Tarde de ensoñación

Los humanos somos animales sociales. Hasta mi recién encontrada misantropía se quebraba ante la necesidad de comulgar con otros seres humanos. El problema radicaba – aún radica – en el lenguaje. La simple conversación; exponer mi pensar; sentir – si acaso lo lograra – generaba un efecto de distanciamiento que no lograba superar. La poesía anulaba ese abismo. Compartir mi trabajo con otras personas que – se supone – tuvieran ese mismo anhelo, era mi sucedáneo de experiencia mística. Me lo tomé religiosamente. Nada en este mundo lograba que me ausentara y las dos semanas previas eran preparándome para ese momento. Iba allí como un creyente va al templo.

La ilusión duró poco. Un taller literario no se supone que sea “círculo poético” o una peña si no un espacio dónde te den nociones de cómo escribir. Eso, en sí mismo, es un sin sentido. Lo máximo que pueden darle a alguien son clases de redacción, gramática y referentes literarios. El resto queda por uno. Hay una zona interior en la que todo confluye en un vórtice y es allí donde surge la necesidad de ponerle orden. Escribir quizás sea un intento de eso. O quizás sea yo quién esté reduciendo al mundo a su imagen y semejanza. Debe ser la razón por la que no lo vi. No recuerdo muchas de las recomendaciones que me diera Aymara – a excepción de no abusar de los gerundios y evitar los adjetivos – pero en la medida en que iba encontrando mi voz, perdí el sentido de la comunión con la poesía. No lograba conectar con lo que otros hacían. Y sospechaba que era un sentimiento que nos hermanaba a todos porque no sentía que ellos conectaran conmigo. Quedaba una intuición. Fuera de eso, todo se resumía a un impreciso y nada sutil “virtuosismo técnico”.

Tenía que ver con el tipo de gente que iba allá. Las Casas de Cultura no hacen pruebas de aptitud así que, básicamente, cualquiera podía llegarse y meterse a intentar cualquier cosa que le guste. Tan sólo necesita el tiempo. El lugar está lleno de gente que lo pierde y no seré yo quien juzgue: dilapidaba el mío. Creo que nada es mejor para compensar la sensación que embellecer la propia imagen. Sería el caso de un jubilado sin ocupaciones. No querría crear arte – y no es que yo sepa qué es – si no que estaría aferrado en buscar un hobby. No aceptaría críticas. O, si lo hiciese, no sería capaz de tomarlas en cuenta cuando volviese sobre la página en blanco. Lo mismo con un ama de casa. Intentaría ser el personaje que no lograba encarnar los días restantes del mes cuando estaba arrojada en la vida diaria. Siempre me ha divertido la gente que escribe sobre lo que no entiende. El más gracioso de todos sería el discípulo de escritor macho que incluye la bebida hasta en una clase de yoga. Y todos escriben sus sentimientos y vivencias. A mí no me interesaban los primeros y las segundas rara vez eran entretenidas. Había sujetos más bizarros. Eran tan peculiares que uno no podía menos que transformarlos en material de leyenda urbana. Eran realmente talentosos.

Aymara tenía algo enigmático. Su papel en el medio – literario, institucional – estaba determinado por su nostalgia intrínseca. Resignarse a la realidad cargando la sed de utopía. Era de esa generación de profesionales que nunca llegaron al mundo de sus cuentos formativos. Su amabilidad no era violenta. No recuerdo haberla visto gritar a nadie ni menospreciar a un “autor” u obra desde su autoridad imbuida por el poder del Estado. No le faltaba agudeza. Tan sólo había renunciado a ella para salvaguardar la última línea de defensa de su ideal: la ética. La tensión la dejaba flotando en la pasiva mediocridad de su trabajo. Una corrección; una explicación que sería ignorada. Había renunciado a los grandes paradigmas del mundo literario en detrimento de la más inmediata realidad política. Eventualmente, se cansó. Se fue al retiro con una pensión insuficiente y la esperanza de reunirse con su hijo en EUA.

¿Qué nombre le doy al otro asesor? Quisiera encontrar uno que reflejara su condición de funcionario – no era otra cosa – pero me falla la creatividad. Llamémoslo por su nombre: Víctor. Encarnaba un arquetipo que he visto a lo largo de mi paso por la farándula. No estaba allí por su conocimiento. Eso no implica que fuera un analfabeto – sabía lo suficiente para no estar en ascuas – pero no parecía que el arte fuera lo que lo moviera. Su trabajo iba de mostrar resultados. Como cualquier otro ministerio, había un plan que cumplir y, si bien era cierto que era él quién se dedicaba a la organización, éramos nosotros – aspirantes a escritores – quienes cimentábamos su trabajo. Nos perseguía para que participáramos. Al entusiasmo de los primeros momentos seguía una sensación de examen constante. Estaba de vuelta a la escuela. Había una difusa recompensa al final del camino que pudiera ser definida como la “gloria”. En concreto, publicar. Entonces todo se resumía a insertarse en el mercado. Los eventos eran un medio. Un festival de poesía sólo es un pretexto para socializar y exhibirse. No muy diferente de una feria ganadera. Reconozco que tenía ambición y me imaginaba en un hotel tras una presentación bebiendo whisky single malt y oyendo blues. Siempre he tenido gustos sofisticados. No me molestan los beneficios de la fama – creo que todos los apreciaríamos – pero no soportaría vivir en un personaje de intelectual a tiempo completo.

Me volví un observador. Estudiaba a las personas que iba al taller desde mi cómoda posición de silencio irónico. Hice amistad con varios escritores asentados. Creo que me reconocían como uno de ellos; un bicho raro apostado en su silla: un gato humano. Los evadía a veces. Somos seres territoriales y competitivos: potencialmente envidiosos y mezquinos y me tocaba un enemigo de oficio. Nunca lo identifiqué. Esperar a que todos leyeran y hacer un comentario ambiguo mientras llegaba mi turno. “Lea, amigo mío” diría Aymara. Ya ni siquiera habría correcciones.