Estábamos en problemas. El tipo se había quedado dormido, totalmente borracho, con la cabeza apoyada en los brazos sobre la taquilla y aún de pie. Ni nos pasó por la mente que estuviera tan mal. Había subido la rampa sin un signo de falta de equilibrio diferentes de los que exhibía normalmente. S estaba aterrado. Era quién había traído el ron que casi le había obligado a tomar sin respirar. Quería celebrar mi regreso y el fin del curso. Mis últimos dos meses habían sido de convalecencia por una fractura del fémur izquierdo que, tras el yeso, terminó con una úlcera en el talón. También era culpa suya. Habíamos ido a una celebración en casa de una profesora y, al volver, tropezó con un bache mientras empujaba mi silla de ruedas. Eran dos metidas de pata en muy poco tiempo. Quería ocultar la situación y, aunque hubiera sido más fácil dejarlo dormir, se le ocurrió meterlo a la ducha. No funcionó. Lo máximo que logró fue que levantara la mano, intentando pararse, y dijera “¡Noveno street!” antes de caer sentado.
La vida de un rebelde era sencilla. Ser irreverente y hacer lo que me daba la gana me salía con naturalidad. Era simpático e inteligente. Y, sacando la adrenalina de evitar que me cogieran fumando, me conformaba con tener tiempo para leer o estudiar. Otros tenían más problemas. Calabaza, el que habíamos emborrachado, vivía en un pueblo de Oriente nombrado igual que, recién descubro mientras escribo esto, quedaba en Holguín. El apodo le iba. Tenía ese color amarillento que se da por aquella zona del país y que suele asociarse a los descendientes de aborígenes. Vivía en la escuela. Sólo iba a su casa un par de veces al año: una a finales de año y otra durante las vacaciones. Tampoco era muy brillante que digamos. En octavo dividieron mi grupo en dos, con el pretexto de que era demasiado grande, y él, junto con S y otros, fueron a un grupo de alumnos de “aprendizaje lento”. No era estrictamente falso. La idea era no tener que desaprobarlos por falta de rendimiento ni hacer lucir mal a la escuela. Hubo bullying, claro. Al momento los profesores aclararon sus motivos e hicieron control de daños. Fue un disparo en el pie.
La apariencia era muy importante. Los miércoles, cuando había visita de los padres, sacaban las toallas limpias y ponían el lugar a punto. Era más intenso con las visitas protocolares. Desde estrellas de televisión hasta jefes de Estado, pasando por estudiantes de todo LATAM y diplomáticos de cualquier parte del mundo, para mostrarles nuestra pequeña familia feliz, siempre previo aviso, claro. Entonces, además, nos deschurraban. Si la visita era matutina, no había alteración en los horarios y sólo se alteraba la rutina de los que eran parte de los proyectos de entretenimiento. A veces era por la tarde. Entonces, en dependencia de la importancia de los visitantes, se ponía a hacer la charada de la normalidad en un horario donde lo normal era, sí acaso, las actividades extracurriculares.
Fue así con la visita de las primeras damas de Iberoamérica. Había una cumbre de jefes de Estado en la ciudad y las respetables señoras tenían que ser llevadas a la escuela. Me trastocó. Estaba afónico, tenía caspa y, además de hacerme perder clases, tenía que estar estúpidamente sentado en un aula con una lámina frente a mí representando la quema del Primer Rebelde de América, el cacique taíno Hatuey, por el Santo Oficio. Era una idea algo tonta. Una de las ilustres invitadas era la en aquel entonces Reina de España, Sofía de Grecia, y es posible que fuese una provocación inconsciente de la profesora de historia que era muy chovinista. Entraron unos guardias trajeados. Desde por la mañana habían estado revisando el lugar, quizás, en busca de amenazas terroristas. Le tocaba el turno al aula. No encontrando nada – es un misterio para mí que esperaran otra cosa – y la comitiva entró. Su Majestad destacaba por la altura. Fue mirando los puestos de la primera fila hasta llegar a mí cuando se detuvo y, mirándome, preguntó qué era eso (la lámina). Respondí todo lo alto y claro que mi voz permitía: “La Quema de Hatuey por los Españoles”. Hizo un gesto sutil, que en la actualidad me atrevo a describir como despreciativo, y dijo: “Bueno… ¡Hoy somos más alegres!”. Y esa fue mi conversación con la realeza. Lo otro memorable de aquel día es que la comida no era asquerosa. “Deberían hacer una cumbre semanal”, dijo un profesor. Sólo sé que apenas tuve un chance, volví para mi cuarto a leer y a fumar cuando estuviera solo. Era mi cosa. Eso y una debilidad del ánimo que me predisponía a horribles dolores de cabeza todos los viernes o cada vez que tenía una actividad política. Ya era algo tolerado y hasta aceptado.
Yan y S trajeron a Calabaza al cubículo. Si dos estábamos metidos en el problema, era de esperar que el tercero también lo estuviera. Éramos como uña y churre. En realidad él y S pasaban más tiempo juntos, en parte por su historia (habían estado en el mismo curso hasta que Yan perdió un año por una operación), en parte porque tocaban en el grupo de la escuela (lo que les permitía faltar justificadamente a clases) y porque tenían ese gusto por la actividad física. Ambos caminaban. El problema de Yan es que era gordo (solíamos llamarlo El Gordo) y se cansaba al andar de pie, por lo que prefería usar silla de ruedas. En ella tenía más estabilidad. Al principio de conocernos, no teníamos mucho de qué hablar ni una historia como referente. Me dio entonces algo. Fue un cassette de Led Zeppelin, The BBC Sessions I, que conocía de un espectáculo teatral usado como parte del sistema de propaganda y reclutamiento de la escuela.
Me obsesioné. Escuchaba esa música en un momento donde la tendencia era Britney Spears, las boybands y el rap, en el mejor de los casos. Los de Oriente eran algo peor. Tenían todo un catálogo de música latinoamericana que evocaba imágenes de ganaderos y mujeres con ropa tradicional en medio de melodramas rurales. Llegué a detestarlo. Para entonces, mi obsesión sobrepasó la música y empecé a interesarme por el mundo donde eso sucedía. Levanté sospechas. Una profesora llegó a preguntarme, directamente, si mi intención era irme del país para después recomendarme al cantante de moda, con una canción llamada “Yo soy malo” cual acertada descripción cualitativa, y que, par de años después, se iría del país (declaraciones contra el gobierno incluidas). El legado soviético estaba vivo. Por suerte para mí, en aquella época se puso de moda Lennon y los conciertos y parques en su homenaje. Me tragaron en seco. Tampoco es que intentara hacer alguna declaración política a pesar de que me gustaba saber del asunto.
En otro momento, una asistente – estaban en los albergues para ayudar a los que no contaban con autonomía – me preguntó si era de familia burguesa. No me explicó a qué venía la pregunta. Puedo creer que era porque tenía un tono autoritario pero también podían achacarte lo mismo si hablabas correctamente o por ser cortés. S era un guajiro y bastante salvaje. Nadie esperaba que fuera particularmente hábil con la palabra o sofisticado. Yan era de Centro Habana. Sus gustos, a parte del rock, eran comer y la pelota. Tocaba la batería, sí. Pero eso era sólo un reflejo del padre que, según contaba, tenía afición por el rock y empolvarse la nariz además de un pase para salir de clases.
Maykel nos miraba y probablemente se reía. Lo más probable es que si nosotros tres estábamos en problemas, él también estuviera. Había entrado aquel año. Sacando que cojeaba, un brazo no muy bueno, hablar enredado, babear de vez en cuando y problemas de aprendizaje, era perfectamente autónomo. Había tenido un accidente. Con trece años andaba tratando de entrar por el balcón de su propia casa, en un quinto piso, porque había perdido la llave. Resbaló. Fue cayendo y amortiguando la caída con cada tendedera en el trayecto. Estuvo un mes en coma. Según nos contó, había tenido que aprender a hacer todo desde cero. Aún trabajaba en el control de impulsos. Pero era evidente que ya, desde antes, era potencial de escuela de conducta. En una semana se ganó reputación de loco (era Maykel El Loco).
Había un chiquillo que visitaba la escuela, no recuerdo si vecino o familiar de algún trabajador, y detestábamos por algún motivo impreciso. Osó meterse con El Loco. Minutos después tuvo que saltar por un balcón porque le cayó atrás con un palo en lo que se volvió una historia épica. No recuerdo que fuera abusador. Nunca lo vi fajándose con alguien más débil y, siendo justos, con un simple empujón iba a dar con las nalgas al piso. Empecé a andar con él. Ambos fumábamos así que se volvió mi colega de fechorías a tiempo completo. Los lugares para fumar eran lo de menos. Los cigarros, si acaso, nos duraban hasta el martes así que, a partir de allí, estábamos a la casa de algún trabajador (profesor, asistente o cualquier otra cosa) que nos quisiera regalar uno.
No pudimos ocultar la borrachera de Calabaza. Hicieron una reunión con la subdirectora de los albergues, que no era la bruja de la escoba pero se acercaba, la profesora de trabajo educativo, la asistente y nosotros, claro está, en el cubículo de la víctima que aún no estaba recuperado. Querían un culpable. S tenía uno – o varios – strikes además de que tenía terror de que lo regañaran, lo que incluía al padre. Iba a venir buscarlo el viernes. Yan iba a tirarlo a chiste y empeorarlo todo con una discusión si se lo tomaban en serio regañándolo. Maykel no era una opción. Tenía más posibilidades de que lo expulsaran que el resto e iba a terminar mandando a la pinga a todos. Saqué mi cálculo. Estábamos a una semana del fin de curso y nadie tenía ganas de trabajar así que empecé todo un discurso sobre como el alcohol era parte de nuestra cultura. Tampoco iba a venir mi familia. No esperaba que me creyeran pero tampoco iban a desmentirme. “Fui yo quien lo trajo”.

