Un discípulo

Nadie puede enseñar sobre la vida. De ella sólo se puede aprender sobre sí misma a través de un proceso de prueba y error. La gente puede darte nociones de ti mismo. Viendo a otros actuar, uno toma cierta conciencia de hasta qué punto se puede llegar o, por contraposición, cuáles son los propios límites. Te evitan el trabajo de sufrirlo en carne propia. Te ahorran tiempo que puedes emplear en otras cosas como leer; escribir; analizar las vivencias de otro. Claro que hay cosas ineludibles. Algunas experiencias —las verdaderamente importantes; las que definen la identidad; el carácter— salen de la nada y te saltan encima.

Puppy me daba lecciones. No es que encontrara excesiva utilidad para lo que tenía que enseñarme —no pensaba hacer carrera de gángster— pero el instinto de escritor (dígase antropólogo o psicoanalista frustrado) me obligaba a prestarle atención. Era una gran variedad de temas. Pudiera decir que su principal preocupación era la ética —lo cual sería bastante literal— y se dedicaba a tener monólogos en los que reflexionaba sobre su posicionamiento frente a varios dilemas. He dado un breve bosquejo de sus contradicciones. Por un lado toda su filosofía rastafari lo llevaba a ser una versión étnica de un hippie —la marihuana lo acercaba mucho más— mientras que su historia de vida —pobreza, marginalidad, cárcel— lo habían convertido en un criminal violento. No se podía extraer algo claro de sus discursos. Lo que se obtenía —si se le dedicaba un poco de atención— era un mapa de sus indagaciones existenciales. Y no tenía el lenguaje para explicarlo.

Era mejor en cuestiones prácticas. Aunque mucha gente hoy predique el pacifismo —o sus variantes más politizadas como la democracia o el civismo—, la verdad es que vivimos en un mundo tan violento que he llegado a pensar en la consustancialidad de la violencia a él. Puppy estaba en armonía. No sólo entendía la violencia sino que la asumía como otra función más. Así me introdujo al uso de las armas de fuego. No es que me enseñara cómo usarlas —no podría ni ahora ni entonces a pesar de que tenía más fuerza— sino que me dio la teoría sobre qué, cómo y por qué usarlas. Le daban miedo. “Fue como si me pusieran el corazón en una nevera” dijo de la primera vez que lo encañonaron justo en la cabeza. Es una situación sin escapatoria. Un cuchillo o machete nunca alcanzará una velocidad inesquivable pero es casi imposible evadir un proyectil. Al menos, en teoría. En la práctica, en la calle lo que más hay son .38s —pistolas con varias décadas de uso y sin mantenimiento— y la mayoría tiene el cañón desviado. El disparo tiene que ser a quemarropa. Tampoco puede ser en la cabeza, las balas son viejas, propensas a perder velocidad o atascarse. Las armas de la era soviética son más confiables. La cuestión radica en que están reguladas —es reglamentario— y portar una implica la comisión de un delito accesorio —investigación mediante— que aumenta la condena hasta diez años. La prisión da pericia jurídica.

Era un tema que lo marcaba. Por supuesto, la prisión es una experiencia definitoria pero en su caso se notaba que no lo había superado. La ropa lo delataba. Las botas de trabajo con casquillo —me explicó— más que una prenda, que brindaba protección extra, era un arma ofensiva. “Una patada con esto en las costillas…” dijo mientras se las ponía. También estaba su costumbre de usar más de dos prendas inferiores (shorts o pantalones). Era más defensivo. “Hay lugares donde te pueden coger desprevenido…” comentó sin darle mucha importancia “…y así se gana algo de tiempo en lo que intentan quitártelo”. No pregunté. No se me ocurre que algo así se aprenda por referencias de terceros. La violencia se vive.

Pero no todo era educación para la guerra. Puppy era un jíbaro —camello o dealer— con ética profesional. No vendía mierda. En algún mometo de su vida traficó con polvo —cocaína asumo— pero ya no abundaba y tenía ciertas reservas con respecto a las fuentes. Estaba dedicado a la marihuana. La primera vez que me invitó a fumar, tenía una cantidad absurda en una bandeja de plástico. No era buena. “Esa mierda no la vendo…” me dijo mientras hacía un cucurucho atiborrado “…Tengo una clientela que mantener”. Me explicó que la habían cosechado antes de tiempo. A todas estas, estábamos en el pasillo de su casa frente a un balcón iluminado por completo al cruzar la calle. “Relájate, bro”. La sensación de vulnerabilidad se me fue en la medida en que empezó a golpearme. Era engañosa. “No formes foco que es peor…” solía recomendar en estos casos. Yo alternaba entre la paranoia y el vuele. Por suerte, era algo que podía manejar sin que se notara (la típica preocupación en estos casos). “Pronto te voy a invitar a algo bueno”. Esa tarde también me encontró en El Café pero sí logramos entrar al cuarto. “Aguántame esto…” me puso una bolsa de hierba prensada en la mano. De nuevo, no pregunté. Puppy salió unos minutos y regresó acompañado por tres tipos (negros y tan o más altos que él). Se los llevó a la cocina. No puedo decir que salieron de mi vista porque sobresalían por encima del muro que hacía de separación, pero tampoco veía qué estaban haciendo. Sudaba. Mi mente proyectó a la policía entrando al lugar y llevándonos a todos sin caer en prejuicios capacitistas o, peor todavía, como última víctima de una venta que salió mal. No era difícil mantenerme quieto. Se fueron, le devolví lo que me había encargado, fumamos y decidí que era demasiado blanquito, discapacitado e intelectual para andar de aprendiz de gángster. “Me quiero salir de esto…” solía decirme. No es que creyera que mi compañía lo iba a llevar por el mal camino pero tenía la sensación de que lo obligaba a mantener un personaje. Me estaba saliendo del mío. Tampoco tenía que buscar un motivo para terminar la amistad. Yo sólo continué con mi vida.