconsciencia colectiva. Siempre lo vi como algo religioso. Me costaba aceptar la idea en parte porque la hallaba contradictoria. La idea era romper un ciclo. Sin embargo, aquello mismo era una rutina que se extendía semana tras semana e implicaba un desgaste tanto físico como económico. El centro de la ciudad era más caro. Y aunque el transporte no era un gran problema en aquel entonces, uno podía verse varado en cualquier lugar por horas o hasta el amanecer.

Decir que no había opciones, sería falso. El Anfiteatro —una manzana completa a cielo abierto— cubría gran parte de las necesidades del público mayoritario. Bastaba con un concierto a la semana. Era la oportunidad perfecta para oír música, tratar de tener sexo y saldar cuentas pendientes. A veces adquirían otras en el momento. Solía terminar con varios lesionados y algún que otro muerto aunque no era algo fijo. Los Orishas era una especie de VIP. Flanqueado por dos calles estrechas —la entrada estaba en la que era, oficialmente, la principal del municipio y conectaba el anterior espacio con el parque— tenía un aura de discoteca exclusiva con multitudes afuera que esperaban para entrar. El efecto era el de un corredor. La bronca podía empezar en un extremo y escalaba por el camino hasta llegar al centro como una persecución masiva con botellas volando y estrellándose por todo el trayecto. No era mi idea de diversión. La gente cercana a mí —con un par de notables excepciones— era demasiado floja o no estaba para eso.

Gabriel se dio cuenta de que había un vacío. Con algunos años trabajando en cultura —se había graduado de Instructor de Arte y cumplía el extendido servicio social— pudo constatar lo que se respiraba: vivíamos en un cuerpo en coma. Bastó que organizara un concierto con tres Djs locales y apareció gente que ni imaginaban que existía. Se lo comentó a Hansel. No podía ser de otra manera, se conocían desde que eran estudiantes, andaban juntos y compartían proyectos de trabajo. Era un tipo popular. Siempre había tenido acceso a información y eso —en una época en que ni pensábamos tener Internet— le daba ventaja en temas de conversación. Y la usaba. Lo de ser centro de atención se le daba y de manera eficiente: tenía un club de fans. Si uno creía que él podía ser intenso —y éramos amigos desde hacía años así que no era algo con lo que no se pudiera vivir— sus acólitos eran, en su mayoría, insoportables. Pero eran fieles. Había una base con la que iniciar cualquier empresa, de cierta manera, fue lo que se armó en el sentido moderno del término.

De lunes a miércoles, uno de los temas de conversación era lo que se había hecho el fin de semana. Súbitamente, se volvió más intenso. Hubo una fiesta de música alternativa a pocas cuadras del parque con la típica promoción de mujeres gratis. Se llenó. Se hablaba de algo similar para ese próximo viernes. Tenía cierta sensación de déjà vu. Era como si hubieran trasladado las Fiestas Únicas o las de La Espuma —que se movían por las zonas accesibles de la ciudad— hacia el doblar del Café. Se notaba en el flujo de movimiento. Ya las aglomeraciones no eran en las paradas —para salir del municipio— sino que eran oleadas en dirección de cualquier lugar donde estuviera la música. Y nunca era demasiado lejos. En los días que por venir, no se comentaría que se hizo sino que se trataría de rememorar una experiencia compartida que me parecía más religiosa que festiva. Quizás era que quedaba un poco afuera. No se me daba bien diluirme entre el éxtasis general o lo que fuera que se diera allí.

El ascenso de aquello fue vertiginoso. Aparecieron una masa de adolescentes que no estaban tan libres como para pasarse toda la madrugada deambulando, mientras trataban de volver a casa, ni tenían tanto dinero como para acceder a los eventos en boga. Eran muchos más de los que se suponía. Habían encontrado algo que hacer y no implicaba un peligro para la integridad física o la vida. El proyecto cogió un nombre. Rescatando el Espíritu de Fiesta (o Fiestero) iba de boca en boca e, irónicamente, pasaba desapercibido. Las autoridades nunca intervinieron. Hacer fiestas y cobrar la entrada no era algo precisamente legal pero, por otro lado, tengo la teoría de que les quitaban la responsabilidad de llenar el vacío. Si ellos no las hacían, les tocaría a cultura. Tendrían que contratar gente, generar logística y asumir toda una serie de gastos para tener una ganancia mucho menor. Las instituciones estatales estaban obligadas a cobrar menos.

Hansel y Gabriel ya eran populares. Los acólitos se volvieron los nuevos tipos importantes del ambiente. Congregaban multitudes. En aquella época —todos estábamos en la mitad de los veinte— éramos muy competitivos y algo de eso se respiraba en el aire. Yo no estaba en la carrera. No clasificaba ni para las eliminatorias así podía mirarlo todo con soberbio espíritu contemplativo. Estaba en un momento difícil. Todavía conservaba el sabor a derrota por mis proyectos (y los de mis amigos más cercanos) así que proyectaba mi propio sentir. Creo que todos nos evadíamos. Cuando me decidí ir a una, no me quedó otro remedio que colocarme en una esquina y ser como un murciélago colgando de las vigas de la Iglesia mientras la liturgia avanzaba. Se sentía el sexo diluido en lo sublime. Quizás sintiera envidia pero la barrera entre los feligreses y yo era como llevar una camisa de fuerza sin que sirviera de nada gritar. La música estaba demasiado alta para que me oyesen. Era bello pero terminaba siendo profundamente triste; el anuncio de una tragedia en ciernes. Sólo yo estaba lo suficientemente quieto para escucharlo.