Sobre cimientos de arena




“¡¿Me van a matar?! ¡Mátenme!” le dijo Yassel a la masa enardecida. Las piedras habían obligado a su grupo, que esperó hasta la “orden de combate” dada después de las tres de la tarde, a tomar refugio en unos portales. Él quedó prácticamente solo en la calle. Ya el pacifismo no era una opción —las golpizas y detenciones llevaban horas— y la violencia se había impuesto como un lenguaje válido. Ellos habían llegado tarde a la polémica y asumían los términos usuales: ser el rostro amigable —la imagen “cool y sexy”, dijo uno— y la única parte autorizada a hablar. Estaban en shock; aterrados. Él, en particular, veía el martirio en lo inmediato. La salida de Fernando, deteniendo a los manifestantes, evitó el desenlace. “¡Me iban a matar!” decía.

Foto de Hansel LF

Después de aquella sesión de clases —recuerdo que era con Chirino, una celebridad entre los estudiantes de filosofía de la UH— Fernando y yo iniciamos a Yassel en nuestros recorridos por el centro del pueblo que siempre terminaban en El Café. El Ruso vivía en las afueras de Guanabacoa, Santa Fe, donde, básicamente, no había nada. Se mudó allá para salir de su madrastra que lo había relegado al desván —un círculo periférico en el infierno— de una casa en El Vedado. Era un regreso al seno materno pues volvía con su abuela que lo había criado. Claro que ya no era el mismo. Años en “el centro de la civilización” lo habían vuelto un tipo de ningún lugar; un descastado. Resultaba amanerado para la gente de Guanabacoa —varias veces me preguntaron si era gay o lo acusaban de burgués— mientras que, de vuelta a su teatro de adolescencia, no estaba a la altura (económicamente) para encajar. Al menos, ya no. Los tiempos de ser feliz con poco —un parque lleno de gente pre-desahuciada y bebida de ínfima calidad— se estaban cerrando a ritmo acelerado.

“Qué canción más triste…” me comentó una noche mientras yo hacía sonar a Tom Waits en mi cuarto, única habitación de aquella casa donde no estaba bajo una hostilidad total, después de haber pasado la tarde en El Café, lo que inició una costumbre que duró años. No tenía, a diferencia de mí, una relación estrecha con la música. Siempre lo subordinaba a algo más; la demanda de un símbolo regente. Su abuela había muerto hacía poco. Eso detonó un ejercicio de nostalgia que se enredó en su adolescencia. La contaba —fue un tema recurrente— a través de su mejor amigo, ahora —y quizás desde siempre— hundiéndose en la locura, con un tono trágico que evocaba a los griegos. Ese gusto por la grandilocuencia llegaba hasta (o desde) la filosofía. También era parte de una herencia rusa —la misma que lo impulsaba a contar historias de tierras o tiempos miticados— y todo junto era un ancla contra el desamparo: de la madre, una eslava que no parecía entender el Caribe, o del padre, que lo dejó indefenso frente a la madrastra. Pero, sobre todo, ante la muerte de un mundo donde él —su origen e historia— tenían razón de ser; sentido.

Foto de Hansel LF

“¡No puedo hablar ahora!” me dijo “¡Estoy metido en tremenda balacera!”. Me colgó. Calculo, y no hay un registro que pueda confirmar mi hipótesis, que lo llamé después de su cruce con Fernando. Minutos más tarde, avanzando hacia donde fuera su grupo, lo detuvo la Seguridad del Estado. “¡A este me lo llevo!” dijo un agente de los que correteaban por la calle —lo imagino con el clásico pulóver de cuello y un casco de moto en la mano— dándole órdenes a los policías. Su gente empezó a explicarles que los acompañaba en apoyo al Estado. Una de las coordinadoras de los civiles vio la situación y disuadió al tipo. “Uno me tenía ya cogido por el brazo” me contó.

“No creo que tenga para eso” le comentó Yassel a una amiga común que era parte del grupo filo-anarquista que nos reuníamos en El Café. Entonces, a él la política le era indiferente. Creo que la razón fue en parte embullo y en parte competitividad. Casi todos los que lo rodeaban —hasta los más cobardes— se estaban posicionando y él no quería ser menos. A pesar de que yo mismo tenía militancia, no entendí su decisión de unirse a uno de esos “colectivos” para-oficiales que tenían una proyección tan infantil. Varias veces me contó su historia de cómo persiguió a un cuadro de la Unión de Jóvenes Comunistas para que le hiciera el proceso de entrada (a mí que, primero, no me tomaron en cuenta y, segundo, me desestimaron cuando otra compañera de aula me nominó).

“Mi plan es situarme como un intelectual” me confesó una vez. Para mí, aquello era farándula. Discusiones teóricas que devenían debates políticos y la extraña sensación de que todo era una charada que se montaba en cimientos de arena. Yassel iba dando tumbos o zigzagueando. Se iba de un lugar, veía otro derrumbarse o era expulsado de un tercero. Pocas veces estábamos de acuerdo pero, al final, y tras una discusión —en la que yo me tornaba cínico— logramos imponer el imperio del realismo. Eso duraba hasta que tuviera uno de sus arranques. Su error —y aquí acepto la responsabilidad del juicio— fue comprar una idea de sí mismo que no era capaz de sostener. Y en esa tierra de nadie, moviéndose entre los fantasmas heredados o de su propia creación, la realidad lo sorprendió.

El 11 de julio volvimos a hablar por la noche. Seguía histérico. “¡No puedo permitir que este pueblo se ponga la soga al cuello!” gritó. No recuerdo si le respondí con la pregunta de qué podía estar peor. Pasaron varios días hasta que nos viéramos en persona. Se le notaba el shock. Ya más relajado, empezamos a ponernos al tanto de los acontecimientos. Me contó lo que considero una de las mejores anécdotas de aquel día: dos grupos de oficiales de la seguridad —vestidos de civil— se confundieron mutuamente con manifestantes y empezaron una pelea tumultuaria. Creo que ambos entendimos la ironía pero sólo yo capté la parte alegórica.